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«Que el recuerdo de Ana se convierta en fuerza»

Familia, amigos y compañeros de consistorio quisieron dar ayer el último adiós a la concejala Ana Santos en un emotivo homenaje a su vida

Carla Pomerol

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La sala del tanatorio estaba llena para despedir a la edil que se encargaba del bienestar de las personas. FOTO: alba mariné

La sala del tanatorio estaba llena para despedir a la edil que se encargaba del bienestar de las personas. FOTO: alba mariné

Fue una despedida a su manera. Discreta, intensa y emotiva. No cabía ni un alfiler. Tarragona entera se acercó al tanatorio para dar el último adiós a la concejala que se encargaba del bienestar de las personas. Ana Santos Gorraiz falleció el pasado martes a los 52 años, víctima de un cáncer. Familiares, amigos, compañeros de partido y de consistorio, conocidos y vecinos la homenajearon en una ceremonia marcada por las emotivas palabras de su hijo Mario.

«Me enseñó a ser cariñoso y cercano, y a aprender a ser feliz a pesar de las circunstancias. Me enseñó a ser duro y a seguir adelante. Y que los problemas son menos problemas si los compartimos. Solo puedo sonreír cuando veo su foto –allí presente–. Me dijo: adelante hijo, sé fuerte». Y dejó a los asistentes sin palabras. Solo había aplausos. Éste fue el mejor homenaje para su madre. 

El alcalde Ballesteros y el resto de concejales del consistorio estaban visiblemente afectados a la salida. FOTO: Alba Mariné

Media hora antes de la hora prevista, la sala del tanatorio municipal empezaba a llenarse. En la parte izquierda, sus compañeros del Ayuntamiento –casi no faltaba nadie– se aposentaban. Con un rostro serio y triste, el alcalde Ballesteros y el resto de concejales se mostraban visiblemente afectados. Las flores rojas y blancas llenaban una especie de altar.

La notas de un piano rompían el hielo. Vestida de nit, de SilviaPérez-Cruz, y Paraules d’Amor, de Joan Manuel Serrat, daban paso al poema La espera, de Joan Margarit: Te están echando en falta tantas cosas. Así llenan los días instantes hechos de esperar tus manos, de echar de menos tus pequeñas manos, que cogieron las mías tantas veces.

Empezaba el homenaje a su vida. «Ana no quiso destacar en discursos de palabras vacías, sino en hechos», aseguraba Agnès Llorens, la maestra de ceremonias, quien añadía que «todos tenemos un recuerdo único de ella. Debemos recurrir a esa imagen cuando estemos tristes, podemos convertirlo en fuerza». 

«Me enseñó a ser cariñoso y a aprender a ser feliz a pesar de las circunstancias. Solo puedo sonreír cuando veo su foto. Me dijo: adelante, hijo, sé fuerte»

Ana era una persona comprometida con las políticas de igualdad y su labor, sin duda, ha dejado huella. «El servicio a las personas era su pasión, tal como se demostró en su faceta de edil. No dejó ni en el último momento de trabajar y de esforzarse, con su carácter metódico e incansable», decía la maestra de ceremonias. En cuanto al movimiento asociativo, fue secretaria del Consejo Rector de la Cooperativa Obrera Tarraconense, miembro de la plataforma de mujeres Onada Violeta y socia de la Associació de Veïns del Port de Tarragona.

Lectura, música y ostras
Entre sus aficiones estaba su pasión por la lectura. «La palabra libro es la que mejor la define», decían ayer. Vivió el mundo de las letras apasionadamente, como editora y como lectora. También le gustaba la música, que llenó sus momentos de ocio. Durante la ceremonia se conocieron más detalles de la vida y personalidad de Ana: cuidaba de toda su familia, disfrutaba de las ostras y de un buen plato de marisco y en su casa todo estaba ordenado. Además, durante una época, se dedicó a restaurar muebles antiguos. «Pero el mejor proyecto en el que trabajó Ana fue su hijo Mario, quien ayer me contaba que ha aprendido mucho de su madre. Sobretodo a luchar para mejorar, aunque sea un poco, el mundo en el que vivimos», apuntaba la maestra de ceremonias. El piano volvió a la marcha con Hallelujah, de Leonard Cohen.

Los familiares salieron, entre abrazos y muestras de cariño, por la puerta principal. Sus compañeros de consistorio se daban apoyo entre ellos sin importar su color, con una mirada o un golpe en la espalda. Salieron por la puerta lateral. Nadie quería irse de allí. Necesitaban hablar de ella, de su vida. Querían estar cerca. Sit tibi terra levis, Ana.

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