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«Reservar mesa por teléfono me desespera»

Cumpliendo el sueño. Laura Sabás Marín, Maestra con tartamudez, ha estado dos años buscando trabajo y asegura que algunos ‘coles’ no la han cogido por su tartamudez. Ahora, manda un mensaje a sus alumnos: no existen barreras

CARLA POMEROL

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Laura Sabás tiene 25 años y actualmente trabaja en La Salle de Torreforta. FOTO: PERE FERRÉ

Laura Sabás tiene 25 años y actualmente trabaja en La Salle de Torreforta. FOTO: PERE FERRÉ

Laura Sabás Marín es maestra y tiene tartamudez. Nació en Tarragona hace 25 años y, el pasado septiembre, vio cumplir uno de sus sueños. No ha sido fácil, pero la pasión que esta joven derrocha por su profesión la ha hecho imparable. Sabás trabaja como maestra en La Salle de Torreforta. Conozcámosla un poco más.

¿Cuando empieza a ser consciente de su tartamudez?

Cuando era pequeña, recuerdo que me enganchaba al hablar, que tartamudeaba. Pero no lo viví para nada como un trauma. Cuando llegué a la ESO, la cosa cambió bastante. Empezaron las burlas, los motes, los insultos y los comentarios.

¿Cómo lo vivió?

Por un lado bien porque mi familia siempre me ha apoyado mucho. Además, empecé a ir a un logopeda que me enseñó muchas técnicas que hoy en día todavía utilizo. Por otro lado, me sentía mal porque se reían de mi. Era una especie como de rabia hacia mi por pasarme esto. Me preguntaba porque me tenía que ocurrir a mí.

¿Cuándo y porqué decidió ser maestra?

Hice una optativa en Bachillerato, que se llamaba Estada a l’Empresa. Fui a una guardería en verano y me di cuenta que era allí donde quería estar y trabajar. Cuando lo dije, hubo reacciones de todo tipo. Estoy segura de que hay quien pensó: ¿Dónde va esta si no sabe ni hablar?

¿Y qué se encontró cuando llegó a la carrera?

Hice mucha piña con cuatro chicas increíbles. En mis momentos bajos, ellas me hicieron ver que tenía que tirar adelante, que servía para esto. Han sido mi pilar fundamental, junto con mi familia. Gracias a ellas, no me rendí jamás. Me dieron las alas que necesitaba en cada momento. Son Berta, Marina, Laura y Anna.

¿Vivió situaciones incómodas?

Cuando hacíamos exposiciones orales, por ejemplo. Imagina lo que es llevar semanas preparando la expo y que, en el momento clave, ante 140 personas, empiece a tartamudear. El factor sorpresa siempre juega un papel importante. No estoy nerviosa, ni siento vergüenza, simplemente la tartamudez llega inesperadamente y me gana la partida. Es una cosa superior a mi. En esos momentos era en los que pensaba que sería una mierda de profesora y me sentía muy impotente.

Nada más lejos de la realidad.

Pues sí. Después de dos años buscando trabajo, este septiembre me dieron la oportunidad. Mi sueño se está cumpliendo.

¿Cómo reaccionan los niños?

Casi nunca dicen nada sobre el asunto, pero si alguno pregunta, lo hace por curiosidad, desde la más absoluta inocencia. Además, utilizó mi tartamudez. Por ejemplo, si algún alumno me dice que algo no le sale, le digo que me mire a mi, que, pese a todo, aquí estoy. Les intento convencer de que hay que luchar para llegar a dónde uno quiere. Para mi es importante enviar un mensaje de que no existen barreras que nos puedan parar, que todo depende de uno mismo y que, cualquier dificultad en la vida, es una oportunidad.

Usted no lo ha tenido fácil.

No mucho. La primera entrevista de trabajo que tuve fue un desastre. ¿Sabes lo qué es empezar a hablar y ya notar la cara de «ui...»? Que yo en seguida supe que no me cogerían, pero no por no ser una buena maestra, sino por ser tartamuda. No quiero decir nombres de colegios, pero me ha pasado hasta en tres ocasiones. Cuando salí de la primera entrevista, llamé a mi pareja, me puse a llorar y le dije que no servía para esto. Tengo la sensación de que todo el mundo es muy tolerante y muy inclusivo hasta que toca ponerlo en práctica.

¿Pero hay quien actúa bien, verdad?

Por supuesto. En La Salle de Torreforta me he sentido muy a gusto desde el primer momento. Soy una más en el claustro y nunca nadie me ha puesto caras raras. Es de agradecer, la verdad.

¿Hay otras situaciones qué le provoquen también malestar?

Por ejemplo, llamar por teléfono. Es una cosa que me supera. O reservar mesa. Lo hago porqué tengo que hacerlo, pero si puedo me escaqueo (se ríe). ¿Perdona? ¿Puedes repetir? ¿Es que se corta? Son las típicas frases que me dicen. A mi me dan ganas de contestar: no es la llamada la que se corta, soy yo.

¿Hay alguna palabra que cueste especialmente?

El número tres, por ejemplo. La t y la r juntas son un infierno. Doy gracias que ni en mi teléfono ni en mi DNI está. Ahora vivo en el número 13 y empiezan los problemas serios (se ríe).

¿Cuáles son las reacciones que le molestan de la gente?

Me molesta que se piensen que me engancho porque estoy nerviosa. Entonces me dicen que esté tranquila, que respire y que no corra mientras hablo. Que les quede claro: tartamudear no es sinónimo de estar nervioso, es un trastorno del habla. Tampoco soporto que me hagan gestos con la cabeza, como dándome ánimos. Otra cosa que me ocurre, pero que no me molesta que me lo haga la gente que tengo confianza, es que me acaben las palabras.

¿Y las reacciones que le gustan?

Que hagan caso omiso, como si no ocurriera nada. La persona que es capaz de no dar importancia a mi tartamudez es la que me ayuda.

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