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Tarragona, una ciudad a 30 kilómetros por hora

Si bien hay calles anchas y vías que pueden parecer rápidas, sobre todo en las entradas y las zonas periféricas, circular con el coche por el centro de Tarragona es una tarea no apta para 'fitipaldis'

Xavier Català

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Los conductores se quejan de que circular por la Rambla es ir frenando continuamente. Foto: Lluís Milián

Los conductores se quejan de que circular por la Rambla es ir frenando continuamente. Foto: Lluís Milián

Cuándo José Antonio tiene que ir a la Universidad, sabe que debe salir de casa 15 minutos antes. Tiene que recorrer los seis kilómetros que separan su casa, en Sant Salvador, de la avenida Catalunya, donde está su facultad. Para cubrir los primeros 5 kilómetros necesita unos 8 minutos, pero cuando llega a Tarragona por la N-240 y se dispone a recorrer el último kilómetro, ya intuye lo que va a pasar, lo que sucede cada día a las ocho y media de la mañana: atascos, semáforos en rojo, rotondas llenas de coches, motos, autobuses y camiones. Desde la primera rotonda de la N-240 a la segunda rotonda de la avenida Principado de Andorra y, por fin, girar hacia la avenida Catalunya para dirigirse a la Universidad y aparcar ya han pasado los 15 minutos en un día de normal. Por lo tanto, José Antonio vuelve a llegar tarde a sus clases.

De esta forma se entera de que, según el Plan de Movilidad de la ciudad de Tarragona de 2012, existe una hora punta muy marcada, que se centra entre las 8 y las 10 de la mañana y en la que se registran unos 40.800 desplazamientos.

Si hubiera salido más tarde el problema habría sido menor; con el paso de las horas el colapso desciende progresivamente hasta la siguiente hora punta, aunque ya no tan problemática, que se produce entre las 14 y las 15 horas, con menos de 15.000 desplazamientos. Pasada esta hora del mediodía, el tráfico vuelve a descender progresivamente.

La movilidad no obligada, es decir, la de los residentes en Tarragona que trabajan en la misma ciudad y aun así cogen el coche, presenta una mayor flexibilidad durante el día, teniendo dos horas punta: la primera, a media mañana (entre las 10 y las 11 horas), con unos 19.000 desplazamientos, y la segunda, por la tarde, de 18 a las 19 horas, pero menos acentuada. En cuanto a los retornos a casa, al mediodía entre las 13 y las 14 horas hay un aumento de la movilidad, con más de 30.000 desplazamientos.

A partir de este momento los desplazamientos crecen hasta volver a aumentar espontáneamente entre las 17 y las 18 horas, llegando a la segunda hora punta –de 20 y a 21 horas– con más de 28.500 desplazamientos.

 

A 30 km/h

Un estudio de tráfico del RACC confirma que en las zonas céntricas en que se permite circular a 50 km/h alcanzar esta velocidad es prácticamente imposible. De hecho, la velocidad máxima se acerca más a los 30 km/h (a veces incluso menos), porque es una constante para el conductor tener que acelerar y frenar el vehículo, lo cual no permite que haya una circulación fluida.

Los taxistas lo saben muy bien. Ellos corroboran que sobre todo la Rambla Nova y la Rambla Vella son consideradas unas de las calles con más dificultad de circulación debido a que hay muchos peatones y pasos de cebra sin semáforo, por lo cual ceder el paso es una constante y obliga al conductor a estar frenando y acelerando. Un taxista remarca que «es difícil llegar a una velocidad razonable, porque en estas zonas hay que ir frenando continuamente y la velocidad a veces no llega ni a 20 km/h».

También se caracterizan los carriles de las dos ramblas por el hecho de que son estrechas y la afluencia de coches por ellos es constante.

Otra de las calles con difícil circulación, según el gremio de los taxistas, es la calle Gasòmetre y sus alrededores, debido a que en ellas hay mucho movimiento escolar y de vehículos, muchos aparcados en doble fila.

Los conductores de la EMT, por su parte, consideran que conducir por la ciudad por calles como Països Catalans, Ramón y Cajal, Rambla Nova, Rambla Vella y Pere Martell, que son las vías con más tráfico, les generan grandes dificultades y dolores de cabeza, principalmente en horas punta, porque son las elegidas por los conductores. Matizan que especialmente entre las 8 y las 9 horas de la mañana se encuentran con los colapsos de vehículos por la hora escolar. Esto conlleva que continuamente están parados, no circulan con fluidez y llegan tarde a las paradas.

 

Más vigilancia

Para colmo, aseguran que en las horas punta hay un aumento de los estacionamientos en doble fila, especialmente en la calle Pere Martell, cuyos tres carriles de circulación se reducen a uno. También existe el problema de los ‘vehículos okupas’, que aparcan en las paradas y no permiten el estacionamiento del autobús. Los conductores lamentan que «nadie hace nada en estos casos y los que deberían solucionarlo pasan de largo o solamente se paran para llamar la atención».

Acerca de una mejora de la circulación, uno de los conductores señala que «es difícil hacer un modificación para una mejor circulación porque Tarragona es una ciudad pequeña y las calles no están para ensancharlas». Otro conductor dice que «si hubiera un mayor control policial con los coches en doble fila y los estacionados en paradas de autobuses, la circulación mejoraría».

Pero la situación no mejora para José Antonio. A la mañana siguiente vuelve a levantarse pronto para llegar a tiempo a la Universidad. Pero se vuelve a encontrar con una ciudad sumida en el caos. Un tráfico espeso y lento, coches con prisa, otros aparcados en doble fila... Niños cruzando los pasos de cebra para ir al colegio y mayores que lo hacen para ir al trabajo, algún que otro taxista atendiendo a un cliente en medio de la calle...

Y es que si algún ‘fitipaldi’ pretendiera incumplir los límites de velocidad en el centro de la ciudad le sería muy difícil, porque esa zona está repleta de coches, pasos de cebra, transportistas, semáforos... lo que ralentiza la circulación y hace que el límite, de 50 km/h, pase a ser, de hecho, de 30 km/h.

Claro que basta con alejarse un poco de las ramblas y acudir a Vidal i Barraquer o a las salidas de la ciudad para encontrarse con auténticos –y peligrosos– fitipaldis.

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