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Pasa un mes y medio en la cárcel por un robo violento que no cometió

La juez de instrucción consideró que había pruebas contra él y riesgo de fuga, aunque se trata de un ciudadano español

Àngel Juanpere

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Alejandro vive en Tarragona y, a pesar de su ascendencia colombiana, tiene nacionalidad española.  Foto: Pere Ferré

Alejandro vive en Tarragona y, a pesar de su ascendencia colombiana, tiene nacionalidad española. Foto: Pere Ferré

«El tiempo se hacía infinito, costaba que pasaran las horas. No tienes noción de qué hora es. He visto peleas, gente que consumía droga. Cuando por la noche se cierran las puertas de las celdas te quedas con una moral muy baja». Son los recuerdos que tiene Alejandro de su paso por la cárcel de Mas d’Enric. Una juez le envió a prisión –en la que permaneció mes y medio– por un robo con violencia junto con otras tres personas. Ahora ha sido absuelto de este delito y ha sido condenado a pagar una multa por un delito leve de lesiones por unos hechos de los que él afirma que es inocente. Este joven español –de ascendencia colombiana– es estudiante de Administración de Empresas en la Facultat d’Empresarials de Reus de la URV.

Alejandro nunca olvidará de las Navidades de 2015. Lo que en un principio tenían que ser unas fiestas en familia en Cartagena, donde vive su abuela, acabaron siendo seis semanas entre rejas. «Yo no quería salir por Nochebuena porque a primeras horas del día siguiente teníamos que salir hacia Cartagena, para estar con mi abuela enferma». Pero lo hizo porque un amigo iba a salir solo.

Según la sentencia, sobre las 6.30 se produjo una pelea a la entrada al Port Esportiu. Tres de los cuatro acusados agredieron a las dos víctimas. La Guàrdia Urbana, a indicaciones de éstas, identificó a dos de los acusados y posteriormente sorprendió a los otros dos en las inmediaciones de la Plaça dels Carros. Alejandro, según la juez, arrojó una cartera al suelo, que resultó propiedad de una de las víctimas.

Sentencia no recurrida

Alejandro ha aceptado los hechos –la sentencia no ha sido recurrida– pero recalca que lo único que hizo fue intentar separar a los contrincantes. Como en el lugar quedaron unas pertenencias por el suelo, recogió las que eran de uno de sus amigos. Fue en ese momento cuando lo detuvieron. «Desde un principio pedí que miraran las grabaciones de las cámaras de seguridad. Y después también lo solicité a la juez», pero nada. Finalmente, dicha prueba se pidió el 9 de junio de 2016, medio año después de los hechos, pero las grabaciones ya estaban borradas porque sólo se conservan un mes.

Trasladado a la comisaría de los Mossos, pasó la noche en los calabozos. «Pedí una manta y no me la dieron. Tenía mucho frío y los labios sangrando. Poca comida y el agua, del grifo». Reconoce que entre rejas lo «pasé fatal, poca atención. Una sensación que no se la deseo a nadie. Además, no tenía las gafas y no podía ver, por lo que me sentía desorientado».

El día de Navidad, los agentes le tomaron declaración en presencia de su abogado. «Éste me aconsejó que me declarara culpable del robo con violencia, pero yo le dijo que no, porque no lo había hecho». Asegura que desde un principio ninguna de las víctimas le reconoció como uno de los agresores.

Tras pasar una segunda noche en los calabozos, el día de Sant Esteve fue trasladado al Juzgado de Guardia. «Me preguntaron si vivía en España, si también residía aquí mi familia». Él reside en Sant Pere i Sant Pau con su familia. Volvió a pedir una rueda de reconocimiento y las imágenes de las cámaras de seguridad. Pero no sirvió de nada.

Auto de prisión

La magistrada, de las diligencias policiales y judiciales, y especialmente la declaración del perjudicado, dedujo la existencia de un delito de robo con violencia junto con otro de lesiones y uno leve de daños. Y ello a pesar de que el perjudicado declaró que no vio que ninguno de los detenidos le quitara el móvil. Como consideraba que había riesgo de fuga, envió a los cuatro acusados a prisión. «No me lo podía creer, pensaba que era una broma. Era algo subrealista. Estaba en shock, no sabía cómo reaccionar».

En el Centre Penitenciari Mas d’Enric de El Catllar «me pusieron con los presos más peligrosos, con gente que incluso había matado a su madre». Primero estuvo en la celda con uno de los otros tres detenidos. Después la compartió con uno que había violado a una niña y cuando estaba en la antigua cárcel se lo habían hecho a él.

Los días se hacían largos, «costaba que pasaran las horas. Me levantaban muy pronto e íbamos a dormir muy temprano, pero no tenía noción de las horas. Los días eran una rutina». Añade que «cuando por la noche cerraban las puertas de las celdas te toca mucho la moral». Pidió un psicólogo, «pero no me lo dieron». Inicialmente le costaba dormir, pensando en cuándo saldría.

Al principio pasaba las horas leyendo los libros que le habían traído su familia, que le iba a ver todos los fines de semana. «Cuando la vi por primera vez nos echamos a llorar. Los echaba mucho de menos y me sentía mal porque los dos sufríamos».

Pasaron varias semanas antes de que pudiera participar en los talleres a los que se había apuntado: teatro, inglés, gimnasio e informática.

Con miedo

Alejandro reconoce que pasó miedo de que le agredieran, «tienes una relación a distancia para no crearte enemigos, una relación de respeto». Asegura haber visto peleas en su módulo, a internos consumiendo droga...

El 4 de febrero logró salir en libertad provisional, con la condición de ir a firmar todos los lunes al Juzgado, incluso lo hizo el día de mi cumpleaños. «¿Que si la prisión me ha hecho más fuerte?. Ya lo era, pero ella me hizo sentir más débil». Ahora si ve a un policía siente que le están mirando, «tengo temor».

Durante el juicio, asegura, estaba seguro que le iban a absolver «porque no había hecho nada. Estaba nervioso, no estaba concentrado y me quedé bloqueado». Y de la sentencia asegura que «de todo lo malo no vi nada positivo». Y finaliza: «No he pasado página. Siempre va a quedar en el recuerdo».

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