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Negocios de barrio: El zapatero que te cose el bolso o te afila un cuchillo

Aún hay gente que afila navajas o arregla su zapato. Francis Valle regenta desde hace casi 20 años Ràpid Tarraco, una tienda en SPiSP que es también taller y casi un museo de artesanía

Raúl Cosano

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Francis Valle, en su negocio Ràpid Tarraco, en Sant Pere i Sant Pau. Foto: Lluís Milián

Francis Valle, en su negocio Ràpid Tarraco, en Sant Pere i Sant Pau. Foto: Lluís Milián

Aquí te afilan la navaja de Albacete que ya no corta o te ensanchan las Nike de ‘runner’ que te aprietan. Te cosen una mochila o te hacen unas llaves nuevas. Te arreglan el mando del parking y hasta te venden un bolso. O unas plantillas y una cartera. Te tiñen unas botas viejas o te ofrecen un cinturón. O te explican para qué sirve un martillo Luis XV, piedra angular de todo zapatero que repare calzado, junto al banco de finaje, una inmensa máquina que tan pronto te pule una suela como te hace de horma y te deja el zapato perfectamente adaptado al pie. «Se trata de solucionarle problemas cotidianos a la gente y de que el cliente quede satisfecho», reconoce Francis Valle, el propietario de Ràpid Tarraco.

Esta tienda en Sant Pere i Sant Pau rescata la filosofía de los rápidos, aquellos zapateros que remendaban ‘express’, puro alivio para el ciudadano apresurado y al borde del ataque de nervios. En estos bajos de unos pocos metros cuadrados se respira artesanía. A tramos es casi un museo de la manualidad. El banco de finaje es salvador, pero apenas lo único mecanizado en un oficio que tiene mucho de manual: la vieja máquina de coser Singer, una reliquia, y luego el afilador. «Parece de otra época, pero la gente sigue viniendo a afilar cosas como cuchilas o hachas», cuenta Francis.

El negocio está cerca de cumplir dos décadas. Abrió en 1998. Francis Valle (41 años), del barrio de toda la vida, se había curtido en el sector trabajando para grandes firmas. «Siempre he sido emprendedor, así que decidí instalarme por mi cuenta. Siempre he sido muy del barrio. Conocía a mucha gente. No me lo pensé y monté mi negocio aquí».

Él, que ha trabajado y se ha formado en la gran superficie, sabe que en su negocio el tono es distinto. «Aquí no está todo tan mecanizado. Es todo mucho más familiar. Si viene un cliente de siempre y le faltan 50 céntimos, pues no pasa nada. O me puedo quedar más rato para atender a alguien que tiene una urgencia para arreglar su problema».

Francis vive, en parte, de un perfil que perdura: aquel que decide reparar sus zapatos. «Es verdad que con el tiempo el calzado se ha hecho más económico, pero hay gente que prefiere seguir viniendo a arreglar aquellos zapatos que a lo mejor son más caros». Estanterías repletas de botas, zapatillas o chanclas, ya reparadas, esperan a su dueño de vuelta.

Aquí la crisis se llevó mejor

Como enarbolando la resistencia, este tipo de negocios han sabido sobrevivir a la crisis: «No nos ha afectado tanto. Con la crisis la gente siempre ha preferido reparar lo viejo antes que comprar algo nuevo». Tan manitas es Francis que un día hasta le trajeron una radio que no funcionaba. «Dije que la electrónica no era mi gremio, que podía solucionarlo casi todo, pero eso no», recuerda con una sonrisa. Por aquí pasan vecinos del barrio, pero también de lugares como el centro de Tarragona, Els Pallaresos o El Catllar.

Aquí acude también un nutrido número de deportistas: ciclistas para arreglar su calzado, patinadores o forofos del ‘footing’ que necesitan amoldar un poco más la bamba al pie. Francis les atiende con mimo y amor a la profesión. «Me gusta mucho lo antiguo. También soy coleccionista», y enseña, como un tesoro, herramientas antiguas en un rinconcito del local. Algunos de esos martillos desvencijados le han socorrido en más de una ocasión.

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