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‘No puedo parar de mirar a todos lados del mercadillo’

Este es el testimonio de una usuaria que ayer decidió pasear por las paradas de marchantes ubicadas en la Rambla Nova. Diez pilones protegían el espacio de un posible atentado

Carla Pomerol

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Diez bloques azules de hormigón centraban las miradas en las entradas del mercadillo de la Rambla Nova. Foto: pere ferré

Diez bloques azules de hormigón centraban las miradas en las entradas del mercadillo de la Rambla Nova. Foto: pere ferré

Son las once de la mañana de un martes en la Rambla Nova. Hay mercadillo. Parece que todo es normal, pero no. Mentimos cuando decimos que no tenemos miedo. En el rostro de los turistas y, sobretodo, de los tarraconenses, se nota la tensión. Quieren volver a la normalidad. Por eso ayer decidieron ir al mercadillo. Pero, enseguida, se dieron cuenta que alguna cosa había cambiado. Unos diez pilones de hormigón centraban las miradas de todos aquellos que paseaban por el mercadillo. La Guàrdia Urbana decidió ponerlos de manera preventiva, para evitar que ningún vehículo acceda en la Rambla, después de los atentados del jueves en Barcelona y Cambrils.

Algunos marchantes aseguraban que había menos gente de lo habitual andando y comprando en el mercadillo. «La gente está asustada, tiene miedo. Y cuando llegan aquí se encuentran con los pilones. Sabemos que los ponen por seguridad, pero parece que nos estemos preparando para un atentado», explica Pedro Santiago, propietario de una parada de ropa del mercadillo de Tarragona. El pasado domingo, en el del Bonavista, también había pilones. 

Por otro lado, hay marchantes que piensan diferente. Su valoración del primer mercadillo en la Rambla Nova de Tarragona es buena. «Ha habido normalidad. Igual menos gente, pero es lógico, en agosto siempre bajan las ventas», justifica Toñi Asensio, de una parada de zapatos, quien asegura que «debemos continuar nuestra vida». 

Los bloques de hormigón sorprendieron a los turistas.

En esta misma línea, Anna Martín, que vende equipaciones de equipos de fútbol, asegura que «nuestro público son extranjeros que están de vacaciones y no notamos tanto esta psicosis. De hecho, llevamos un recuento y estamos haciendo más o menos la misma caja». Martín explica que, el pasado sábado, en el mercadillo de Sant Carles de la Ràpita, «nos hicieron poner las furgonetas cruzadas para evitar un posible atentado», y añade que «no negaré que un lugar con mucha gente siempre es peligroso». 

Algunos de los marchantes creen que los bloques de hormigón ubicados ayer en la Rambla Nova no son suficientes para evitar un atentado. Otros creen que son poco estéticos. «Sería mejor poner unas jardineras. Más bonitas y aportarían más normalidad», asegura Enric Daza, presidente de la Associació de Marxants de Tarragona. Lo cierto es que, ayer, si algún vehículo quería entrar a la Rambla lo podía hacer. Quedaban muchos espacio libres, sin bloques de hormigón, que centraban la conversación de algunos vecinos de la ciudad.

Curioso es también el testimonio de Maria Antònia Puvill, la propietaria de la tienda permanente de flores ubicada en la Rambla Nova. «El viernes solamente abrimos la tienda para unos encargos. Cerramos enseguida. Por la Rambla no pasaba nadie. Todo vacío», relata Puvill, quien añade que «estos días, había policías con metralleta y, quieras o no, te sientes indefensa y frágil. La gente se manifiesta diciendo que no tiene miedo, pero las caras dicen lo contrario». 

Los paradistas están acostumbrados a las multitudes, ya que la mayoría de mercadillos en los que asisten se reúnen muchas persona y de diferentes nacionalidades. Saben que su vida debe continuar y que el miedo no puede acabar con su modus vivendi. Aún así, la mayoría reconoce estar preocupados por su futuro.

‘No tenemos miedo’

«Cuando veo a alguien correr, me pongo nerviosa y no paro de mirar a todos los lados. Enseguida pienso en lo peor, en qué algún acosa está pasando», asegura Esmeralda Hurtado, una tarraconense que, ayer, decidió levantarse e ir al mercadillo con su familia. Carlos Sierra también mostró valentía. «Pensé que me daría menos respeto, pero ahora que me encuentro aquí, lo estoy pasando un poco mal. Cada vez que veo pasar un coche policial, me asustó», explica Sierra. La psicosis está y el miedo también, pero, poco a poco, los tarraconenses deben volver a la normalidad. 

Más rebelde es Remei Rivera, una vecina de Tarragona que asegura que no tiene miedo, uno de los lemas más escuchados durante estos días. «Puede pasar cualquier cosa en cualquier lado. Si pensamos que pasará algo, no iríamos a ningún sitio», explica Rivera. Y esta parece ser la única manera de continuar viviendo. El mercadillo de la Rambla Nova vivió una jornada marcada por la precaución y el miedo.

‘Trabajar mucho y hablar poco’

«Se debe trabajar mucho y hablar poco». Esta fue la frase que repitió almenos tres veces la concejal de Seguretat Ciutadana del Ayuntamiento de Tarragona, Begoña Floria, refiriéndose a la seguridad de la ciudad. Floria aseguró que «se hará aquello que los cuerpos de seguridad consideren adecuado» y añadió que «esperamos que Santa Tecla sea una gran fiesta, después de perder, de manera histórica, las fiestas de Sant Magí». La concejal reconoció que hay más controles en la ciudad y que se han puesto bloques de hormigón en algún punto de la ciudad sensible, como por ejemplo, el mercadillo de Bonavista. «Tengo plena confianza con la Guàrdia Urbana y su coordinación con los Mossos d’Esquadra», aseguraba Floria, quien añadió que «a nivel político, no estoy interviniendo en nada, porqué los cuerpos de seguridad tienen las instrucciones clarísimas y ya saben qué medidas deben tomar». Finalmente, la concejal aprovechó el momento para agradecer a los agentes el esfuerzo de estos días, por la «extrapresencia» de la policía en las calles de la ciudad. «Algunos doblaron horarios y otros volvieron de vacaciones en estas circunstancias tan sensibles», concluyó Floria.

El Ayuntamiento de Salou instaló también bloques de hormigón en el Passeig Jaume I de Salou. Un escenario similar se encontraba en el aparcamiento del Aquopolis, en la Pineda. Foto: Alba Mariné

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