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Tarragona UN CAFÉ CON...

Paco Zapater: «Tras a muerte de Clara sentí el apoyo de tarragona»

Reflexiones sobre la justicia alemana, su paso por la política y la URV, el nuevo Ayuntamiento y el juicio del 'procés'

Danel Arzamendi

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Paco Zapater, en la terraza de la sede que alberga el Colegio de la Abogacía y el Colegio de Farmacéuticos de Tarragona. FOTO: Pere Ferré

Paco Zapater, en la terraza de la sede que alberga el Colegio de la Abogacía y el Colegio de Farmacéuticos de Tarragona. FOTO: Pere Ferré

Está a punto de coger un avión hacia Alemania. Hoy MIÉRCOLES se conmemora el noveno aniversario del fallecimiento de su hija Clara y todos los años acude a Duisburgo, junto su mujer, Nuri Caminal, para participar en los actos de homenaje a las víctimas de la Love Parade de 2010.

Sus gestos transmiten sentimientos contradictorios: tristeza por volver al lugar de la tragedia, ilusión por reencontrarse con un grupo de familias que han creado unos lazos muy especiales, indignación por la forma en que se está desarrollando el proceso judicial... «Parece que las autoridades quieren forzar la prescripción.

Lo comparo con la resolución del caso Madrid Arena, y la conclusión es que Alemania no es lo que parece. Allí hay cosas que funcionan mal, pero los ciudadanos tienen muy buen concepto de sus autoridades y no protestan. De hecho, el juicio se está celebrando gracias a la presión de las familias meridionales. Más de la mitad de las firmas que logramos fueron españolas».

Este apoyo fue clave para aceptar la tercera propuesta de Ballesteros para incorporarse a su lista electoral. «Había ocurrido lo de mi hija y yo sentí el aliento y el apoyo de Tarragona.

Por eso acepté dedicar cuatro años a la gestión de la ciudad. Fue una experiencia positiva que me permitió conocer mejor Tarragona, una ciudad que enamora, construida a la medida del ser humano, ideal para vivir, Patrimonio de la Humanidad, que maravilla a cualquiera que se la enseñas y de la que no me iría por nada del mundo. No somos conscientes de nuestra calidad de vida».

Sólo echa de menos dos cosas. «Por un lado, nos falta sentimiento de identidad, explicable históricamente por el despoblamiento tras la ocupación francesa. Y por otro, nos falta un grupo transversal de personas que luche desinteresadamente por los intereses de la ciudad en los despachos donde se toman las decisiones.

Durante los años en el Ayuntamiento descubrí dos segmentos de personas: los que trabajan por sus semejantes con el ruego de que no se sepa, y los que quieren una portada del Diari cada vez que hacen cualquier cosita. Algunos políticos priorizan el parecer sobre el ser. Fue una época difícil por los recortes, pero me llevo muchos buenos amigos… y algún que otro enemigo».

El cambio de gobierno municipal fue una sorpresa para él. «Quiero pensar que el pacto de gobierno se firmó pensando en la ciudad, pero los primeros pasos no van en esa dirección: renunciar a la sede del 3x3, la pancarta, lo de la foto… Me temo que la problemática que había en otros ayuntamientos se va a extender a Tarragona, afectando negativamente a la convivencia y a la estabilidad. Sólo les pido que no gasten las energías en batallas unilaterales que no benefician a nuestra sociedad».

Pero no ha sido ésta la única experiencia de Paco Zapater en el ámbito público. Además de iniciar su carrera como funcionario de juzgado en 1972 (una actividad que le trajo a Tarragona y le permitió conocer a su mujer), posteriormente se convirtió en Síndic de Greuges de la URV. «Fue una experiencia muy agradable, que me permitió conocer a personas muy interesantes.

Es verdad que la universidad es un mundo bastante endogámico e impermeable, pero tiene un nivel de conflictividad muy bajo en comparación con el fragor de los juicios penales y matrimoniales a los que me dedico habitualmente. Durante aquellos cinco años descubrí que la docencia universitaria quizás sea la profesión más bonita que existe: investigan, están considerados socialmente, tienen un sueldo digno y seguro… Además, la URV tiene un prestigio y posición muy destacados entre las universidades españolas».

Aunque defiende firmemente nuestro sistema judicial («la justicia se critica mucho, pero la consideración social de los jueces es muy elevada, y de hecho la gente prefiere un juez antes que un árbitro»), no duda en manifestar sus inquietudes y críticas ante el juicio del procés. «Me sabe muy mal que esta cuestión se esté dirimiendo en los tribunales y la utilización que se ha hecho de la prisión provisional. Me temo que habrá una sentencia bíblica, que escarmiente a los que vengan detrás, con penas superiores a los ocho años.

Espero que pueda arreglarse a través de un indulto, por el bien de todos, y que los presos estén en sus casas en Navidad. A partir de ahí, deberíamos construir una convivencia para que esto no vuelva a ocurrir. No se puede destrozar las leyes unilateralmente. Por encima de todo está la paz social».

Paco y Nuri se convirtieron en abuelos hace apenas dos años («Gala fue un regalo de la vida, caído del cielo, y lógicamente se nos cae la baba»), pero la profesión tira mucho. A sus 72 años, le «cuesta horrores dejar de ser abogado. Es una vocación muy dura, pero que llena mucho».

Tiene como objetivo concluir el libro que lleva años escribiendo sobre las diferentes fases del proceso penal desde una perspectiva experiencial («la táctica, las triquiñuelas, la estrategia»). Será su legado para las nuevas generaciones de abogados que tomarán el relevo.

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