Más de Tarragona

Sergi Margalef: «La fotografía de moda es fría, muy irreal»

Retiro. Este tarraconense ha captado con el objetivo de su Linhof algunos de los personajes más famosos del momento. Sin embargo, lejos de los focos, disfruta en medio de la naturaleza

GLORIA AZNAR

Whatsapp
Sergi Margalef, en su casa, en Cambrils. Sobre estas líneas, su cámara Linhof 9x12. Comprada en Cuba por 90 dólares. Aquí costaba 6.000. Al fondo, la imagen del abuelo pescador.
FOTOS: ALFREDO GONZÁLEZ

Sergi Margalef, en su casa, en Cambrils. Sobre estas líneas, su cámara Linhof 9x12. Comprada en Cuba por 90 dólares. Aquí costaba 6.000. Al fondo, la imagen del abuelo pescador.
FOTOS: ALFREDO GONZÁLEZ

Con 16 años, el tarraconense Sergi Margalef se marchó a Madrid, donde entró en contacto con el mundo de la fotografía desde la base, como aprendiz. Mayoritariamente autodidacta, trabajó con algunos de los grandes como Annie Leibovitz, Peter Lindbergh o Javier Vallhonrat. Modelos, actores, escritores o músicos de renombre han sido algunos de los personajes captados por su objetivo. Y sus imágenes han coronado muchas de las portadas de periódicos y revistas especializadas como ‘Rolling Stone’. De Madrid viajó a Barcelona, Berlín y la India, país en el que recorrió en moto 3.000 kilómetros haciendo fotografía documental. Y de allí a Nueva York, donde lo dejó todo para dedicarse a cocinar.

¿Qué pasó?
Me cansé. El mundo de la farándula me decepcionó. Y trabajé en un restaurante de cocina catalana en Manhattan.

¿Cuál fue el detonante?
Llevaba veinte años haciendo retratos para los medios de comunicación. Moda, pero con actores, actrices y futbolistas. Por ejemplo, María Valverde, Gerard Piqué, Buenafuente, Punset... Yo era una persona que quería hacer retratos, quería hacer personas y todo lo que rodea este mundo no me gustaba. El poder, los estilistas, las fiestas para ser guay... Yo no era guay.

¿Qué diferencia hay entre fotografiar a la persona y hacerlo al personaje?
Las personas son como el abuelo pescador que tengo en esta habitación. Disfrutas de su vida, de sus arrugas y de sus manchas por el sol, de todo el legado que ha dejado. Son personas puras, cristalinas. En cambio, la fotografía de moda es más fría, más irreal. Me quemé y le cogí manía a la profesión. Y las revistas están muertas, internet las ha acabado de matar.

¿El ídolo no existe?
No. Está bien porque puedes crear un ambiente y una escenografía, pero es solo trabajo. Llegas, disparas y te marchas. 

¿Destacaría algún personaje?
John Le Carré. Lo fotografié en el Palace de Barcelona cuando se estrenaba la película El jardinero fiel. Yo ya lo seguía porque su vida me atraía bastante y hablar con él me llenó más que fotografiar a una modelo. Pero ha habido más, como Moby, Carles Francino o Eduardo Noriega, con el que tengo muy buena relación.

¿Alguna anécdota?
Acabar de fiesta con Calamaro o con Sabina, sin dormir.

Ha trabajado con algunos de los mejores fotógrafos. ¿Son genios amables o malhumorados?
Hay de todo. Peter Lindbergh era amable. Pero Annie Leibovitz no me dirigió la palabra. Sin embargo, pude ver cómo trabajaba, lo que te permite aprender mucho más que en una escuela.

A pesar de todo, ¿con qué se queda de aquellos años?
Con que he tenido la suerte de poder hacerlo. He llegado muy lejos, algo que no me imaginaba. He sido muy insistente, pero también he tenido mucha suerte, ya que hay miles de fotógrafos mejores que yo, que no han tenido tanta. He trabajado con grandes profesionales, con gente que está arriba del todo y estoy muy agradecido porque he aprendido mucho. 

Y ha pasado del todo a prácticamente la nada...
A la nada, no. Sigo trabajando, pero me quiero centrar en la fotografía de galería de arte, tipo conceptual. También me interesa la de viajes y hago trabajos personales. Pero, al mismo tiempo, tengo una masía cerca de Batea. Tiene  300 años de antigüedad, de la familia, que restauré hace cuatro años. En ella tengo agua del Ebre y no hay luz, por lo que en invierno, a las cinco de la tarde, como los pajaritos, a dormir. El cambio ha sido muy radical, pero me ha hecho mejor persona y valorar las cosas que realmente valen la pena. 

¿Cuáles son?
Conectar con la naturaleza, labrar con el tractor, estar perdido en medio de la montaña donde ves la vía láctea, sin contaminación ni ruido. Es lo que me llena.

¿Hará vino?
No. No vengo de una familia de vinateros ni soy enólogo. No me he criado en esto y no es fácil. He plantado mil encinas con el hongo de la trufa negra. Hago aceite de primera prensada, unos 500 o 600 litros al año, para la familia y los amigos y este año lo quiero embotellar. 

¿Cómo se llamará?
Le quiero poner La puta i la ramoneta, una frase típica de Jordi Pujol, pero no sé si me lo permitirán Sanitat y el Estado. Probaré. Y en octubre me traen las abejas, que me dan miedo, pero quiero hacer miel. La intención es no estresarlas, no coger toda la miel.  

¿Quién se estresará más, ellas o usted?
Yo, seguro.

Subido al tractor, nadie adivinaría su pasado entre estrellas.
No. Además, lo he llevado un poco en secreto.

Temas

Comentarios

Lea También