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Tarragona pone en marcha un programa para jóvenes adictos a drogas

El Centro de Atención y Seguimiento a las doprgodependencias atiende a adolescentes a partir de 12 años que consumen sobre todo cannabis o cocaína. Ya ha visto once casos

ACN

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Las dos psicólogas del CAS, Carme Casas y Noemí Vivas.  FOTO: ACN

Las dos psicólogas del CAS, Carme Casas y Noemí Vivas. FOTO: ACN

El Centro de Atención y Seguimiento (CAS) a las drogodependencias de Tarragona ha puesto en marcha un programa dirigido a los adolescentes de entre 12 y 23 años con adicciones a diferentes sustancias. El proyecto ya atiende once casos. La mayoría son por consumo de cannabis y cocaína, aunque también los hay de éxtasis o anfetamina. 

El programa trata los jóvenes como usuarios preferentes. «Son más vulnerables y pensamos que los podemos coger más a tiempo y hacer que las cosas no vayan a peor», explica Carme Casas, una de las psicólogas del CAS, que apunta que es clave hacer una buena intervención cuando están «al principio de su posible carrera adictiva». 

El programa pretende cambiar la relación del adolescente con las drogas para intentar que deje el consumo, aunque el primer paso es la toma de conciencia de los problemas asociados a estas sustancias. El CAS de Tarragona atiende a usuarios del Tarragonès, Alt Camp y Baix Penedès.

La mayoría de jóvenes llegan derivados por el médico de cabecera, urgencias o psiquiatría, aunque también hay otros que son llevados por los padres o por los centros tutelados. Entre los 11 casos atendidos en el periodo de un mes, tres jóvenes son menores de 18 años, cuatro tienen entre 18 y 22 años y otros cuatro son mayores de 22 años. 

Según las psicólogas, cuando un joven llega con un problema de consumo de sustancias, aquella droga no es el único factor problemático que tiene alrededor: «Puede ser en un ámbito familiar o del entorno, pero no hay un consumo y ya está, siempre conlleva algún factor de riesgo más», señalan.

Mezcla de sustancias

En cuanto a las drogas, los jóvenes que se tratan en el CAS no suelen consumir una sola, sino que hay una mezcla de sustancias, encabezadas por el cannabis y sumadas a otras, legales y más accesibles, como el alcohol y el tabaco. «Siempre hay una sustancia que les lleva más problemas y a la que ellos sienten que están más pegados y que ven que los tiene atrapados», explica Casas.

Aunque no se ha detectado que se haya avanzado la edad de consumo de sustancias –se mantiene estable entre los 11 y 12 años para l alcohol y el tabaco, y los 13 para el consumo de marihuana–, sí se ha detectado más accesibilidad al cannabis. Esta sustancia se ha popularizado mucho y los jóvenes tienen la percepción de que no es una droga ilegal, como podría ser la heroína.

Aparte, se suma el componente socializador de esta sustancia: «Es un rasgo más del grupo, de pertenencia, y está arraigado con el sentimiento de grupo, junto con la forma de vestir o lo que hacen», apunta la psicóloga Noemí Vivas, que señala que suelen consumir en grupo y casi nunca de manera individual a estas edades.

Según las psicólogas del programa, el alcohol y el tabaco, conjuntamente con el cannabis, abren el paso a otras drogas: «Se acercan a las personas que venden, los lugares donde se consume, y el joven, que es curioso, no tiene percepción de riesgo y prueba cosas». Normalmente, la primera vez se produce en un contexto de fiesta, en fin de semana, y cuando ya ha bebido mucho alcohol y no controla tanto las decisiones.

«Si lo prueban y no se lo pasan bien, es un revulsivo; pero si lo prueban y se lo han pasado muy bien... ya está», concluye Casas.
En los adolescentes no se centran en el patrón de consumo, ya que éste es muy incipiente; la atención se centra en las áreas en las que ha repercutido, como la escuela, la familia o el trabajo. «Hay que explorar la gravedad del impacto que tiene en su vida». Además, remarcan que, en gente muy joven, cualquier consumo, aunque sea sólo de fin de semana, ya es de riesgo.

Alianza con el adolescente

La línea puesta en marcha por el CAS en Tarragona sigue las recomendaciones del plan director de salud mental y adicciones, que contempla como objetivo establecer alianzas estratégicas y distribución de flujos en el propio territorio para hacer un abordaje asistencial de las sustancias psicoactivas y trastornos mentales asociados a los que el menor presenta o puede llegar a presentar.

Con este programa, se quiere optimizar el proceso y anticiparse para evitar que la situación vaya a peor. El trato de prioridad lo reciben también las gestantes y aquellos consumidores que entran por el programa de mantenimiento de metadona. «Todos los casos son complicados, pero la adolescencia lo es más: se encuentran en un momento vital y la familia se resiente», explica Casas.

El tratamiento en adolescentes se centra en el trabajo de los psicólogos, aunque hay otros médicos disponibles para atender en caso de que el joven venga del servicio de urgencias con una medicación concreta, o que necesite una desintoxicación. La estrategia a seguir pasa por lo que los expertos llaman la alianza: «Hacer que el paciente vuelva a venir, que confíe y la consulta sea un espacio de seguridad».

Hay situaciones en las que conseguir este entendimiento es más difícil porque hay jóvenes que han sido atendidos previamente en otros servicios y hay cierto «cansancio», según las psicólogas. «Tienes que intentar ir a su tiempo», comenta Noemí Vivas, que afirma que el rodaje con los jóvenes es más lento que con los adultos.

De entre los jóvenes atendidos, hay quienes se incorporan al programa forzados por los padres, que «les llevan de la oreja, enfadadísimos», y esto puede complicar la forma en que el paciente sigue el tratamiento.

«A veces dicen que si entra el padre no entran ellos, entonces hacemos turnos», detalla Vivas. Con todo, Casas afirma que hay adultos que también están obligados, muchas veces por la pareja. Incluir el entorno familiar es una de las piezas que hay que encajar para avanzar, como en otra medida lo es también el entorno de amigos, un colectivo que a estas alturas no se incluye en el tratamiento pero sí que se tiene en cuenta en tareas de prevención, hechas sobre todo en centros escolares.

El CAS hace una buena valoración, aunque esto no significa que todos hayan terminado dejando el consumo de drogas. «Quiere decir sólo que esa persona ha aumentado la conciencia sobre el tema y ha podido empezar a funcionar de otra manera», afirma Casas. El proceso de alejarse de las sustancias es largo, de una media de cuatro años. 

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