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Tarraco Viva: Videntes entre humo de coches y una megafonía infernal

La necrópolis tardorromana de Parc Central fue escenario ayer de la representación de la adivinación en el mundo antiguo. Sólo desentonó el ruido intrínseco del aparcamiento subterráneo de la gran superficie
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Los videntes del mundo romano invocan los espíritus en la necrópolis del Parc Central. Foto: Pere Ferré

Los videntes del mundo romano invocan los espíritus en la necrópolis del Parc Central. Foto: Pere Ferré

El porvenir en el mundo romano era mucho más creíble que las cartas del Tarot de nuestras madrugadas televisivas. Aunque, en el fondo, predecir el futuro también era un oficio lucrativo milenios atrás. La forma de invocar a los dioses del inframundo, de Hades –infierno–, o del cielo, nada tienen que ver con un par de velas negras apostadas en un rincón de una mesa y un juego de cartas tamaño elefante, que combinados con una voz de ultratumba, aseguran predecir el futuro por vía telefónica.

En el mundo romano los nigromantes, las sibilinas, los oráculos y los adivinos profesionales tenían su ritual, un poder de convicción sumamente respetado que quedó reflejado en los escritos de Homero o Virgilio, entre otros escritores inmortales del Imperio.

Precisamente, «Arcana Mundi. La Adivinación en el mundo antiguo» era ayer uno de los temas de apertura de la XVII edición de Tarraco Viva. En el subsuelo del Parc Central –más cerca del Hades que en ningún otro lugar–, los guías de Némesis (arqueólogos) fueron describiendo con figurantes incluidos las diferentes formas de invocar a los espíritus de la época.

El ruido de los coches y clientes de Parc Central, sumado a los mensajes publicitarios emitidos por megafonía, deslucieron en parte este acto de Tarraco Viva. La guía, casi sin voz, intentaba luchar contra los elementos sin ninguna posibilidad de éxito. Pidió que la interrumpieran y repreguntaran. Tuvo que hacer paradas cuando el megáfono emitía mensajes y al final, con criterio, se disculpó por la situación, hecho que no afectó a la clase magistral de adivinación.

El primero en salir a escena fue un nigromante vestido de negro. Sólo le faltaba la guadaña en su mano. Este ladrón de huesos de las necrópolis buscaba en ellos el poder que se les atribuía. Muy similar a las reliquias del cristianismo. De noche, lejos de miradas ajenas, abría las tumbas de aquellos que habían cogido la barca de Caronte antes de tiempo: niños, suicidas, guerreros... pero también huesos de personalidades importantes en vida. El poder del calcio no era el mismo según la condición social que se ostentaba en vida.

En el mismo cementerio también invocaba a los espíritus. Sangre, leche, agua pura, cuchillo de bronce... diferentes ritos para que los habitantes del inframundo se le aparecieran y pudiera profetizar. Debía ir con sigilo, su profesión estaba prohibida por ley.

El nigromante no era el único que comprendía el más allá. Las sibilas (profetisas) también podían leer el oráculo. Eso sí, en el interior de una gruta y solamente acompañadas de un sacerdote que intentaba descifrar los sonidos guturales de la mujer cuando se extasiaba con los dioses. Si la predicción fallaba, la culpa era del intérprete, nunca de la sibila. Lo de matar al mensajero también lleva siglos en liza.

Por último estaba el adivino profesional, capaz de tener a mano un papiro mágico del Antiguo Egipto e interpretarlo como un profesional. Tras seguir a rajatabla el papiro, alcanzaba su propósito. Ahora era capaz de hablar con los dioses. Sólo alguien debía pedir una predicción y poner unos sestercios en la mano.

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