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Montevideo, el último prostíbulo de la Part Alta, se reconvierte en bar

El local de la calle Cuirateries abrió en 1973, cuando la presencia de burdeles en el barrio estaba en pleno apogeo

Núria Riu

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Margot, detrás de la barra del Montevideo, en la calle Cuirateries.

Margot, detrás de la barra del Montevideo, en la calle Cuirateries.

El Montevideo ha cambiado las luces rojas de la puerta por otras blancas. Ahora las puertas están abiertas y, definitivamente, entra la luz en un local en el que la oscuridad y el silencio han sido durante muchas décadas la norma de la casa. Hace una semana que se ha convertido en bar. Ha cerrado el último local de chicas de la Part Alta, lo que concluye una etapa en la que el núcleo histórico ha pasado de ser una zona en decadencia a un barrio que, cada vez más, está aprendiendo a convivir con el turismo.

Margot inicia esta nueva etapa «con mucha tristeza», pero sin haber perdido en ningún momento «las ganas de seguir adelante». El local tenía licencia de bar y finalmente se ha visto obligada a reinventarse.  A sus 82 años, la propietaria de este establecimiento ubicado en la calle Cuirateries guarda aún la licencia de cuando inició la actividad. Data de 1973. Venía de Barcelona, donde se estableció con treinta años recién llegada de Uruguay. «Me gustó el barrio, me ofrecieron el bar y aquí estoy», dice. De esto hace 44 años.

Solo el Casco Antiguo de Tarragona tuvo más de cuarenta burdeles

En aquellos momentos la Part Alta no tenía nada que ver con un barrio que en el nuevo milenio inició una transformación absoluta. Margot recuerda que entre el final de la Dictadura y el inicio de la Transición había más de cuarenta locales de chicas en esta parte de la ciudad como el Aqui te espero, Santiago, Cala Borratxa, Acuario, Zaragoza, Las Cadenas, Acapulco, entre muchos otros. El periodista Ferran Gerhard recogió una parte de las historias de esta época gris en el libro Burdelatura, en el cual asegura que «Tarragona era la segunda ciudad de España con más putas por habitante después de Lugo».

El recuerdo de Margot sobre el núcleo histórico es imborrable. «Era la cosa más maravillosa del mundo. Había tiendas de perfumes, pastelerías... Todos nos ganábamos la vida muy honradamente», manifiesta. 

De hecho, a raíz de esta época se mantiene el dicho de que Tarragona es una ciudad de putas, curas y funcionarios. Una afirmación que esta uruguaya detesta completamente. «Nunca me ha gustado. Yo siempre he hablado de mis chicas. Cada persona tiene su destino y conoce las causas del porqué está vendiendo su cuerpo. Yo no me he metido nunca. Es más respetable que estén en un sitio así, en el interior, y en el que nadie sabe lo que pasa, que en la calle, donde están expuestas y todo el mundo las ve exhibiendo su cuerpo».

La propietaria del Montevideo es reservada sobre lo que ha vivido puertas adentro a lo largo de estas más de cuatro décadas. Sin embargo, apunta que «aquí jamás hemos tenido ningún problema con nadie. Hay una buena amistad con todos los vecinos y ahora podrán venir a tomar su cervecita o su café con los amigos». De hecho, mientras se desarrolla la conversación son varios los conocidos que entran a saludar a la dueña de un local que, pese a llevar más de cincuenta años en este país, no ha podido desarraigarse de su Uruguay. Encima de la mesa, el mate, y detrás de la barra, la bufanda de una patria que dejó de jovencita.

Las últimas chicas se fueron hace un mes

Margot asegura que en los últimos dos años empezó a decaer la actividad. Lo vincula también a una transformación del barrio y dado que había recibido algunos avisos de que tenía que ajustarse a la actividad acorde con su licencia, finalmente decidió que empezaba una nueva etapa de su vida y en la de este emblemático local. Las últimas chicas se fueron hace un mes. «Mi vida me la he dejado acá, me da mucha pena, pero no quiero vender ni alquilar. Me ha costado mucho, así que aquí me tienen», afirma. Se define como una luchadora que a lo largo de todos estos años ha trabajador intensamente para tirar el negocio adelante. Y encaja con optimismo el nuevo porvenir. «Voy a estar más tranquila, seguro», concluye.

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