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Secretos bajo llave

"A veces me han querido pagar de otra manera... sin dinero´, cuenta Antonio, cerrajero. Abre las puertas a ´okupados´ o despistados que perdieron la llave Francisca Alarcón Cerrajera y empresaria

Raúl Cosano

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Francisca, junto a Antonio, uno de sus técnicos. FOTO: LL. MILIÁN

Francisca, junto a Antonio, uno de sus técnicos. FOTO: LL. MILIÁN

El cerrajero padece una suerte de cuñadismo ajeno. «Está el cliente que lo sabe todo y que no nos deja trabajar mientras abrimos una puerta», dice Francisca Alarcón, una de las primeras y aún escasas mujeres cerrajeras en España. Lleva 27 años dedicándose, 25 al frente de A & B Ceropunto, la firma de servicios urgentes en la calle Sevilla de Tarragona. «Algunos clientes se te quedan detrás, en la nuca, viéndote. Les pido que den un paso atrás», cuenta Antonio, perito judicial y cerrajero.

Ambos conocen la noche al pie del cañón. Francisca recibe las llamadas; Antonio, de guardia, va a socorrer al cliente y le franquea las puertas de casa, pero también repara cerraduras y abre cajas fuertes. «Estoy de guardia las 24 horas los 365 días», explica Francisca. Antonio, o cualquier otro técnico, acude lo más rápido posible, y a veces en media hora se planta en el lugar para atender a alguien nervioso y apurado. «El cliente de noche es distinto. Te encuentras a todo tipo de personajes, gente que ha bebido, que vuelve de fiesta, que ha estado de viaje y que al regresar ve que no puede entrar en el domicilio. A veces se encuentran con un ‘okupa’, o con que le han forzado la cerradura, o con que ha perdido la llave», narra Antonio. La noche es desapacible. «Hay menos vecinos, es todo más solitario. Se hace más difícil trabajar y comprobar que la vivienda es de esa persona. No puedes contrastar con los vecinos. Tenemos una norma: sin carné del cliente no abro la puerta y, si insiste, se llama a la policía y que decida. El que entra soy yo y no quiero allanar la morada».

La cerrajería, un sector con intrusismo y poca regulación, se encomienda a la confidencialidad. A veces custodian su ‘modus operandi’ con celo. «No hay que abrir la puerta delante del cliente, por su seguridad y por la nuestra, para que ni la técnica ni las herramientas se difundan», dice Antonio. «Hoy en día cualquiera puede comprar los utensilios en internet y aprender, pero se trata de que no se conozca mucho, porque eso hace que la gente aprenda y que incluso proliferen los ladrones», cuenta Francisca, y habla de llaves ‘antibumping’ o de la Magic Key, material de trabajo que acude al rescate, junto con algún aparejo más, no tan leyenda urbana: «La radiografía es una herramienta más, que puede ir bien para una puerta con mucho juego pero no para una bien ajustada, antipalanca. Pero no es tan sencillo. Debe tener un doblaje especial».

La discreción es básica. «Le digo al cliente que se baje al portal para trabajar tranquilo», anuncia Antonio. El rigor es fundamental. «El problema es que cualquiera pone una pegatina y se cree cerrajero. Los precios del sector no están regulados y a veces te cobran lo que quieren», denuncian.

La tarifa razonable y ajustada oscila entre los 70 y los 120 euros, en función de los horarios y los desplazamientos. «Un precio normal es de 80 euros, con un suplemento de 10 si es de madrugada. Antes de ir hay que dar el presupuesto cerrado», detalla Antonio, que soporta los rigores de la nocturnidad: «Te llega a quemar un poco. El problema es que cuando estás de guardia, aunque no salgas a un servicio, estás pendiente de un teléfono y eso lastra psicológicamente, no puedes ni siquiera dormir profundamente».

En la parte más positiva está el agradecimiento. «Das un servicio para que la gente pueda entrar en su casa», apunta Antonio. Tal es la gratitud –y la austeridad–, que algún socorrido cliente se las idea para salir del paso: «Alguna vez me han ofrecido pagarme de otra manera… sin dinero. ¡Pero no acepté! Me habría salido caro, porque habría tenido que pagar el servicio de mi bolsillo».

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