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Tres meses y medio en la UCI: «Casi que volví del más allá»

Casi cuatro meses en intensivos, dos en coma. El empresario Manolo Cuétara relata su calvario: «Me salvaron Dios y los médicos». Se contagió en octubre. Ha perdido 23 kilos. Sigue con su rehabilitación

Raúl Cosano

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Manolo Cuétara, empresario, en uno de sus negocios. Estuvo hospitalizado de octubre a febrero por la Covid-19.  Foto: Pere Ferré

Manolo Cuétara, empresario, en uno de sus negocios. Estuvo hospitalizado de octubre a febrero por la Covid-19. Foto: Pere Ferré

Manolo Cuétara (66 años, Ribadesella) lamenta que este año no podrá volver a su Asturias del alma, donde tiene el corazón y las raíces aunque en Tarragona esté su vida y su trabajo. «Mi mayor deseo es irme a mi tierra y poder pasar allí el verano. Este año no es posible, por el viaje, los médicos que tengo pendientes… Espero estar bien para el próximo», cuenta. Nueve meses después de contagiarse, aún se recupera del severo golpe de la Covid-19. Arrastra una capacidad pulmonar mermada, se fatiga mucho y apenas puede hacer esfuerzos. «Esto es duro, muy duro, vivir así es un hándicap. Me ha tocado y ya está. Espero que algún día pueda recuperarme y poder hacer una vida más normalizada. Voy en coche, a la oficina, a alguno de mis negocios, pero aún me encuentro muy débil», cuenta. El balance ya ilustra el tremendo varapalo sufrido: «Estuve en la UCI tres meses y medio. Según me han dicho, es un récord de estancia. Tres meses me pasé conectado a la máquina y dos de ellos en coma inducido».

«Dios me sacó de la muerte»

Se infectó en octubre, durante la segunda oleada. Ingresó pocos días después en el Hospital Sant Joan de Reus y no volvió a casa hasta mediados de febrero. «Se puede decir que Dios me sacó de la muerte. Soy creyente y lo tengo muy claro. Entre Dios y los médicos me han salvado la vida. El equipo médico ha sido extraordinario conmigo». Manolo se mueve estos días entre el agradecimiento emocionado y las ganas de pelear, de progresar. «Quisiera darle un millón de gracias a la gente que me ha salvado la vida. Me voy recuperando poco a poco pero todo es muy lento. Hago fisioterapia mañana y tarde, ejercicios respiratorios, camino cada vez más... Antes no me podía mover. Salí del hospital hecho un saco». Perdió 23 kilos, la mayor parte de masa muscular. No solo son secuelas directas del coronavirus. Es la propia inmovilidad de estar tanto tiempo en cama la que pasa factura a pacientes de larga duración; en su caso, además, de forma más acentuada.

La estancia media de críticos de Covid-19 en intensivos ronda los 30 días, tanto en el Sant Joan como en Joan XXIII, pero en su caso el tiempo se triplicó. «No había manera de despertarme», recalca. Apenas tiene recuerdos. Todo se vuelve difuso, una inmensa nebulosa por el apagón de la enfermedad. «Dos días antes de ingresar me empecé a encontrar mal. Era como un catarro, una gripe… Mi mujer insistió en que fuera al hospital. Si tardo un poco más no lo cuento», relata.

No tardó en ser derivado a la UCI, donde empezó todo un calvario para su familia y para él mismo, que arrancó su pelea. «Es una situación terrorífica, de soledad, aunque estás inconsciente, pero imagínate para la familia cómo es. Solo desperté cuando alguien pronunció el nombre de mi mujer. Eso valió para que ella pudiera venir a verme. Vieron que era una especie de terapia y eso me ayudó mucho», cuenta.

«La calidez del personal»

Tampoco tiene noción del contagio. «No sé ni dónde ni cuándo fue. Siempre fui muy precavido, porque sé que esto iba en serio. Mi mujer se infectó, seguramente por mí, pero fue asintomática. Ella fue la que siempre mantuvo unida a la familia y luchando por todos. Tengo hijos mayores pero también dos pequeños, de 13 y siete años», dice Manolo, que pasó más de 100 días en intensivos batallando. «A pesar de todo el sufrimiento, tengo buen recuerdo de la UCI, por la calidez del personal. Recuerdo a la doctora Raquel Enríquez, que es un ángel ahí. Cuando estás ahí te vienen muchas cosas a la cabeza, piensas mucho, y a veces en negativo. Pero no hay otra historia, es lo que me ha tocado», relata Manolo.

Este empresario no tenía patologías previas pero sí uno de los factores de riesgo más comunes, «una hipertensión que tenía controlada». No se sabe si ese fue un condicionante que empeoró su situación: «Aparte de la neumonía de caballo que sufrí, tuve muchísimas infecciones, una tras otra. Daba un paso para adelante y tres para atrás. Eso es lo que me hizo estar cerca de no regresar. Al final fue mi propio cuerpo, luchando, lo que me hizo salir adelante, y la mano de los doctores, claro. Sin ellos no hubiera hecho nada». Y añade: «Al que a estas alturas sea negacionista le diría que se pasara por la UCI un día o que se pusiera en mi lugar».

El impacto no ha sido solo físico sino también mental y emocional. «Yo he vuelto del otro sitio. La vida me ha cambiado absolutamente. Antes le daba importancia a cosas que no la tenían. Hay una frase de Victor Küppers, el coacher, que me gusta mucho. Él dice: ‘En la vida hay problemas y circunstancias a resolver’. Lo que pasa es que las circunstancias a resolver creemos que son problemas. Esto que yo he tenido es un problema. Que te duelan las muelas o suspender el carnet de conducir son circunstancias a resolver. Cada uno tiene sus problemas y los considera como él cree pero nos enfocamos demasiado en el trabajo».

Ahora Manolo, vecino de Cambrils, ha levantado el pie del acelerador en el ritmo vertiginoso que ha llevado. Ha aprendido a delegar, en buena parte en los hijos que llevan un negocio en expansión: gestiona ocho McDonald’s en Tarragona, tres de ellos abiertos en el último año y medio, pese a la pandemia. «Sigo trabajando, pero a otro ritmo. No me voy a retirar, en tiempos de crisis puede haber oportunidades, aunque también la situación ha afectado a mis restaurantes». Ahora su prioridad es otra y pasa por seguir con la rehabilitación concienzuda y esmerada para recobrar las facultades perdidas, desde la fuerza a la movilidad. «Si no llevo todo el oxígeno a la sangre, al no respirar bien, no llega a los músculos, y entonces no puedo recuperarme», dice.

«No sé si me recuperaré del todo»

Le obsesiona saber si podrá ser el de antes, pero es consciente de que el camino es largo y la incertidumbre, incluso desde el punto de vista científico y sanitario, no ayuda. «No sé si me recuperaré del todo. Los médicos son siempre muy cautos, esto es una enfermedad nueva, no se sabe aún. Hay gente a la que le ha afectado gravemente a la cabeza, a los riñones, a los pulmones. Hay de todo. Conozco a quien ha estado muy mal y hoy está jugando a tenis».

Manolo, vacunado de doble dosis, pese a que su organismo generara anticuerpos por enfermedad, sigue deshaciéndose en elogios: «Me quedo con el trabajo tan brutal, tan desinteresado de los sanitarios. Es decirlo por millonésima vez, pero es una realidad. Ha sido una gente expuesta que ha luchado hasta el final. Es la lección que me llevo. Es extraordinario. Ellos y Dios me han salvado la vida. Y eso es muy de agradecer. Les digo ‘gracias’, ‘gracias’ en mayúsculas».

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