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"Siempre se ha dicho que el mossèn tocaba a los niños en Constantí"

Los abusos eran ‘vox pópuli’ en la localidad, donde ha cundido el malestar y la rabia

Raúl Cosano

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Un bar en la calle Major de Constantí, donde se debatía ayer sobre los casos de abusos. Foto: Pere Ferré

Un bar en la calle Major de Constantí, donde se debatía ayer sobre los casos de abusos. Foto: Pere Ferré

«Siempre se ha dicho que el mossèn tocaba a los niños», asesta con contundencia una vecina junto al Casino de Constantí, a pocos metros de la iglesia, sobre Pere Llagostera. Pocos quieren hablar y menos aún dar la cara, cobijándose en el anonimato, sobre los escándalos que sacuden el municipio en estos dos últimos días. «Se sabía pero nadie hablaba de ello. Era algo conocido por todos», añade un comerciante, resumiendo a la perfección el sentir. Los abusos en este pueblo tarraconense de unos 6.000 habitantes, con la refinería como paisaje de fondo, eran ‘vox pópuli’, un secreto a voces, comentado por todos en ‘petit comité’ pero nunca difundido más allá. «Era un tema tabú, se sabía pero nadie decía nada», confiesa otra vecina. 

El tema de conversación se cuela en las terrazas de los bares y genera debate, tanto ahí como en los grupos de WhatsApp, que no dejan de bullir. «¿Por qué sale ahora a la luz, con el párroco fallecido, y no antes? Hay que preguntarse eso», se cuestiona una mujer. «Tendrían que haber dado la cara y haberlo dicho antes», relata otro. Durante décadas, aquello formó parte del imaginario colectivo del pueblo, de una forma velada, casi nebulosa. Se escuchan comentarios como: «Había algo raro» o «la gente ya se lo imaginaba». Los testimonios directos, por entonces, callaban.

Mucho menos conocida es la acusación sobre Xavier Morell, el que había sido rector hasta ayer en Constantí, aunque hay quien asegura que ya conocía su pasado, tras haber estado apartado mientras se le investigaba. «Antes de que viniera aquí, me dijeron: ‘Ojo, cuidado, mira a quién mandan allí’. Conocíamos que había tenido esos problemas», cuenta el responsable de un comercio cercano a la iglesia, con la fachada cruzada como una cicatriz por la grieta que la mantiene cerrada. 

Indignación
Y, en ese contexto, surge otra pregunta desde la indignación: «¿Cómo puede ser que después de que estén dos años investigándole y apartado por algo tan grave luego le permitan volver a ejercer? No lo entiendo». En un corrillo, otra vecina se queja de que un capellán sea readmitido en una parroquia después de haber sido investigado. A otros las noticias sobre el actual rector y sus acusaciones alrededor de la pornografía infantil les cogen de imprevisto. 

En general, impera la vergüenza, la rabia, la indignación y el disgusto, además de un malestar latente y una gran incomodidad a la hora de expresarse. «Aquí no sabíamos nada y nadie lo comenta», cuentan en otro bar, abonado al silencio y a ese mutismo obligado por el qué dirán en el pueblo. Mossèn Xavier Morell apenas ha dejado huella en el pueblo, pero no así Llagostera, después de casi 30 años ejerciendo como párroco. «Lo conocía. Siempre que te veía por la calle te saludaba dando un beso en la mano y eso llamaba la atención», explica Jordi Guillemat, mientras apura su café en un bar de la calle Major. 

«Antes eso se escondía»
«Ahora la mentalidad es otra. Entiendo que en su momento no era fácil decir, ni siquiera en casa, que pasaba eso, y de alguna manera se escondía», indica Jordi, que añade: «Yo puedo hablar porque nunca he sido de Iglesia. Hay mucha preocupación, por los padres con niños pequeños». También hay precaución a la hora de hablar, pese a que los periodistas y las cámaras abundan por las calles y muchos vecinos se han acostumbrado a su presencia. «Aunque era algo que conocíamos, te sorprende ver que salga a la luz pública de esta manera», añaden. 

El sentir es diverso. Algunos consideran que, después de tantos años, no era necesario que salieran a la palestra estos casos. Otros celebran que por fin se sepa la verdad, aunque sea tarde. Otros incluso atisban una maniobra para que se popularice Corvus, la canción del último disco de Els Pets –el grupo que precisamente ha puesto durante tanto tiempo al pueblo en el mapa– que habla sobre abusos sexuales y está escrita por Joan Reig, otra víctima que ha denunciado las agresiones de Llagostera cuando era un niño. 

La edad y la generación son determinantes. A los más jóvenes ni siquiera les suena nada de lo que se está comentando. Otros, los que ahora tienen entre 50 y 60 años, sí tienen mucho más presente lo que ocurría y contextualizan. «Hay que tener en cuenta la época. Incluso a los niños que habían denunciado tocamientos en casa les cayó una reprimenda por parte de las familias. Eran tiempos de la 

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