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SmartCity Tarraco: La ciudad desmembrada

Ciudad sin comercio. Crear una superficie comercial alejada del centro es despojar a una ciudad de una de sus capas configurativas

Enric Casanovas

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Tarragona debe rendir un homenaje a sus comerciantes por la resistencia pacífica que sobrellevan. La hostilidad al pequeño comercio empezó ya en la década de los 90.

Y ha generado la ruina económica y social de una clase trabajadora implementada en la ciudad. Ha llevado a la picota a muchísimas economías familiares.

Desmembrando la ciudad es el título de hoy a una política de dos grandes grupos que se han dedicado en estas dos décadas a expoliar el comercio de la ciudad para arrancarlo de su corazón e implementarlo en territorio hostil. La ciudad deja de ser ciudad cuando es despojada de sus capas configurativas. Y el comercio es una de ellas.

La política nefasta de crear una ciudad comercial en Les Gavarres deberá ser objeto de estudio en las universidades para entender cómo hay urbanistas capaces de perpetrar semejantes atrocidades.

Por decirlo simple y llano, me cargo el comercio de la ciudad, lo expulso de la misma, creo repúblicas comerciales fuera de la ciudad en terrenos baratos y me presto a grandes multinacionales para que acaben con la retícula, con la malla urbana del comercio de barrio. Y con los pequeños negocios.

El que tenga un pequeño negocio abierto al público, al detalle, que le funcione, que levante la mano y diga ¡Yo! Seguramente me quedo sin fotografía.

La segunda derivada es que el comercio interior se arruina y aparece una nueva capa comercial en manos de otro incipiente monopolio foráneo. Léase el comercio de la fruta, de los barecitos y pequeños negocios que van aflorando y cambiando a unas manos muy concretas y más inteligentes que han comprendido que el ciudadano necesita mercadear cerca de su casa. Han sabido leer dentro lo que pasa ya ‘fuera’.

Una ciudad que se pretenda sostenible no puede desplazar sus superficies comerciales fuera de ella para generar miles, millones de desplazamientos anuales de su centro neurálgico para acudir unos 2 kilómetros del centro. Una ciudad desmembrada es una ciudad muerta, fantasma, condenada a flujos residenciales de ciudad dormitorio. O menos todavía.

Condenada a no ser ciudad, a no tener tema ni argumento. Una ciudad viva necesita el comercio de cercanía en una escala pequeña y media. La barbaridad comercial que representan los más de 300.000 m2 construidos e implementados en Les Gavarres representa para Tarragona una ruina. Algunos políticos se vanaglorian de los empleos ‘precarios’ que puede traer una multinacional del mueble sin pensar cuántas tiendas al detalle cerrarán. 

Hagan el esfuerzo de mirar el mapa y ver las manchas verdes de esta gran ciudad comercial. Cojan estas piezas de color verde y pónganlas en la ciudad. Es el color rosado. Es algo así como haber perdido en el centro de la ciudad 4 centros comerciales como El Corte Inglés o la huida, la estampida y la desaparición de una media más de 1.500 comercios (superficie media de 200 m2).

No conozco, no he oído ni leído a urbanista prestigioso alguno de esta ciudad, ni de universidades, prestar su nombre, su firma, su sabiduría, o arriesgarse a hablar de esta tema. Es como la maldita demografía, otro tema tabú en este país de trampa y cartón, país de subvenciones y de subterfugios que atiende a intereses de unos cuantos en detrimento de la malla social que representa el comercio dentro de una ciudad.

Hay ciudades mucho más inteligentes que ésta que han sabido frenar esta marcha alarmante de comercio y muerte del mismo frenando la aparición de grandes centros. Hay ciudades mucho más espabiladas que ésta en la que ha habido una visión estratégica protectora de su sociedad comercial para que pueda mellar, reticular y organizar la ciudad en forma de barrios con servicios básicos, con vidas interna, con transeúntes, con paseantes que ciudadanean.

No tiene sentido una ciudad donde sus 124.000 habitantes mayoritariamente deban viajar fuera de ella para comprar, para mercadear. Y para ello, la respuesta de un mercado de 46 millones de euros no es ninguna respuesta popular aceptable para tapar la boca a comerciantes.

Ni tan siquiera pronunciable. 46 millones de euros en un mercado central es la antesala de un agujero negro en la compresión del buen urbanismo y de la buena economía de una administración. Es el rigor mortis para la clase comerciante. Casi diría un insulto.

Por tanto, una vez superada la idea de que los políticos han sabido amar comercialmente la ciudad (que no es así) quedan ya solo respuestas básicas. ¿Qué hacer? Lógicamente, en términos de medicina, habitualmente los quistes hay que extirparlos. Pero extirpar un quiste en la ciudad que ha desplazado en unos 15 años 300.000 m2 comerciales fuera de ella no es la solución. Hay otras más eficaces y mejores.

Política de aparcamientos económicos en centro ciudad, verdaderas mejoras impositivas al comercio de barrio, más facilidades y menos trabas burocráticas para un fin noble: comprar y vender, mercadear. Obviamente, las grandes superficies deben pagar más cada vez por una política medioambientalista que contamina más y genera desplazamientos de vehículos que, hoy por hoy, no pagan para aparcar. ¡Qué contradicción!

Y es que una ciudad se compone de muchas capas necesarias. Hemos perdido la comercial, la hotelera está a punto de morir, la capa paisajística está abandonada y muchas más en riesgo de perecer. Otro día les hablo de ello.  

Queridos comerciantes de Tarragona. Recuerdo con cariño mis pasados familiares en el pequeño comercio de una importante localidad cercana. Como a mi padre, a miles de comerciantes de ‘al detalle’ se los cargó una ley catalana de superficies comerciales auspiciada por gente con un ideario político muy patriótico, que todavía hoy nos intenta hacer creer que lo primero es la persona, el ciudadano.

Comerciantes, levantaos de vuestras sillas y exigid un urbanismo que os permita dejar de sobrevivir para vivir con dignidad.

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