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Nueve de cada diez alumnos extranjeros estudia en la pública

Mientras algunos centros de la ciudad tienen hasta un 80% de estudiantes foráneos, en otros apenas se ven. Una redistribución sería muy difícil, reconocen los responsables

Norián Muñoz

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Las asociaciones de padres defienden que la proporción de alumnos extranjeros en las aulas debe ser más equitativa y proporcional a la que se vive en la sociedad. Foto: Lluís Milián

Las asociaciones de padres defienden que la proporción de alumnos extranjeros en las aulas debe ser más equitativa y proporcional a la que se vive en la sociedad. Foto: Lluís Milián

El número de alumnos extranjeros en la provincia de Tarragona ha bajado un 5% en los últimos tres cursos. Es un reflejo de un fenómeno, el de la inmigración, que no para de caer en los últimos años, los de la crisis.

Actualmente los estudiantes extranjeros de enseñanzas no universitarias en la demarcación son 22.445 y suponen un 15,6% del total del alumnado. La distribución de esos estudiantes, eso sí, sigue siendo dispar y la inmensa mayoría (el 91,3%) sigue estudiando en la escuela pública. Así, si el porcentaje de alumnos de familias inmigrantes en la pública representa el 19,8% del total, en la escuela privada son el 6,3%. Si se hace el ejercicio de traducirlo en una clase de primaria de 25 alumnos, el aula pública tendría cinco alumnos y la privada-concertada, uno y medio.

 

Distribución dispar

De todas formas, tampoco en la pública la distribución es homogénea. En algunos barrios de la ciudad de Tarragona hay escuelas donde los alumnos extranjeros representan el 80% del total. En una de ellas, por ejemplo, de 39 alumnos que comenzaron clases en P-3 este año, sólo 7 son hijos de familias españolas. Paradójicamente, en el mismo barrio había un centenar de niños de tres años a quienes les correspondía comenzar en esta escuela, pero dos terceras partes eligieron desplazarse a otra, se supone que para evitar la concentración de inmigrantes. La cohesión social, dice el director, «va muy lenta» y lamenta que el resto de niños del barrio no quieran acudir a su centro.

De poco han servido los argumentos del equipo de la escuela explicando a los vecinos que se trata de un centro amplio, bien dotado, con una buena ratio de alumnos por profesor y con docentes de refuerzo.

Además, en esta escuela, a diferencia de lo que ha sucedido en otras partes de Catalunya, no se ha cerrado el aula de acogida (donde se lleva a cabo un programa intensivo para enseñar el idioma) porque todavía hace falta.

Valga recordar que en la demarcación casi la mitad (50,7%) de los estudiantes foráneos proceden de África. Les siguen en número los de la Unión Europea (23,6%), los de América del Sur (12%) y los asiáticos (6,3%).

No obstante, explica el director de la escuela, ya no es la falta de conocimiento del idioma lo que preocupa, sino en el precario contexto socioeconómico en el que viven los chicos, independientemente de la nacionalidad de sus padres. «La educación pasa a un segundo plano cuando en una casa no se tiene qué comer o se vive en un piso como okupa», reconoce.

 

Una solución compleja

La directora de los Serveis Territorials de Ensenyament en Tarragona, Maria Àngels González, aclara, de entrada, que un alumno de familia extranjera es, simplemente, un alumno más dentro del sistema, y explica que las estadísticas no se pueden analizar sin tener en cuenta el territorio.

Sobre el hecho de que la mayoría estudie en la escuela pública, González explica que se están haciendo esfuerzos para que haya más equilibrio, pero no siempre es posible, y pone el ejemplo de un barrio periférico de Tarragona donde sólo hay una escuela y es pública, con lo cual resultaría más difícil enviar al alumno a una escuela en otra zona.

Apunta que el principal problema que plantea una distribución más homogénea es la concentración de familias inmigrantes en algunas zonas, un desequilibrio urbanístico que se refleja también en la conformación de las aulas.

Eso sí, asegura que cualquier alumno inmigrante que desee estudiar en un centro distinto del que le tocaría por la zona donde vive lo conseguiría, porque entraría en una de las plazas de necesidades educativas especiales.

También señala que en el Camp de Tarragona no se ha cerrado ninguna de las aulas de acogida existentes y la intención es mantenerlas como aulas de soporte lingüístico.

En lo que se refiere a la ciudad de Tarragona en particular, Francesc Roca, concejal de educación y exdirector de instituto, reconoce que la disparidad en la distribución de los alumnos en los centros «es una realidad», por lo que, asegura, «tendremos que ver, entre las dos administraciones (municipal y autonómica) cómo lo gestionamos».

Carles Cepero, director técnico del Institut Municipal d’Educació y docente durante años, apunta, no obstante, que una hipotética redistribución en Tarragona es muy complicada en vista del mapa escolar de la ciudad.

Explica que durante la matriculación, en primer término, lo que se intenta en la comisión de escolarización (donde participan Ensenyament, Ayuntamiento y centros) es satisfacer la petición de la familia, es decir, el entro que eligen en primera opción y, en segundo lugar, la zona de residencia. «Sería difícil pedirle a una familia que tiene una escuela al lado de casa que se coja el autobús para ir a una más apartada», reconoce.

Lluis Pallejà, representante de Fapac, federación de Ampas de Catalunya en Tarragona, considera, por el contrario, que ha faltado voluntad política para realizar una distribución más equitativa. En su opinión, por ejemplo, debería haber más plazas reservadas para estos alumnos en las escuelas y, claro está, utilizarlas.

Pallejà defiende, además, que en un contexto donde el racismo sigue presente, se debe dar la vuelta a la tortilla, es decir, tener en cuenta la riqueza cultural que trae la inmigración. En su opinión, por ejemplo, la situación que se vive en una escuela donde hay un porcentaje mínimo de inmigrantes no se corresponde con la realidad de la sociedad, porque esos niños y adolescentes ya viven en un contexto donde los inmigrantes suponen cerca del 20% de la población.

También explica lo constructiva que ha resultado la experiencia en muchas escuelas que, gracias a los alumnos inmigrantes, han adaptado y mejorado sus procesos.

En este punto, la delegada González coincide en el enriquecimiento que ha supuesto el reto de la inmigración para docentes y centros. Asegura que hay que desterrar estereotipos sobre que los alumnos de centros con más estudiantes foráneos obtienen peores resultados académicos porque está demostrado que no es cierto.

Por su parte, Josep Maria Cartanyà, portavoz del sindicato USTEC-STEs, explica que a los docentes ya apenas les preocupa que los alumnos no manejen el idioma, sino toda la problemática social que se está colando en las aulas y que no sólo tiene que ver con procedencias. «Lo que necesitamos son menos ratios de alumno por profesor y más recursos para poder atender la diversidad», afirma.

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