TGN: la dimensión desconocida

El Consistorio siempre había aprobado las cuentas y nunca se había tenido que plantear la cuestión de confianza

OCTAVI SAUMELL

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Representantes del gobierno municipal, en una imagen del pasado jueves. FOTO: PERE FERRÉ

Representantes del gobierno municipal, en una imagen del pasado jueves. FOTO: PERE FERRÉ

El equilibrio inestable o, mejor dicho, el desequilibrio estable en el que vive el gobierno municipal (ERC-Junts per Tarragona-CUP) le ha llevado a una dimensión desconocida: no contar aún con cuentas garantizadas para el siguiente año y tener que plantearse la convocatoria de una cuestión de confianza para poder aprobar el presupuesto.

Tras 42 años de ayuntamientos democráticos, nunca antes el Consistorio de la Plaça de la Font había llegado a este extremo. Ni en los diez ejercicios de Josep Maria Recasens (PSC) ni en los 18 de Joan Miquel Nadal (CiU) ni en los 12 de Josep Fèlix Ballesteros (PSC). Todos ellos pasaron la mayor parte de su etapa con gobiernos que sumaban mayorías absolutas.

Décadas con gobiernos estables

En los primeros años de democracia la fragmentación entre gobierno y oposición no era tan latente como ahora, y después Recasens contó con ejecutivos estables... hasta la moción de censura del 17 de agosto de 1989 que otorgó la vara de alcalde a Nadal.

En 1991, el líder nacionalista obtuvo mayoría absoluta. A finales de 1995 pactó con el PSC y, entre 1999 y 2007, formó gobierno de más de 14 ediles con el PP de Francesc Ricomà. Ese fue el primer tándem Nadal-Ricomà de Tarragona. Ahora hay otro con signo muy diferente. Como Recasens, CiU siempre aprobó las cuentas a tiempo y no necesitó prorrogar presupuestos ni organizar cuestiones de confianza.

En 2007 entró Ballesteros rozando la mayoría absoluta, con 13 concejales. Formó gobierno de 15 ediles con ERC hasta 2011. A partir de ese momento y hasta 2015 fue su época más compleja. Gobernó cuatro años en minoría, con 12 ediles. En el primer tramo del mandato estuvo presente la espada de Damocles de la moción de censura, pero lo cierto es que fue un mandato muy tranquilo, en los que el PSC tuvo un buen entendimiento con la CiU de Victòria Forns y el PP de Alejandro Fernández. Ballesteros aprobó las cuentas de 2012 con el PP; al año siguiente no tuvo ningún ‘No’; y en los siguiente ejercicios contó con el beneplácito de convergentes y populares. En el siguiente mandato, para 2016 el PSC avaló las cuentas con PP y Unió Democràtica y la abstención de CDC. En febrero de 2016 se firmó el pacto entre socialistas, PP y Josep Maria Prats (UDC), que garantizó la estabilidad hasta 2019. Para ese año, además, sumó a Cs – liderado por Rubén Viñuales (PSC)– en el acuerdo presupuestario.

Heridas sin cicatrizar desde junio

En cambio, Pau Ricomà (ERC) –con solo dos años y medio en el cargo– debe plantearse ya un plan B inédito para tener presupuesto en el último año completo antes de las Municipales de 2023. Su ejecutivo sufre ahora las consecuencias del volantazo que dio el pasado 15 de junio, que derivó en el divorcio traumático con En Comú Podem y la salida de Carla Aguilar del gabinete en el que había sido primera teniente de alcalde durante 24 meses.

A diferencia de lo que pasa en el Parlament– con el buen entendimiento entre Pere Aragonès (ERC) y Jéssica Albiach (En Comú Podem)–, durante el último medio año las heridas entre los dos exsocios en la Plaça de la Font no han cicatrizado, como ya se demostró con los votos en contra de la líder de los Comuns para la aprobación de los Consells de Districte, su veto a la subida del IBI y la basura y, ahora, con el ‘No’ al presupuesto para 2022, que de hecho aún es una incógnita cuando llegará al Saló de Plens.

¿Es sorprendente esta falta mala relación entre ERC y ECP en Tarragona? Números al margen, hay dos puntos que han sobrepasado las líneas rojas de Podem y Comuns: el pacto con Junts y el hecho de que Hermán Pinedo siga en el gobierno local. En mayo, ECP aprobó por unanimidad vetar a los de Nadal, pero pese a ello Esquerra pactó con los juntaires. Y, en junio, En Comú Podem expulsó a Pinedo del grupo municipal y solicitó al alcalde que le declarada como tránsfuga y que le retirara las competencias, un hecho que no se produjo. Todo esto ha tensado la relación entre Ricomà y Aguilar, que para vetar las cuentas se ha enfrentado a su propio partido. Quizás el Dragon Khan actual de la Plaça de la Font no sea tan sorprendente...

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