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"Que nos juzguen también a nosotros"

Salvador se levantó a las 4.00 de la mañana. Pilar pidió el día libre en su trabajo. Los hermanos Roig tampoco faltaron: "Somos parte implicada". Son algunos de los cientos de tarraconenses que arroparon a Mas: "Nos autoinculpamos"

Raúl Cosano

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Participantes en la concentración procedentes de Les Borges del Camp. ´Love democracy´ fue uno de los lemas más utilizados.  Foto: Raúl Cosano

Participantes en la concentración procedentes de Les Borges del Camp. ´Love democracy´ fue uno de los lemas más utilizados. Foto: Raúl Cosano

A Salvador Aymami el madrugón a las 4.00 de la mañana no le pasa factura. Está enérgico y animadísimo en el paseo Lluís Companys, a pocos metros de la sede del Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC). «El ambiente es magnífico. Se me han saltado las lágrimas cuando les he visto entrar», dice sobre Mas, Ortega y Rigau.

Salvador viene con el autocar desde Les Borges del Camp, una de las facciones que más se dejan ver en el tumultuoso tramo. Le acompaña Magí Pàmies, que trabaja de informático y pidió librar para no faltar a la cita. «Nuestro Govern hizo lo que el puedo le pidió. Todos somos culpables», admite contundente. Ese es el sentir generalizado de los centenares de tarraconenses en Barcelona.

«Que me juzguen a mí también», reclama Pilar Riera, administrativa en el ayuntamiento de Vilallonga del Camp, donde también pidió fiesta. Ella, como otros, hizo de voluntaria aquel 9-N.

También los hermanos Roig –Rafel, Cristina y Jaume–, tarraconenses de toda la vida, se dieron el madrugón. «Nosotros somos parte implicada», dicen a eso de las 6.30 horas, poco antes de subirse en Marqués de Montoliu al bus que les llevaría a Barcelona.

 

Sueño y merchandising

Hay tanto sueño como ilusión. No falta el merchandising: banderas, camisetas, pancartas. «He pasado una noche fatal por miedo a dormirme», reconoce una chica. Un anciano se emociona: «Vengo por dignidad, por toda la historia de represión que he sufrido, empezando por mi padre, que después de la guerra estuvo en un campo de concentración».

«El Procés va adelante y esto no hará más que sumar independentistas», anuncia ya en el autocar Xavier Julià, de Vilallonga del Camp. El viaje transcurre en una oscuridad total. Abre el día cuando el vehículo enfila la ronda litoral. No faltan los atascos, que derivan en los nervios por no llegar a tiempo. En el autocar se pasa lista y llega un susto. «¿Está Dolors Montserrat? No la del PP. Esa seguro que viene en coche privado», bromea un speaker.

A las 8.20 horas llega el desembarco en el Parc de la Ciutadella. Los tarraconenses Lluís Majoral y Lluís Rivera se adentran en la riada de gente. «Es una vergüenza que hayamos llegado a este punto, pero aquí estamos, porque todos nos sentimos responsables», confiesan. Los cánticos son los habituales de la causa independentista. Suena 'L’estaca', de Lluís Llach, la sardana 'La santa espina' o 'Vull ser lliure'. El Arc del Triomf está decorado con un gran cartel con el lema ‘Love democracy’ (ama la democracia). Hay fotos de Nelson Mandela, de Lluís Companys y hasta de Gandhi. Pero si de alegorías se trata la atención es una bandera española que ondea en lo más alto del edificio del tribunal. «¡Está pendiente de un hilo! ¡Eso significa algo!», dice uno. El feroz viento agita la rojigualda y la enreda en la bandera europea hasta hacerla desaparecer. Es motivo de choteo.

Una urna gigante sirve para depositar de nuevo el voto y reproducir la consulta del 9N. Las corales entonan 'Els segadors' mientras algunas caras conocidas se dan un baño de masas. Ahí aparece Pilar Rahola, esa tieta catalana, haciéndose fotos aquí y allá en medio de la marabunta. Hasta las cañas de pescar valen para colocar una bandera que llegue lo más alto posible. También se deja caer el actor Toni Albà, o rostros políticos mediáticos como el diputado de ERC Gabriel Rufián o el alcalde de Reus, Carles Pellicer, también en primera línea.

«Si los jueces vienen en Rodalies llegarán tarde», se escucha. Una vez entran los acusados –ellos sí comparecen con retraso– y arranca el juicio, toca un respiro. Los bares se llenan de gente que busca reponer energías y calentar el gaznate con un café.

 

El juicio, como el fútbol

La megafonía se escucha por todo el paseo Lluís Companys y permite seguir el juicio casi como si fuera un partido de fútbol, con sus ovaciones, sus vítores y sus abucheos. Alguien grita ‘¡burro!’ cuando escucha según qué preguntas a los acusados. Ortega, al recalcar varias veces que la ejecución del 9N había recaído en los voluntarios, se lleva un efusivo aplauso. Por entonces, la bandera española de marras, casi una protagonista más, bate al viento y es recogida por un operario... que la vuelve a colocar para que luzca bien. Gran mosqueo y chasco, claro, para los asistentes. Vuelven los pitos, la burla y la bronca, previos al desenlace. Mas, Ortega y Rigau abandonan el TSJC en otra oleada de delirio y entusiasmo hermanado. «Hemos venido aquí por dignidad y por la libertad», dice Rafael Muriana, un jienense independentista en Montblanc. Ondea su estelada antes de subir al bus. Son las 13.00 horas. El premio al esfuerzo y el apoyo es una cabezada en el viaje de vuelta.

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