«No es la fachada marítima que soñábamos, pero todo esto no tiene nada que ver»

Cuando se cumplen dos años de su inauguración, la pasarela del Miracle ha conseguido dinamizar el frente litoral con deportistas y paseadores. Pero el impacto ha sido reducido

NÚRIA RIU

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A partir de la tarde la gente que curza este paso elevado para hacer deporte y pasear es constante. FOTO: PERE FERRÉ

A partir de la tarde la gente que curza este paso elevado para hacer deporte y pasear es constante. FOTO: PERE FERRÉ

Faltaba un día para la ceremonia de apertura de los Juegos Mediterráneos, cuando la ciudad de Tarragona estrenó la pasarela del Miracle. Pedro Sánchez acababa de ser nombrado presidente del Gobierno, tras la moción de censura que apartó a Mariano Rajoy. Y cuando todos los medios hablaban de si el palco del Nou Estadi sería el escenario del primer encuentro entre Sánchez y Quim Torra, la plana política de la ciudad sudaba la gota gorda para ser los primeros en cruzar la nueva infraestructura. Aunque parezca extraño, de todo esto no hace una eternidad. El próximo domingo se cumplirán dos años, y transcurrido este corto periodo de tiempo ya puede afirmarse que ha habido un antes y un después.

Las imágenes de las últimas semanas, en las que podían verse una gran afluencia de personas haciendo deporte y paseando por la zona del Miracle, son una prueba de ello. Primero fue la habilitación de este paso elevado que en cuestión de minutos permitía cruzar las vías. Más tarde la remodelación de un pequeño tramo del Passeig del Miracle, dos proyectos que han cambiado la estética de esta parte de la ciudad y han contribuido a su dinamización.

«Está claro que cuando nos hablaban de la fachada marítima no soñábamos con esto, pero hay que reconocer que ha supuesto un cambio muy importante. Ahora baja mucha gente y muchos de estas personas viven en el centro y jamás bajaban al Miracle para nada. Esto ya es un cambio», asegura Paula López. Es una de las habituales que hace este camino para ir a correr. Pasa rápida junto al banco en el que está sentada Manoli Vilches con sus nietos. Aunque ayer por la mañana el tiempo no acompañaba, aprovechó para salir a pasear un poco. «Si me hubieran preguntado yo les hubiera dicho que habría sido mejor con más árboles y más sombra, pero ha cambiado. Claro, que sí», señala.

Vilches es vecina de la calle Santillada. «Algo sí que miramos más el mar, hay más gente, pero la zona del puerto dejo bastante a desear. Está muy deteriorada y mucho movimiento tampoco ves», añade. Los comerciantes de este barrio, y en concreto los de la calle Apodaca, aseguran que desde que se inauguró la pasarela ha bajado la afluencia de clientes.

Un flujo constante

Por la mañana el tráfico de personas que cruza este paso elevado es constante. Parejas que pasean, deportistas o los usuarios de la estación, que siempre andan corriendo para no perder el tren. Una prisa que ayer no compartían Isabel y Sebastià. «Ha supuesto una mejora tanto para los que vivos abajo como para los de arriba. Hace más de cincuenta años que escuchábamos que se iban a soterrar las vías o que las quitarían. Al final no fue nada de todo aquello y hemos tenido que conformarnos que con una pasarela que en cualquier otra ciudad seguro que estaría mucho mejor». El marido se mostraba crítico con la estética. No obstante, asomarse al mar es una buena «excusa» para alargar los paseos desde el Mercat Central a la Part Baixa.

Con una longitud de 310 metros, este paso elevado permitía superar los 17 metros de desnivel entre la Baixada del Toro y el Passeig Marítim. La obra la impulsó la Autoritat Portuària, como contraprestación a las obras del tercer carril, que durante unos años hipotecarán cualquier posibilidad de reducir el impacto que provoca el cinturón ferroviario en esta parte de la ciudad.

Su entrada en funcionamiento fue seguida con expectación por parte de los negocios del Port Esportiu. Esta zona de restauración no ha conseguido levantar la cabeza desde que la oferta de ocio nocturno fue deteriorándose. Pese a ello, algunos de los propietarios aseguran que su instalación no ha generado un impacto. «Es una zona de paso, claro que hay gente. Estos días hemos visto a muchísima, pero corren o van en bicicleta, mientras tanto las terrazas están vacías», afirma Yourlady. Regenta un restaurante peruano en este espacio desde hace algunos años. Asegura que este es el peor. «Faltan los turistas y se nota. Ahora solo hay los deportistas», asegura. Esta restauradora está valorando la posibilidad de dejar el local cuando acabe la temporada. El Port Esportiu está pendiente de una reforma, que debe suponer un cambio de imagen. También ha quedado pendiente a nivel municipal la reforma del segundo tramo del Passeig del Miracle, el que deberá afrontar qué se hace con la plataforma de hormigón, cerrada al público desde hace más de diez años.

Para el arquitecto, Enric Casanovas, esta infraestructura representa un «cúmulo de despropósitos». «Es evidente que la gente baja a la playa y la utiliza, pero se hizo en un mal lugar y de mala manera. Si en lugar de allí, la hubieran hecho más arriba, junto al Balcó, y solucionarlo con un par de ascensores, o incluso cerca del Bingo resolvería lo mismo y la gente circularía por la Rambla».

Casanovas es contundente: «Es una solución que no pasará a la historia del urbanismo de la ciudad». Se muestra convencido de que está «abocada al fracaso». «Cuando empiece a deteriorarse estaremos ante un segundo jardín vertical o una nueva plataforma del Miracle, de la que nadie habla pero que podría ser una pineda urbana sin coches. Al final, la propia gente acaba convirtiendo en un fracaso las malas soluciones urbanísticas».

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