Tarragona Relatos

Relato: Platillos volantes

Humor, melancolía, atención al detalle, agilidad narrativa... Relatos que se leen como una novela

Aloma Rodríguez

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Ilustración de Mikel Casal

Ilustración de Mikel Casal

La profesora del instituto se acordaba sobre todo de su madre, que también había dado clase allí, sí, pero en el colegio, a los más pequeños, puede que no hubieran coincidido, pero todos los críos se acordaban de ella cuando crecían y siempre que alguien del pueblo iba al Alcampo de Utebo se fijaba porque era probable cruzarse con ella en el pasillo de las verduras.

¿Aún no está jubilada, entonces? Ya no le faltará mucho..., dijo la profesora.
Un par de años, respondió Laura.

Laura y su madre habían pasado allí cinco años, pero la sensación era como si hubieran sido muchos más. De los 9 a los 14 de Laura; de los 33 a los 38 de su madre. El padre de Laura iba y venía, y a veces parecía que la madre de Laura estuviera separada y que Laura y ella tuvieran que apañárselas solas. Muchas veces era así, se las tenían que apañar solas, pero la madre de Laura no estaba separada. Después de Cantavieja, la madre de Laura pudo acercarse a Zaragoza y, desde entonces, Laura no había vuelto. Laura tiene ahora, más o menos, la edad que tenía su madre cuando llegaron aquí.

La verdad es que es una maravilla que hayas podido venir, nadie quiere venir en estas fechas, debe de ser cosa de la nieve, que les asusta quedarse atrapados y tener que pasar la navidad aquí... Tampoco sería para tanto.

La profesora le había dado clase de matemáticas y de sociales y Laura se acordaba aún de alguna de sus clases: una vez les había hecho construir una línea de tiempo del Imperio Romano. Laura había dibujado unos leones y una cuadriga, una corona de laurel y palabras en latín como cardo y decumano. Luego la profesora les había puesto un trozo de 'La vida de Brian' en el que se preguntan qué han hecho los romanos por ellos y la lista es interminable en realidad y la profesora se reía siempre y decía es que son buenísimos, ¿verdad?

Ahora Laura trabajaba de diseñadora, aunque había estudiado Bellas Artes. Tenía una discreta trayectoria como artista visual, vídeos sobre todo, pero también obra plástica. Y por eso le había llamado su profesora, para que les diera un taller. La verdad es que enseguida pensé en ti, Laura, siempre tan callada en clase, tan formal y por dentro ese bulle bulle. Qué bueno que hayas venido. Los chavales estaban encantados, la verdad. Se les veía que disfrutaban. No ha sido como aquella vez que vino la médico, que era de Zaragoza, creo, a dar una charla de sexualidad y le preguntaron, así para ponerla en apuros, que cómo lo hacían las lesbianas y ella les dijo a los chavales que usaran la imaginación y entonces los apuros los pasaron ellos. Menuda era. Hace años que se fue también, pero viene de vez en cuando. Se acuerda de los nombres de todos sus pacientes. Por cierto, ¿te acuerdas de Luisito?

Laura se acordaba de Luisito, claro. Era el único niño del pueblo de su edad; menos mal que acudían niños de otros pueblos y que en el colegio juntaban varios cursos. Luisito era muy alto y de niño era gordo. Era rubio y tenía los ojos claros. Pues se va a pa- sar, me ha dicho, que te había escrito. A lo largo de los años, Luisito le había escrito, siempre correo postal, le mandaba también dibujos que hacía y según él estaban conectados y no sabía bien de dónde salían esos dibujos, él solo intentaba plasmar lo que había visto la noche en que él y Laura se besaron. Laura lo besó como una especie de servicio social: sabía que él nunca se había besado con nadie y pensó que no pasaba nada por hacerle el favor. Cuando se separaron, Luisito se fue a las afueras del pueblo y se tumbó a mirar las estrellas después de hacerse una paja. Dice que vio unas luces extrañas. Era verano y entonces Laura ya sabía que el siguiente curso ya no estaría allí. En los sobre que Laura recogía del buzón, Luisito siempre pintaba un platillo volante.

Le he dicho que se venga a comer a casa, ¿te importa? Claro que no, hace muchos años que no lo veo. Uy, está guapísimo, no sabes cómo ha cambiado.

Luisito estaba realmente guapo, sí. Pero seguía teniendo algo raro, un poco ido, la mirada un poco perdida. Cuando empezaron a caer los primeros copos de nieve, Laura supo que tendría que pasar allí la nochebuena.

Puedes quedarte aquí, en casa, Laura. Cenamos, vemos la película que quieras, que hay internet, y ya. Yo había pensado ver 'El bazar de las sorpresas', que la tengo aquí. Luisito, puedes venir tú también a ver la peli, y le dices a tu madre que se venga si quiere.

Aún faltaban unos días. Ya lo pensarían. 

Qué pronto anochece, dijo Laura.
¿Vamos a dar un paseo?, dijo Luisito.

Laura siguió a Luisito hasta la salida del pueblo, más allá de la última nave, más allá de las piscinas, había un pinar, y luego se abría un claro. Luisito se sentó con la espalda apoyada en un pino. Hacía mucho frío, Laura pensó que no aguantarían mucho allí, y antes de que pudiera decir nada, Luisito dijo: No te preocupes por el frío, ellos traen calor. Ya verás.

Laura no sabía bien a qué se refería, la verdad es que pensaba que Luisito quería besarla, tal vez algo más, y a ella le parecía bien. Se sentó a su lado y esperó. Pronto dejó de tener frío y se asustó. Un fulgor lejano resplandecía a lo lejos.

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