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Terror en el Serrallo: «No se distinguía el mar de la tierra»

Los restauradores y vecinos del Serrallo limpiaban ayer la zona más castigada por las fuertes lluvias de la noche del martes. Los parkings de la calle Castaños quedaron inundados

Carla Pomerol

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Los trabajadores de L’Arrosseria limpiaban la terraza. FOTO: Alfredo González

Los trabajadores de L’Arrosseria limpiaban la terraza. FOTO: Alfredo González

«No se distinguía el mar de la tierra». Estas eran las palabras de Paquita Rimbau, una vecina del barrio del Serrallo. Su vivienda cuenta con unas buenas vistas al Passeig Marítim y la noche del martes fue testigo del gran río de agua provocado por las intensas lluvias. «Me asusté un poco, pero no es la primera vez que ocurre. Cada vez que llueve, en el Serrallo sufrimos por las consecuencias», aseguraba ayer por la mañana esta vecina, mientras que los restauradores del barrio limpiaban sus terrazas y establecimientos. 

La estampa era desoladora. Sombrillas rotas por el suelo, agua estancada llena de mosquitos y otros insectos, trabajadores fregando el parquet del restaurante y tirando a la basura algunos electrodomésticos que habían quedado dañados por el agua. Y es que el martes por la noche, el barrio marinero de la ciudad quedó totalmente incomunicado. Los dos puentes que dan acceso al Serrallo se llenaron de agua y el alcantarillado no podía absorber la gran cantidad de lluvia que caía. 

Los propietarios de algunos de los restaurantes ubicados en la calle Trafalgar –en primera línea del paseo– vivieron momentos tensos. Fue el caso de Virginia Morcillo, propietaria del restaurante Octopussy.

Virginia Morcillo, propietaria del Octopussy, marcaba hasta dónde había llegado el agua. FOTO: A. González

Ella y dos clientes se quedaron dentro de la terraza cuando la lluvia se intensificó. Los cocineros tuvieron que refugiarse en el interior de un almacén, ya que el agua empezaba a entrar en el establecimiento y llegó a levantar dos palmos. «Unos clientes decidieron irse y se quedaron atrapados en el puente», recuerda.

Ayer por la mañana, Morcillo hacía un recuento de los electrodomésticos y aparatos que se habían dañado. A la basura fue una impresora, y los motores de algunos de los congeladores se estropearon. 

A escasos metros se encontraba Paco y Roxana, trabajadores de L’Arrosseria, el establecimiento que resultó más perjudicado por la lluvia. Ayer, Roxana se levantó pronto para ver la magnitud de los daños. «Había papeles enganchados en las sillas y mesas y las sombrillas estaban rotas. Además, nos hemos encontrado con cucarachas y ratas muertas en medio de la calle», relataba Roxana, quien no paraba de usar una escoba para sacar el agua. Pero era imposible. Incluso un camión de la brigada municipal lo intentaba sin éxito. La terraza era una auténtica balsa de agua. Trabajaron horas y horas, hasta que finalmente el restaurante pudo abrir al público.

Los parkings de la calle Castaño se inundaron y quedaron inutilizados. FOTO: A. González

Por su parte, Paquita Rimbau, vecina del Serrallo, se disponía a sacar dinero en la entidad bancaria BBVA, ubicada en la calle Trafalgar. Pero no tuvo suerte. El agua entró con fuerza en la oficina, que despertó ayer llena de barro. Los trabajadores informaban a los clientes de que ni el cajero automático ni los ordenadores funcionaban.

Rimbau criticaba con resignación la situación que deben vivir los vecinos del Serrallo cada vez que llueve. «El problema es que cuando hicieron el paseo no contaron con que era necesario hacerlo con cierta inclinación. Ahora, el agua, en lugar de ir a parar al mar, entra por las calle interiores del barrio», asegura Rimbau.

El Diari consultó ayer un arquitecto, Enric Casanovas, quien aseguraba que las inundaciones endémicas del Serrallo se deben a un problema de niveles, al ser una zona baja de la ciudad que se halla al nivel del mar. Además, la cosa se agrava porque Tarragona no cuenta con un sistema independiente para aguas pluviales y otro para fecales.

Sin embargo, no considera que los vecinos de este barrio deban resignarse a sufrir estos episodios que les dejan prácticamente aislados. «La solución pasa por construir una estación de bombeo que en casos como estos achique el agua de la lluvia y la envíe al río o al mar. Tendría que ser un depósito muy grande», aseguraba Casanovas.

Sin patio

Pero los vecinos del Serrallo no fueron los únicos afectados por las fuertes lluvias de estos días. Los alumnos de la Escola El Serrallo se quedaron durante el día de ayer sin patio. La pista de fútbol se convirtió en una piscina gigante y el agua llegaba casi a los barracones donde estudian parte de los alumnos. 

El patio de la Escola El Serrallo se convirtió en una piscina. FOTO: Alfredo González

La directora del centro escolar, Maria Rosa Martínez, aseguraba que «esto es lo que pasa cada vez que llueve. Estamos cansados de esta situación. Queremos que se tomen medidas para evitar estos charcos». Algunos padres, preocupados, destacaban que el patio acaba siendo un foco de mosquitos a causa del agua estancada.

Parkings que son piscinas

«Llegué a las diez de trabajar y el párking ya estaba cerrado», asegura Jaume Bocio, un vecino de la calle Castaños, que ayer tampoco pudo aparcar el coche en su plaza de párking. No se veía ni una sola rueda de los vehículos. Las lluvias del martes por la noche inundaron los parkings de la calle Castaños. «Durante esta mañana, un camión sacaba agua, pero ahora veo que ha subido el nivel», aseguraba preocupado Bocio. 

Menos suerte tuvo Ahmed Achaalaal, quien desde su balcón de la misma calle veía cómo el agua entraba en el interior de su vehículo aparcado en la calle. «No podía bajar, el agua me hubiera arrastrado», decía este vecino. El agua le llegó incluso al motor y a la batería del coche.

El material de oficina de una nave del polígono Francolí quedó mojado. FOTO: A. González

Ayer por la mañana, él y otros vecinos sacaban el agua de sus vehículos. «De aquí al mecánico, y a cruzar los dedos para que tenga arreglo», decía Achaalaal. Unos y otros aseguran no haber visto nunca antes unos aguaceros como estos. Bueno, nunca no. Todos tenían en su mente las inundaciones del año 1994.

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