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Tarragona recicla mejor pero todavía de modo insuficiente

Cada noche se recogen los residuos que genera Tarragona. Van a parar a una incineradora que los convierte en electricidad

Xavier Fernández

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El operario levanta un contenedor de la Avenida Catalunya. El proceso tarda 75 segundos. Foto: Pere Ferré

El operario levanta un contenedor de la Avenida Catalunya. El proceso tarda 75 segundos. Foto: Pere Ferré

Herrera, con el joystick desde que maneja la grúa que levanta el contenedor. Foto: Pere Ferré

Herrera, con el joystick desde que maneja la grúa que levanta el contenedor. Foto: Pere Ferré

El 'rebuig' es arrojado a una fosa con capacidad para 1.200 toneladas. Foto: Pere Ferré

El 'rebuig' es arrojado a una fosa con capacidad para 1.200 toneladas. Foto: Pere Ferré

La chimenea y los hornos de la incineradora ubicada en el polígono Riu Clar. Foto: Pere Ferré

La chimenea y los hornos de la incineradora ubicada en el polígono Riu Clar. Foto: Pere Ferré

El operario maneja un enorme pulpo para mover el 'rebuig' en la fosa para que quede más homogéneo, lo atrapa y lo vierte en las tolvas. De ahí, va a los hornos. Foto: Pere Ferré

El operario maneja un enorme pulpo para mover el 'rebuig' en la fosa para que quede más homogéneo, lo atrapa y lo vierte en las tolvas. De ahí, va a los hornos. Foto: Pere Ferré

La sala de control desde donde se dirige el proceso para convertir el 'rebuig' en electricidad. Foto: Pere Ferré

La sala de control desde donde se dirige el proceso para convertir el 'rebuig' en electricidad. Foto: Pere Ferré

Uno de los dos hornos. La temperatura oscila entre los 850 y los 1.000 grados centígrados. Foto: Pere Ferré

Uno de los dos hornos. La temperatura oscila entre los 850 y los 1.000 grados centígrados. Foto: Pere Ferré

Una cinta transportadora lleva la ferralla y la escoria de la combustión. Foto: Pere Ferré

Una cinta transportadora lleva la ferralla y la escoria de la combustión. Foto: Pere Ferré

Los residuos que no se han convertido en electricidad también se aprovechan. Foto: Pere Ferré

Los residuos que no se han convertido en electricidad también se aprovechan. Foto: Pere Ferré

Una de las torres de la incineradora, con las tolvas y los hornos. Foto: Pere Ferré

Una de las torres de la incineradora, con las tolvas y los hornos. Foto: Pere Ferré

Las balas con la basura que la incineradora aún no ha podido procesar. Foto: Pere Ferré

Las balas con la basura que la incineradora aún no ha podido procesar. Foto: Pere Ferré

Son las 21 horas. Isaac Bermejo comienza a preparar las rutas que luego recorrerán por los barrios y el centro de Tarragona una quincena de camiones de Fomento de Construcciones y Contratas, la empresa a la que el Ayuntamiento adjudicó la recogida de basuras. Apunta los detalles en una hoja, sentado dentro de una garita situada a la puerta de la enorme nave que tiene la empresa en el polígono Riu Clar.

Quince minutos después, los operarios se acercan a la ventanilla y Bermejo les entrega papeles con las rutas y las llaves de los camiones que van a tener que conducir durante la noche.

Los conductores se encargan de que los camiones estén a punto –aceite, gas oil...–. Alas 21.30 se van poniendo en cola. Parece la parrilla de un gran premio de Fórmula 1. A las 21.45 el responsable de tráfico lanza un «ya podéis salir». Los motores rugen y cada uno de los camiones se dirige a su destino.

Cada noche se siguen tres rutas. Una recorre la zona comprendida entre la Rambla Vella y el Serrallo, la segunda discurre por el resto del centro de la ciudad y por barrios como Torreforta y La Granja y la tercera se centra en Bonavista y otros barrios.

No todos los servicios se realizan de noche o en la misma franja horaria. Los camiones circulan por la zona de Llevant de día, cuando esos barrios de un carácter más residencial están casi vacíos. Por contra, en el principio de la Rambla Nova –la más próxima al Balcó del Mediterrani– se entra ya avanzada la noche para evitar molestias a los que cenan o toman algo en las terrazas.

