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Tarragona, la ciudad centrífuga

Tarragona tiene una habilidad especial para expulsar a la gente –y, por tanto, la vida– del centro

Álex Saldaña

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La calle Apodaca, en el centro, clama por un acción que recupere su vitalidad. FOTO: Pere Ferré

La calle Apodaca, en el centro, clama por un acción que recupere su vitalidad. FOTO: Pere Ferré

¿Dónde se mete la gente en esta ciudad?, pregunta un turista mientras pasea por el centro de Tarragona un sábado por la tarde sin ver prácticamente a nadie. Y es que, a diferencia de lo que ocurre en otras ciudades de España que ha visitado y «donde las principales calles bullen de actividad con cantidad de gente paseando, comprando, mirando escaparates, tomando algo…», en Tarragona, dice, «falta vida, es como si toda la gente se hubiera escondido en sus casas». 

Como este visitante, son muchos los tarraconenses que también se preguntan dónde está toda esa gente que llena las calles del centro de la ciudad en las fiestas de Santa Tecla para desaparecer el resto del año. La respuesta se obtiene cuando uno acude ese mismo sábado por la tarde al centro comercial Parc Central, a El Corte Inglés y, sobre todo, a Les Gavarres. Son tres puntos alejados del centro urbano los que concentran toda la vida. 

«Y es que Tarragona es una ciudad eminentemente centrífuga», me explicaba estos días un amigo. Según el diccionario, este vocablo expresa «toda fuerza que se aleja del centro o tiende a alejarse de él». En efecto, Tarragona tiene una capacidad fuera de lo común para expulsar a la gente del centro urbano. Tanto, que corre el riesgo de dejarlo sin vida, como decía aquel turista. De momento, es una de las zonas de la ciudad donde menos niños nacen, síntoma inequívoco de que las parejas jóvenes no se instalan en el corazón de la capital. 

Sí, así es. Esta ciudad expulsa a los ciudadanos del centro para enviarlos a la periferia. Precios desorbitados, casas viejas, sin parking, sin parques infantiles alrededor… No es, desde luego, el mejor reclamo para esas parejas que buscan formar una nueva familia, que acaban instalándose en la Arrabassada o en la zona del Hospital Joan XXIII, cuando no se van a los barrios de Ponent o Llevant, o a La Canonja, o a Vila-seca… 

Y es que, lejos de rehabilitar viejos edificios y transformar zonas céntricas deprimidas en entornos agradables y con espacios abiertos, aquí las nuevas urbanizaciones se piensan en el extrarradio, para seguir alejando a la gente del centro, ya sea para residir o para disfrutar de sus actividades de consumo y ocio. En efecto, los planes urbanísticos del Ayuntamiento hablan de la Budellera, del Llorito, de Campclar… 

Y así se explica que Tarragona sea una ciudad dispersa como pocas, con una trama urbana que ni es trama ni es urbana. Con barriadas aisladas a las que resulta imposible llegar desde el centro caminando y donde viven miles de personas que ni siquiera se sienten parte de la ciudad –es habitual oír a los habitantes de los barrios decir «voy a Tarragona» cuando hablan de desplazarse al centro–. Tiene mucho esto que ver con esa falta de orgullo y esa ausencia de sentimiento de pertenencia que tanto se echa en cara a la sociedad civil de esta ciudad. 

«El resultado de esta fuerza centrífuga es un centro de la ciudad envejecido que tiende a degradarse urbanística y socialmente y, por tanto, a vaciarse»

El resultado de esta fuerza centrífuga de Tarragona es un centro de la ciudad envejecido que tiende a degradarse urbanística y socialmente y, por tanto, a vaciarse. De gente, pero también de equipamientos y servicios públicos urbanos de toda índole. Es lo que sucede con el pequeño comercio, el regentado por los «tarraconenses de toda la vida» –TTV, se hacen llamar–, uno de los grandes paganos de esta política. Los centros comerciales en las afueras han alejado a los compradores del centro, con la trágica consecuencia de un paisaje marcado por las persianas bajadas de las que cuelgan carteles con los mensajes ‘Se vende’, ‘Se alquila’ o ‘Se traspasa’.

Y ya se sabe; sin comercio no hay vida. Porque una ciudad centrífuga tiende a aislar a los ciudadanos en el área donde tienen la vivienda, a alejarlos del centro, de su trama urbana, ya sea para residir, consumir, divertirse o relacionarse. En definitiva, es una ciudad construida contra el ciudadano. 

El problema es lo suficientemente grave y perentorio como para convertirse en una prioridad en los programas de los candidatos que se postulan para gobernarnos. Porque urge consensuar y diseñar un modelo de ciudad más amable, más cohesionada y compacta urbanística y socialmente. Ello implica comunicar las distintas áreas y barriadas mediante bulevares y avenidas bien diseñadas y equipadas y que den prioridad al peatón –en este sentido, la reforma de la autovía de Reus hasta Les Gavarres fue una gran oportunidad perdida que, sin embargo, cabe reformular–. También supone repensar los criterios urbanísticos de crecimiento para no seguir expulsando a los jóvenes del centro. 
Sin duda será una tarea ardua, costosa, lenta y laboriosa. Lo que no impide que sea necesaria. En cualquier caso, el camino se hace al andar. Por eso es obligatorio comenzar a caminar de una vez por todas. Antes de que el centro se muera.

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