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Tirando adelante el último «invento» de su marido

Una mujer valiente. Lozano está al frente del restaurante-tienda de comida japonesa Nipo, en el Mercat Central. Hace dos años sufrió el golpe más duro de su vida

CARLA POMEROL

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Ester Lozano, ayer, delante de Nipo, en el Mercat Central. FOTO: PERE FERRÉ

Ester Lozano, ayer, delante de Nipo, en el Mercat Central. FOTO: PERE FERRÉ

Uno de los mayores placeres de ser tarraconense es sentarse en un taburete del Mercat Central y comer un buen sushi. Lo podemos hacer gracias a Ester Lozano y a su marido, Albert Abelló –quien falleció hoy justo hace dos años–. Ambos tuvieron la genial idea de abrir un restaurante-tienda de comida japonesa en el corazón del mercado. Entre tanta tradición, arriesgar siempre es sinónimo de triunfo. Lozano es la cara visible del negocio. Conozcámosla mejor.

Nació en Tarragona en el año 1960. Su madre, procedente de El Perelló, y su padre de un pueblecito de Logroño, se trasladaron a la ciudad en busca de trabajo. La primera vivienda del matrimonio fue una habitación realquilada con derecho a cocina en la calle Méndez Núñez. Allí vivió también Lozano durante su primer año y medio. Era la mayor de tres hermanas.

La protagonista estudió durante dos años en casa, con un maestro particular, don Demetrio. Solo acudía al colegio Saavedra para examinarse. El motivo era que padecía un problema hepático que no le permitía hacer esfuerzos.

Cuando cumplió los 14 años, Lozano empezó a trabajar en una tienda de ropa en la calle Major. Alternaba la faena con los estudios nocturnos. También estuvo cogiendo notas telefónicas en la empresa tarraconense Comasa y en el departamento de facturación de BIC. En verano y vacaciones de Navidad y Setmana Santa, el matrimonio y sus hijas pasaban unos días en El Perelló, donde actualmente sigue viviendo la mayor parte de la familia de Lozano.

Una pareja revolucionaria

Y de repente, en una noche de verbena de Sant Roc, apareció él: Albert Abelló. Se conocieron en 1978, festejaron seis años y se casaron por lo civil en los juzgados de Tarragona. «Llegué antes que el novio y me llevaron en un Renault 5 de color amarillo», recuerda Lozano, quien confiesa que «éramos muy revolucionarios, lo que ahora se conoce como antisistemas». Y es que, en ese momento, era habitual que los jóvenes se casaran por la iglesia. «Yo no quería hacerme fotos de boda, pero al final nos llevaron a una chatarrería y nos hicieron allí el reportaje. Una anécdota más», explica Lozano, riéndose.

En 1987 nació su primer hijo, Albert. Ese mismo día, el matrimonio inauguraba la primera tienda de congelados Anna Pons en la calle Governador González. Volvamos un poco atrás. La madre de Abelló regentaba una parada de pescado en el Mercat Central. Su hijo abría otra más pequeña, especializada en congelados. La cosa iba muy bien y Abelló decidió expandir el negocio, esa vez fuera del equipamiento. Los congelados estaban en pleno auge y el negocio creció rápidamente. Tarragona, Reus, Cambrils, Vila-seca, Valls, El Vendrell, Vilanova i la Geltrú, Tortosa...

Lozano y su marido gestionaban las tiendas, que se llamaban Anna Pons –es el nombre de la madre de Abelló–. La segunda hija del matrimonio, también Anna, nació en el año 1990. En 2003, decidieron vender el negocio a La Sirena, quien se instalaba por primera vez en la ciudad. «Teníamos un pacto con el propietario de La Sirena. Hasta que él no falleciera, la empresa no se afincaría en Tarragona», explica.

El mejor año

La protagonista recuerda 2003 como uno de los mejores años de su vida. El matrimonio decidió volverse a casar, esta vez por la iglesia. La pareja propuso a sus dos hijos hacer juntos el viaje de novios. Y ahora viene lo bueno: «La idea era recorrer Australia en tándem, en bicicleta, durante tres meses», explica Lozano. Y así lo hicieron. Unos 70 kilómetros al día y, al llegar la noche, la familia jugaba un rato a cartas. Quien ganaba se llevaba una galleta de premio.

Por ese entonces, Abelló viajaba mucho a Argentina como presidente de la Cambra de Comerç y se dio cuenta de que el sushi estaba de moda. «Se empezaba hablar de la reforma del Mercat Central y él tenía claro que tenía que abrir algo novedoso», explica Lozano. Después de dar muchas vueltas y de detectar que las nuevas tendencias de consumo pasaban por la comida rápida y sana, el 30 de marzo de 2017 se inauguraba «el último invento de mi marido, tal como decía él». El Nipo, restaurante-tienda de comida japonesa, era uno de los sueños cumplidos del matrimonio.

Un giro de 180 grados

Pero todo dio un giro de 180 grados el 20 de diciembre de 2017, cuando Abelló fallecía de forma repentina. Fue un golpe muy fuerte. «Piensas que solo les pasa a los otros y un día te pasa a ti y la vida se pone boca abajo», explica Lozano. Siempre iban juntos. Compartían ilusiones, vida y proyectos. «De repente, me encuentro sin mi puntal y debo decidir qué hacer con el negocio», relata la protagonista.

Y aquí está. En el mercado, en el Nipo. Mañana, tarde y si conviene noche, al pie del cañón. O en la tienda o en el despacho del pasaje Cobos haciendo números. O sino, practicando patchwork, otra de sus pasiones. Lozano tira adelante el sueño que compartía con su compañero de vida.

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