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Los barrios de Ponent se vacunan menos que Llevant y el centro de Tarragona

La brecha digital, la inmigración o el miedo a efectos en empleos precarios son factores de una diferencia de más de 11 puntos en la cobertura entre las zonas de rentas más altas y más bajas

Raúl Cosano

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Salut pretende salvar las incidencias que pueda provocar la exclusión de algunas capas, afectadas en parte por la brecha digital. Foto: Pere Ferré

Salut pretende salvar las incidencias que pueda provocar la exclusión de algunas capas, afectadas en parte por la brecha digital. Foto: Pere Ferré

La brecha de la vacuna divide sobre el mapa a dos Tarragonas. Hay más de 11 puntos de diferencia en la cobertura poblacional con primera dosis entre algunas zona de los barrios de Ponent y el centro o las urbanizaciones de Llevant. Expertos y autoridades suelen atribuir estas descompensaciones a cuestiones como la brecha digital, en tanto que factor que provoca un acceso telemático más dificultoso a la dosis. Algo similar ha sucedido también durante la campaña en Barcelona, donde los barrios de rentas más bajas han ido por detrás de aquellos que, de media, eran más acaudalados.

En Tarragona, la zona que más avanzada está en los pinchazos es el área básica llamada Casc Antic, un gran distrito que incluye ámbitos como la Via Augusta o el Barri dels Músics, con un componente exclusivo, urbanizaciones como Boscos, Entrepins o Ferran, o una población como El Catllar, que aparece en los primeros puestos del ranking provincial de renta por habitante. También figura ahí la Vall de l’Arrabassada, un barrio de cierto poder adquisitivo. En todo ese ámbito la cobertura de primera dosis ronda el 73% y la de segunda dosis el 59%, según los datos de esta semana de Salut.

En el otro extremo está el punto más rezagado, el área de La Granja-Torreforta, que engloba a barrios de Ponent como Campclar y La Floresta: un 62% de primeras dosis –11 puntos menos– y un 46% de segundas –13 menos–. Pero esas descompensaciones no se acaban ahí. Todos los distritos céntricos tienen coberturas más amplias que la periferia. El espacio que abarca desde la Imperial Tarraco hasta el Parc Francolí, englobando vías como la Rambla Lluís Companys o la Plaça de les Corts Catalanes, supera el 72%, y en similar porcentaje están los barrios que dependen del CAP Muralles –ahí se etiquetan Rambla Nova, Rambla Vella, Part Alta o Avinguda Catalunya–. También Sant Pere i Sant Pau o Jaume I van por delante de otras zonas que tienen por lo general rentas más bajas como Sant Salvador o Bonavista-La Canonja.

Más allá del rechazo por convicción, Salut pretende salvar las incidencias que pueda provocar la exclusión de algunas capas, afectadas en parte por la brecha digital. «Siempre habrá puntos de población a los que no podrás llegar», indica Àlex Arenas, catedrático de Ingeniería Informática y Matemáticas de la URV.

Por ejemplo, en Barcelona se han puesto en marcha medidas para compensar las diferencias de vacunación entre zonas marcadas por el nivel socioeconómico. «Estoy seguro que nosotros en Tarragona también lo padecemos y quizás hay barrios o zonas como Ponent, más vulnerables, donde la respuesta no es la misma. Por eso es importante que haya un punto de vacunación masiva en Campclar», expone Arenas.

Más allá de lo digital

Elisa Alegre, antropóloga y profesora en la UOC y la URV, cree que detrás de estos datos puede haber una explicación ligada no a una cuestión cultural sino social. «En esas zonas de la periferia suele haber más población migrante que no está regularizada y quizás no tiene la tarjeta sanitaria. Ahí podemos encontrar otra brecha, que va más allá de lo digital», indica la investigadora, que añade: «Puede haber un perfil de migrante sin regularizar que incluso tiene miedo a acudir a la vacunarse, incluso por temor a cuestiones como las deportaciones». Alegre, siempre a corte de reflexión, señala otros condicionantes: «Creo que puede influir por ejemplo la inestabilidad laboral o incluso los horarios del empleo, con gente que quizás no tenga tanta facilidad para reservar una cita. También puede haber más miedo a los efectos secundarios y a que eso te pueda perjudicar si el trabajo que tienes es precario, que se concentra también en estos barrios».

Donde no hay demasiado desequilibrio es en la proporción de rechazo a la vacuna, es decir, el tanto por ciento de gente que, siendo requerida para pincharse, ha dicho que no explícitamente. En ese sentido, Elisa Alegre no asocia esa eventual pulsión antivacuna con las clases más humildes: «Los más antivacunas suelen ser personas más instruidas, ligadas a un estado culturalmente alto. El negacionista no suele estar ligado a la precariedad».

Àngel Belzunegui, sociólogo y director de la Cátedra de Inclusión Social de la URV, considera que «la brecha digital afecta no a los mayores sino a la gente joven, con pocos recursos» y añade: «Es una realidad que se ha constatado, lo que falta por ver es que estadísticamente sea relevante». Belzunegui descarta que haya un mayor peso de la militancia contra las vacunas en determinados estratos («según las encuestas, el movimiento es residual», añade) pero, igual que Elisa Alegre, indica otro factor clave: «Hay una cierta parte de la inmigración que puede desconfiar de la administración en general por su situación irregular y eso se manifiesta no yéndose a poner la vacuna».

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