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Palmira Saladié: «Hace un millón de años, en Tarragona había leones de 300 kilos»

Especializada en zooarqueología, ‘lee’ los huesos de los animales que vivieron en el Paleolítico, que aportan información sobre los homininos de entonces y, por ende, sobre los humanos actuales

Gloria Aznar

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La arqueóloga Palmira Saladié, en la sede del IPHES. Foto: Pere Ferré

La arqueóloga Palmira Saladié, en la sede del IPHES. Foto: Pere Ferré

Palmira Saladié siempre tuvo claro que quería ser arqueóloga. Llegado el momento, esta flixense decidió formarse en Tarragona, en unos años en que también Eudald Carbonell empezaba a poner los cimientos de lo que hoy es el Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES), un referente a nivel mundial. Especializada en zooarqueología, Palmira retrocede en el tiempo hasta los dos millones y medio de años, al Pleistoceno, período en el que estudia los huesos de los animales. Unos restos que aportan valiosísima información de tipo biológico y conductual, sobre cómo se comportaban los primeros homininos y por qué somos así ahora. Saladié es miembro del IPHES, codirectora de los yacimientos del Abric Romaní, en Capellades y del Barranc de La Boella, en La Canonja, así como en Atapuerca, Burgos.

¿Qué le cuentan los huesos?
Muchísimas cosas. Lo primero, que nuestra evolución está estrechamente relacionada con el contexto animal. Los más remotos, los del Paleolítico, nos dicen que nos encontramos ante unos grupos humanos que tenían muchas habilidades, capacidad de planificación y de estrategia. Es decir, un nivel cognitivo que posiblemente hace unos años no creíamos que fuera posible. De igual manera, que la carne ha sido muy importante en nuestra evolución a nivel biológico, pero también social y cultural.

¿De cuántos años estamos hablando?
Desde hace dos millones y medio de años a unos 10.000. Es el periodo más largo de nuestra historia, en el que solo hemos hecho tecnología con piedra o hueso.

«Una de las cosas más emocionantes que he vivido fue excavar las defensas del mamut, en el Barranc de la Boella».

¿Cuál es el animal más extraño que se ha encontrado?
Extraño, ninguno. Pero ilusión, prácticamente todos me hacen muchísima. Por ejemplo, aquí en el Barranc de La Boella, cuando comenzamos a excavar las defensas del mamut, fue probablemente una de las experiencias más emocionantes que he vivido. Estamos hablando de un animal muy grande, de unas defensas enormes, es algo que aunque lo conozcas por la literatura, hasta que no lo tienes entre tus manos no te haces a la idea de las dimensiones que podían tener estos animales. Pero, en general, lo disfruto todo mucho, porque cada pieza te aporta algo de información y todo es diferente. Es muy emocionante, no saber qué encontrarás.

Y según la pieza pueden cambiar incluso el paradigma.
Sobre todo en los últimos años. Es decir, aquellas grandes hipótesis que parecían inamovibles en los años 80 y 90, hoy en día están siendo transformadas constantemente. Yo pondría como límite 1994, cuando se descubrió el Homo antecessor en Atapuerca. A partir de ahí empieza un momento en Europa y en la Península Ibérica y, sobre todo, desde nuestro instituto, en el que se generan propuestas y es el inicio de esta investigación del nivel que estamos desarrollando ahora desde el IPHES, es el inicio de este gran cambio. Estamos en un momento de revolución.

¿La prehistoria está viva?
Ahora está más viva que nunca. Porque además, disfrutamos de la posibilidad de utilizar nuevos métodos, que están cambiando constantemente. Por ejemplo, las técnicas que son capaces de extraer ADN aportan información desde el punto de vista biológico y otros materiales nos hablan del comportamiento humano.  

La arqueóloga Palmira Saladié en el yacimiento de La Canonja.

Con esta información, ¿la sociedad aprende algo?
Hablar de la sociedad en general es muy osado. Pero sí, vamos entendiendo. En prehistoria hablamos de las migraciones, de nuestro antepasado africano, de una serie de cuestiones que hacen que la sociedad poco a poco probablemente se vuelva un poco menos racista, que comprendamos mejor cómo nos movemos. Aunque este aprendizaje es muy lento, lo que está claro es que estos conocimientos llegan. Y la prueba está en que ahora prácticamente todo el mundo sabe lo que es un neandertal o un hominino. ¿Cuándo le sacaremos el fruto? Ya veremos.

