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«Nos encerramos 28 días en la fábrica para protestar»

Historia de una lucha pionera. Ángeles de la Fuente es extrabajadora de Seidensticker-Valmeline, la compañía de camisas ubicada en Ponent. En su libro 'Una història de dones en lluita’ rescata una movilización femenina que rompió moldes en el franquismo

Raúl Cosano

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Ángeles de la Fuente, con su libro, recién publicado.  Foto: Pere Ferré

Ángeles de la Fuente, con su libro, recién publicado. Foto: Pere Ferré

Ángeles de la Fuente ha rescatado su tesina de Graudado Social para confeccionar el libro ‘Una història de dones en lluita: La conflictivitat laboral en empreses tèxtils multinacionals (1961-1980)’, coeditado por Publicacions URV y Arola Editors y presentado recientemente en el Centre Cívic de Torreforta. Ella vivió, entre los 60 y los 80, la lucha pionera de la fábrica de camisas Seidensticker-Valmeline, ubicada junto a la N-340, frente a Campclar. Recupera testimonios de las trabajadoras y varios expertos trazan un análisis antropológico, económico e histórico de aquellas protestas. 

Vino de Valladolid y empezó a trabajar muy joven. 
Llegué con 12 años, porque mi padre decidió venir aquí. A los 13 estaba trabajando. Estuve en varias empresas y cuidando niños. A los 16 entré en Valmeline, que antes se llamó Seidensticker. Inicialmente hacíamos camisas, luego anoraks, trajes de esquí... 

Una multinacional alemana, en los años 60, en plena expansión industrial en Ponent...
Los alemanes cuidan mucho la apariencia. Aparentemente parecía una delicia. Pero luego ves que no es tan maravilloso, cuando el ritmo de trabajo se vuelve tan excesivo y las condiciones tan duras. 

¿Cómo era aquella plantilla?
Al principio tenía 530 trabajadores, 500 de ellos mujeres. Chicas muy jóvenes, llegadas desde otros sitios de España, y que teníamos una necesidad de integrarnos en ese momento. Trabajar allí todas juntas hizo que se establecieran lazos de unión y de apoyo mutuo. Excursiones, viajes… Eso sirvió para dar una respuesta solidaria a los problemas laborales que tuvimos.

La fábrica estaba en los terrenos donde ahora hay tiendas como Wala. ¿Qué recuerda?
La nave era central. Todas nos veíamos, aunque estuviera dividida en secciones. Había un contacto visual. Eso ayudaba a que la respuesta fuera bastante unánime. 

Pronto empezaron las protestas y las manifestaciones. 
Hicimos acciones con peso importante en aquella Tarragona. 40 días seguidos de huelga por el convenio de empresa. Nos quedamos encerradas, vino la policía, nos echó, nos distribuimos por cupos a otras empresas a informar y a pedir solidaridad. Se hizo una caja de resistencia entre todas para ayudar a compañeras y mantener el parón tantos días, porque había gente con necesidades económicas. 

No era habitual en la época. 
Rompimos un poco con lo establecido: hasta entonces había habido muy poco movimiento obrero. Somos las pioneras de un movimiento fuerte en Tarragona. En otras empresas hubo paros de apoyo hacia nuestra lucha. Eso fue bonito. 

Aún estaba el franquismo. 
Teníamos el miedo propio de la represión de entonces. Todo eso dificultaba las cosas. Unos sindicatos belgas nos hicieron unas hojas informativas en varios idiomas, en busca del turismo. Eso, para las autoridades de Tarragona, provocó una situación de tensión. Recibimos apoyo de varios sindicatos de Europa. Todo eso en la clandestinidad, yendo a buscar las hojas a Perpiñán… Era muy complicado. 

¿Cómo eran aquellas condiciones de trabajo?
Muy duras. Mucho movimiento constante de cuerpo, prestar mucha atención a lo que realizabas. Había que hacer un número de piezas y si no llegabas no te daban el dinero establecido. Al entrar estabas tres meses de pruebas. Tenías que realizar un número de piezas y, si no, te echaban. El resto nunca consentimos eso. Cogíamos de la tarea nuestra y se la pasábamos a las nuevas. Eso hizo que fuéramos familia, como unos amigos. 

La movilización era constante. 
Luego hicimos una huelga de 54 días, por las condiciones de trabajo. Trabajábamos a destajo. A partir de empezar a movernos, conseguimos acceder al salario mínimo. Luego te podías ganar algo más. Te ponían unos topes, pero luego te los cambiaban. Si antes te daban 10 por hacer 100, ahora tenías que hacer 120 para darte los 10 igual. 

¿Qué consiguieron?
La excedencia de tres meses a seis años con obligación de readmisión para las mujeres que iban a tener hijos, puestos de trabajo adecuados para las embarazadas, hacer efectiva la reducción de jornada de la mujer por tener a cargo un menor... Eso hizo que mujeres que se tendrían que haber ido a su casa cuando fueron madres pudieran seguir trabajando. Aquello fue una avanzadilla de la conciliación familiar, antes de que se empezara a legislar. 

Intentaron frenar el cierre. 
Nos encerramos 28 días. Venían las familias a traernos la comida y los niños estaban a cargo de los maridos. ¡El feminismo lo pusimos en práctica entonces, y no de palabra, sino con hechos! Hicimos cortes de tráfico, nos encerramos en el Ayuntamiento, fuimos a Madrid...

¿Qué pasó al final?
Al final la empresa, que llegó en busca de mano de obra barata, dijo que se iba. Pero hicimos un contrainforme y demostramos que la empresa era viable y la Delegación de Trabajo denegó el cierre. 

¿Y eso no sirvió?
Como son multinacionales, nadie les pone los puntos sobre las íes. Es la demostración de que los estados no tienen ningún poder de decisión. Mandan las empresas y la economía. Se acabaron desentendiendo de la población. Por entonces había unas 140 trabajadoras. 

Hicieron todo tipo de reivindicaciones. 
Hicimos 21 días de ritmo lento, trabajando lentamente y produciendo menos. ¡Hicimos todas las modalidades de protesta! 

Les llamaban las ‘batas rojas’. 
Íbamos con los uniformes rojos a las manifestaciones. La policía nos los requisaban y al final decidimos llevar solo ropa interior debajo. Entonces nos decían: ‘¡Quítese la bata!’ Y al momento: ‘¡Póngasela!’. El uniforme rojo fue el estandarte. 

Después de aquello, siguió siempre ligada a sindicatos. 
Mi vida no hubiera sido la misma sin aquella experiencia. Luego estudié Graduado Social pero aprendí mucho más en la fábrica. 

Y, ahora, ¿cómo ve la situación?
Estamos retrocediendo, llegando a a unas condiciones malas de los trabajadores. Parece que vayamos hacia la esclavitud. 

¿Por qué hay que luchar?
No hay que olvidar que las clases existen. Hay una clase trabajadora y una capitalista, y esta quiere quedarse con el máximo de la tarta. Nosotros tenemos que hacer que la tarta se reparta un poco más. Y no te lo van a dar ellos buenamente. Ellos colocan las máquinas, sí, pero el trabajador pone el esfuerzo. 

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