La recogida de los contenedores de ‘rebuig’ (la basura no reciclada) es la que más frecuencia tiene. Todos los días en los contenedores de superficie y seis días a la semana, en los que están soterrados. La del resto de fracciones –papel y cartón, envases, vidrio y orgánica– oscila entre uno y seis días a la semana.

La basura no reciclada no ha parado de bajar en la última década en Tarragona ciudad. Si en 2006 fueron 61.319 las toneladas que se recogieron, el año pasado fueron 46.102, un 25% menos. El motivo: que los ciudadanos reciclan cada vez mejor y depositan lo que toca en cada contenedor. Pero aún es insuficiente.

El Jefe de Servicios de la Delegación Catalunya II (la zona de Tarragona) de Fomento, Artur Vilamajor, explica que los operarios se han llegado a encontrar un lavabo dentro del contenedor de cartón, una bombona de butano en el de ‘rebuig’ y varios neumáticos también en el de ‘rebuig’. Es lo que en el argot basurístico se denomina ‘impropios’.

Más ‘impropios’: Bermejo recuerda que los basureros han detectado en más de una ocasión animales vivos a los que algún desaprensivo había arrojado en bolsas. El maullido o ladrido del cachorrillo les salvó la vida. Un vecino que pasaba por la isla de contenedores avisó a Fomento y a la Guàrdia Urbana y entre unos y otros sacaron al animal.

Aparte de los ‘impropios’ que se arrojan dentro de los depósitos, hay una importante cantidad de bolsas y material diverso que se deposita al lado del contenedor. En algunos casos es por puro incivismo, pero en la mayoría por el hartazgo que causa que la bolsa no quepa por la estrechísima abertura del correspondiente contenedor. Todos hemos soltado alguna que otra imprecación contra el ‘iluminado’ que diseñó dichos contenedores.

No fue ningún ingeniero que no tomase bien las medidas. Fue el propio Ayuntamiento quien decidió copiar a otras ciudades y reducir el tamaño de la boca. Así el ciudadano tiene que abrir la bolsa y tirar uno a uno los cartones o envases. Según explica Vilamajor, «la boca de los contenedores tiene la medida aconsejada por la Agència de Residus de Catalunya para evitar que haya impropios».

Juan Herrera es uno de los conductores que cada noche recorre Tarragona en su camión. En el interior de la cabina, una pantalla permite observar la operación al milímetro.

Un contenedor en 75’’

Una de sus paradas habituales es la isla de contenedores situada frente al Camp de Mart, al principio de la Avenida Catalunya. El camión se sitúa justo al lado del contenedor de ‘rebuig’. Con un joystick, Herrera hace que se eleve un brazo mecánico. El artilugio se mueve lateralmente, engancha la anilla situada sobre el contenedor, eleva el depósito, lo sitúa sobre la caja del camión y abre la base. La basura cae con un poco de ruido, apenas oculto por el pitido de la maquinaria. Toda la operación ha durado un minuto y 15 segundos.

A las zonas más amplias de la ciudad acceden los camiones más grandes. A la Part Alta o ciertas calles de la Part Baixa van camiones de menor volumen. Los mayores tendrían serias dificultades para moverse.

El turno de Juan acaba entorno a las 5,30 de la mañana. Media hora después, comienzan a trabajar otros compañeros en el turno de mañana que se prolonga hasta las 14 horas. El de tarde va desde las 13,30 a las 21, 30 horas.

El mayor grupo de personal es el que trabaja de mañana. Son los que pasan la escoba por las calle de la ciudad: 52 operarios por la mañana y 5 operarios por la tarde.

A su hora

Cada verano, surgen la quejas vecinales por el mal olor de los contenedores sobre todo de basura orgánica. Vilamajor reclama colaboración ciudadana: «Aunque los contenedores se limpien, en la temporada de verano nos encontramos contenedores con residuos de buena mañana. Eso implica que la basura desprenda mucho olor por las altas temperaturas. Para evitarlo, las fracciones de orgánica y ‘rebuig’ no se tendrían que tirar hasta la hora que indica la ordenanza municipal, de 19 a 21.30 h., y así disminuiríamos el olor».

Algunos vecinos, sin embargo, consideran que esas dos horas y media de margen son insuficientes porque, por ejemplo, llegan más tarde a casa. En ocasiones, se tira la basura fuera del horario pero antes de que pase el camión. No es extraño tampoco que el camión llegue justo cuando el vecino rezagado está tirando la bolsa.