En el IPHES han sido claves en la divulgación.
Eudald Carbonell es esencial para entenderlo. Nos transmitió desde el principio que el Institut tenía que tener tres patas: la investigación, la académica y la difusión social. ¿De qué sirve el trabajo de un científico si después no se explica? De hecho, una de las cosas que nos enseña la prehistoria es que la difusión del conocimiento ha sido clave para nuestro éxito evolutivo. Y si esto fue importante en la prehistoria, hoy en día aún más, porque lo que tenemos es básicamente mucha desigualdad social y solo se puede combatir a base de transmitir conocimiento. Una de las cosas más importantes que podemos hacer cualquiera que se dedique a la prehistoria o a otro ámbito científico es darle a la gente la capacidad de pensar. 

«Puede que parezca una ilusa, pero por encima de todo creo en el género humano. Si no, no me dedicaría a esto»

¿Cómo de importante ha sido el IPHES para usted?
A mí, el IPHES me lo ha dado todo. Soy muy afortunada. Me ha dado un trabajo, que es muy importante porque hay que tener en cuenta que hoy en día en el campo de la ciencia se está invirtiendo poquísimo, incluso cuando se trata de investigadores de primera línea. Y formar parte del equipo del IPHES me ha formado totalmente como persona. No tengo nada que ver con la Palmira que empezó, cuando tenía 18 años.

¿Es el sueño hecho realidad?
Es el sueño de Eudald y, particularmente, el mío. Y está en nuestras manos mejorarlo.

¿Cómo era el paisaje tarraconense en el Paleolítico?
Sabemos que hace un millón de años era un paisaje templado, de bonanza y con muchos animales que no nos gustaría encontrarnos.  

«A mí, el IPHES me lo ha dado todo. Soy muy afortunada. El Institut es el sueño de Eudald y, particularmente, el mío»

¿Por ejemplo?
Tenemos que imaginar que el reino animal se parecería al de la sabana africana actual. Además del mamut, vivían macacos de barbería, pequeños lobos, jaguares, leones, hienas… El hipopótamo es el más común en el Camp de Tarragona hace un millón de años, sobre todo en el Delta del Francolí, el actual Barranc de La Boella, lo que significa que había grandes masas de agua. En cuanto al león, cuando encontremos los restos le tendremos que dar un nombre nuevo porque es una especie desconocida. Pero lo que sí sabemos es que debía pesar unos 300 kilos. Todo esto nos dice que aquellos grupos humanos tenían que tener muchísima capacidad de organización. Si bien más de uno debería caer en las fauces de alguno de estos grandes carnívoros, en general, sobrevivían y se alimentaban en un entorno muy peligroso.

¿Esto habla de cambios climáticos?
Los cambios climáticos se establecen por correlaciones a nivel mundial. Pero tenemos que tener en cuenta que los cambios que se producen de forma natural no tienen nada que ver con el que nosotros, como humanos, estamos provocando hoy en día. 

Después de todo, ¿aún cree en el género humano?
Puede que parezca una ilusa, pero por encima de todo, creo en el género humano. Si no, no me dedicaría a lo que me dedico.

Palmira Saladié en el Barranc de la Boella, trabajando en las defensas del mamut.

Antes ha mencionado la importancia de la alimentación a base de carne. ¿Por qué?
Fue esencial para nuestra evolución, para que llegáramos donde hemos llegado. Ingerir carne para los prehumanos, para los Australopithecus, provocó reducir el intestino. Las tripas necesitaban menos energía para digerir la carne y al reducirlas, provocó que se desarrollara el cerebro. Y esto nos permitió hacer herramientas, entre otras cosas. 

Nada que ver con el debate actual...
Ahora tenemos un tipo de vida muy sedentaria y la cantidad de carne diaria que ingerimos probablemente no nos es necesaria para nada.

¿Por qué es clave Atapuerca?
Hay más de un motivo que lo hace importante. En primer lugar, por la conservación extraordinaria de los fósiles, una peculiaridad que no encontramos en otros yacimientos. Después, porque tenemos un abanico cronológico que va desde el millón y medio de años hasta el Neolítico, hasta hace 6.000 o 5.000 años. Es uno de los lugares más importantes del mundo para el estudio de la prehistoria.

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