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'Pero el yate, ¿se puede visitar o no''

La llegada del 'Azzam', el barco privado más grande del mundo, a Tarragona fue ayer el gran motivo de conversación en bares y cafeterías de la ciudad
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El Azzam permanece atracado en el Moll de Costa de la Marina Port Tarraco. Foto: Lluís Milián

El Azzam permanece atracado en el Moll de Costa de la Marina Port Tarraco. Foto: Lluís Milián

Los tarraconenses se desayunaron ayer con la llegada a la ciudad del yate privado más grande y lujoso del mundo, el Azzam, propiedad de un jeque de Emiratos Árabes Unidos. El barco permanecerá atracado en la Marina Port Tarraco todo el invierno. Y las primeras reacciones de los ciudadanos que leían la información en el Diari era preguntar si se podría visitar el yate.

Luego, una vez superada la sorpresa inicial y leído todo el reportaje, las conversaciones tomaron un aire más crítico. Es lo que sucedía a primera hora de la mañana en una cafetería cercana al colegio Cèsar August. Allí, alrededor de una mesa que sostenía varios cafés con leche, cinco mujeres fantaseaban con hacer un viaje en ese barco. «Lo podríamos alquilar durante una semana –decía una de ellas–; total, sólo cuesta dos millones de euros», añadía entre risas. Una compañera suya imaginaba los lujos que debía tener el buque:«Seguro que los grifos son de oro y que está lleno de jacuzzis. ¡Qué rico!». Y otra resultó más realista: «Sí, sí, el barco es muy grande y muy lujoso, pero estoy segura de que el jeque ese no lo ha limpiado en su vida. Para ello tendrá todo un ejército de criadas que a saber cómo trata».

Llegadas a este punto, la conversación adquirió un giro de crítica social, cuando una de las mujeres, que había permanecido hasta entonces en silencio hojeando el Diari, apuntó: «Pues a mí esto me parece un insulto; hacer semejante ejercicio de ostentación en una ciudad tan golpeada por la crisis y el paro como Tarragona es digno sólo de alguien que tiene la sensibilidad social en el culo. Y encima tenemos que contentarnos porque nos han hecho el favor de venir a Tarragona».

La conversación fue escuchada por tres hombres vestidos con buzos de trabajo que se hallaban tomando un café en una mesa cercana. «Tiene razón, señora –dijo uno de ellos–. Aquí les damos todas las facilidades del mundo, nos arrastramos para que atraquen sus barcos, vendiéndolo como una gran cosa para Tarragona, cuando en realidad esta gente no deja nada en la ciudad; ni compra en nuestros comercios, ni se aloja en nuestros hoteles, ni visita los monumentos...».

Incluso el camarero se sumó a la conversación. Y lo hizo añadiendo una crítica a la gestión de la Marina Port Tarraco: «El caso es que tenemos un espacio privilegiado junto al mar, un rincón que cualquier ciudad ya quisiera para sí, y no sirve para el disfrute de los ciudadanos, sino para que vengan unos jeques árabes a mostrarnos lo ricos y guapos que son. O sea, que un lugar que tendría que estar lleno de vida en Tarragona sólo sirve para que aparquen sus barcos cuando no los utilizan. En fin...», dijo mientras recogía dos tazas de café y se las llevaba hacia la barra.

A partir de allí la charla derivó en una crítica sobre todos los encantos que tiene Tarragona sin saber aprovecharlos.

Al final, mientras las mujeres se ponían los abrigos y se disponían a abandonar el local, «pues nosotras no somos jeques y sí tenemos que trabajar», decían, una de ellas se dirigió al periodista para preguntar por última vez: «Pero bueno, ¿se puede visitar o no? A mí me parece chulo». Y todos esperaron con expectación la respuesta. «Me temo que no». «Pues entonces no sé para qué ha venido», concluyó la mujer.

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