Cuando su camión ya está lleno de los residuos de los contenedores de ‘rebuig’, Herrera se dirige a la planta incineradora del polígono Riu Clar, gestionada por Sirusa. Allí se quema la basura y se convierte en electricidad.

La basura ‘seleccionada’ tiene otros destinos, en función de sus características. La orgánica es tratada en la planta de compostaje de Botarell, el papel y el cartón en la de Saica en Vilallonga, los envases en la del Grupo Griñó en Lleida, del cristal se encarga la empresa Revibasa...

De toda la basura se intenta sacar algún tipo de provecho. Y, ante todo, disminuir el coste de su gestión. La concejal de Limpieza del Ayuntamiento, Ivana Martínez, presume de que «la recogida selectiva del año 2016 se ha situado en el 29,51% y, especialmente, la materia orgánica reciclada ha mejorado en calidad y cantidad. Todo esto se traduce en una mejora de nuestra calidad de vida y de nuestro entorno. Reducir la cantidad de ‘rebuig’ significa también un ahorra ya que se reduce el canon a pagar por la incineración».

La primera parada de Herrera al llegar a Sirusa (Servei d’Incineració de Residus Urbans SA) es la báscula de pesaje. A su lado, hay una cabina en la que el conductor entrega la documentación. Durante la noche van llegando los camiones procedentes de los ocho municipios que forman parte de la Mancomunitat de Sirusa: Tarragona, Reus, Valls, Salou, Cambrils, Vila-seca, Constantí y La Canonja.

La planta comenzó su actividad en 1991 a instancias del entonces alcalde de Tarragona, Josep Maria Recasens. En esos 25 años, han pasado políticos de todos los partidos, pero la clave ha sido que «los políticos han dejado hacer a los técnicos y por eso hemos ido bien», asegura el gerente de Sirusa, Ramon Nadal.

Metros después de la báscula, Herrera coloca su camión junto a una enorme fosa, con capacidad para 1.200 toneladas de residuos. Herrera abre la caja del camión y los residuos se desparraman. Un gigantesco pulpo, manejado desde la sala de control de la incineradora, va cogiendo la basura en función de su densidad, la eleva lentamente unos 25 metros y la arroja a unas tolvas.

Cada cierto tiempo, el pulpo remueve la basura para que sea más homogénea. La fosa está cubierta de cemento para, según Sirusa, «evitar la contaminación del suelo y de los acuíferos subterráneos de la zona».

Cada día la incineradora recibe unas 400 toneladas de basura, aunque en verano la cantidad se multiplica. Cada noche acceden a la planta medio centenar de camiones y la hora punta es de 10 a 12 de la noche.

Unos pistones empujan la basura desde las tolvas a los hornos. Éstos la queman a una temperatura que oscila entre 850 y 1.000 grados centígrados. La combustión, enumera Nadal, se basa en la regla de las tres T: temperatura, turbulencia y tiempo.

Los gases de la combustión están muy calientes y son contaminantes. Se enfrían con agua y ese agua se convierte en vapor, que va a una turbina, que, a su vez, genera electricidad.

No todo lo que se quema se convierte en energía. También se producen escorias –que luego serán utilizadas como material árido en obra civil y pública– y ferralla, que se revaloriza en empresas siderúrgicas. También quedan las cenizas, que son consideradas residuos peligrosos.

Según los datos de Sirusa, las cenizas suponen el 3% del peso de los residuos. De este modo, se aprovecha el 97% del ‘rebuig’ ya que de las ferrallas y las escorias también se saca beneficio.

La basura se dispara en verano, sobre todo la procedente de municipios tan turísticos como Salou o Vila-seca (La Pineda). Por ejemplo, la producción de basura de Salou se multiplica por nueve de enero a agosto.

En agosto, la planta no puede procesar todo el ‘’rebuig’ que le llega. Sirusa ha diseñado «un procedimiento único en Europa», según Nadal. La basura se comprime y se almacena en grandes balas envueltas en plástico. Al no tener aire, no fermenta.

Cuando la planta vuelve a la normalidad, las balas van a la fosa y de ahí al horno para producir electricidad. En 1992, fueron 41.900. En 2016, 54.909 MWh, es decir, un 30% más. Del contenedor a la bombilla.

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