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Negocios de barrio: El frutero delicatessen de Bonavista

Los Peña son una familia comercial histórica. Miguel Ángel vende vino, fruta o verdura D.O. al vecino de toda la vida y al extranjero recién llegado

Raúl Cosano

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Miguel Ángel Peña,  en su frutería de la calle Nueve de Bonavista.  Foto: Pere Ferré

Miguel Ángel Peña, en su frutería de la calle Nueve de Bonavista. Foto: Pere Ferré

En 1978 había demanda de pan en Bonavista. Hay que buscar en ese momento la vena comercial de los Peña. Una herencia de la finca del pueblo, en Jaén, sirvió para montar una panadería. «Allí se instaló mi madre, mientras mi padre trabajaba en el metal», cuenta Miguel Ángel Peña, uno de los fruteros más longevos y conocidos de Bonavista. Su padre, tras cerrar la empresa, montó en 1990 esta frutería que aún se mantiene en el 12 de la calle Nueve. «Vinimos de Andalucía, del mundo de la agricultura, como tanta otra gente del barrio. Mi padre había estado dos años trabajando en Francia. Yo nací en Jaén pero me vine aquí con un año, ya soy de aquí», cuenta Miguel Ángel, que heredó de su padre la frutería mientras su hermana Mari Carmen hacía lo propio con la panadería. Ahora ambos negocios están juntos en el centro del barrio.

Miguel Ángel, que ahora tiene 52 años, cambió su licencia ambulante de joyería por un negocio más estable y seguro. «De pequeño siempre había echado una mano. Mi padre se quedó sin trabajo y hubo que ayudar». Desde el principio Miguel Ángel apostó por un producto cercano a lo delicatessen, más fino y delicado. «Entonces empezaban productos de denominación de origen. Melones de Villaconejos, melocotones de Calanda, cerezas directamente del productor. El 80% de lo que tengo es directamente de payeses de Vila-seca, Riudoms, Reus o Torredembarra».

Peña, que luce orgullo de barrio, se mueve por la zona en busca del producto local, al tiempo en que ha visto cambiar estas calles: «El cliente potencial que teníamos acomodado se ha marchado fuera, porque había más construcciones. Aquí había que coger un piso de segunda mano».

El negocio, eso sí, conserva clientes de más de 60 años, además de gente joven, hijos de esa generación que han conseguido fidelizar y que, a pesar de vivir fuera, continúan viniendo a buscar tomates, habas, patatas o vino. A ellos se añade una nueva hornada de recién llegados, una inmigración foránea que ha acabado por darle un toque exótico e integrador a un barrio crecido con la llegada en los 70 de andaluces y extremeños. Al otro lado del mostrador circulan marroquíes, rumanos, senegaleses, argelinos, brasileños, colombianos o ecuatorianos: «Es un barrio multicultural».

La tienda ha resistido al avance de supermercados y grandes superficies, sobreponiéndose a los percances, desde las batallas del pan hasta a algún atraco, episodios desagradables que rompen con un día a día lleno también de anécdotas. «Hay gente que nos ha venido a pedir cosas rarísimas. Desde velas de Semana Santa a sellos, recargas de móviles o papel de fumar. ¡Y hasta aspirinas!».

En la frutería Peña no se vislumbra relevo generacional. «Hay hijos, pero yo les animé a que estudiaran. Aquí no hay estatutos. Tú eres el responsable de los éxitos pero también de los fracasos. Eres el que abre, el que cierra, el que tira la basura, el que lo hace todo. Es duro aguantar», confiesa.

Lo mejor es el trato con el vecino de toda la vida, la complicidad con las familias del barrio. Y, por supuesto, el vínculo con los más pequeños. A Miguel Ángel se le puede ver en su tienda dando clases sobre fruta o verdura a escolares: «Les enseño cosas sobre las nueces, por ejemplo, o sobre la fruta de otoño. Luego me saludan por la calle. ¡Señor Peña! O me hacen un dibujo. Eso te llena, es lo más gratificante».

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