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Trump se atribuye el despido del director del FBI

La Casa Blanca admitió ayer que el presidente explotó cuando le vio el miércoles pasado en televisión durante su comparecencia ante el comité judicial del Senado

Mercedes Gallego

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El presidente de EEUU, Donald Trump.

El presidente de EEUU, Donald Trump. Molly Riley / POOL

En las horas que siguieron a lo que ya se conoce como Trump Tantrum (el berrinche de Trump), el personal de la Casa Blanca se esforzó por racionalizar su intempestiva decisión de despedir al director del FBI, James Comey. "Nadie sabía lo que pasaba, los teléfonos no paraban de sonar y la gente decía: '¿Qué?'", contaron algunos al periódico 'Politico'.

            El portavoz Sean Spicer se escondía entre los arbustos, mientras su personal apagaba la luz de la oficina. Al final, la responsabilidad del despido recayó sobre el adjunto de Justicia, Ros Rosemberg, a quien Trump le había pedido la víspera que pusiera por escrito lo que pensaba de Comey en el caso de los emails de Hillary Clinton.   
          Según la carta que el guardaespaldas de Trump Keith Schiller entregó en las oficinas del FBI cuando Comey ya había visto la noticia por televisión, el presidente le despedía "basándose en esas claras recomendaciones" de Rosemberg y el fiscal general, Jeff Sessions. Convertido en cabeza de turco de una decisión que no tomó, fuentes de varios medios aseguran que Rosemberg estuvo a punto de dimitir.

            Al día siguiente, desde el vicepresidente Mike Pence hasta los portavoces Sean Spicer y Sarah Huckabee negaron que la decisión de despedir a Comey estuviera tomada de antemano. Solo que Trump no se atiene a ningún guión. Ayer concedio una entrevista a la cadena NBC en la que admitió rotundo: "Fue mi decisión, iba a despedirlo de todas maneras, porque es un fanfarrón y un vanidoso".

El exdirector del FBI, James Comey.

           La Casa Blanca admitió ayer que Trump explotó cuando le vio el miércoles pasado en televisión durante su comparecencia ante el comité judicial del Senado. "Fue la gota que colmó el vaso" dijo Sarah Huckabee. Los analistas entienden que dos cosas ofendieron el ego de un presidente despótico acostumbrado a rodearse de leales capaces de mentir y hacer el ridículo para justificar sus exabruptos. Comey reiteró una y otra vez su independencia al prometer llevar la investigación sobre las conexiones entre la campaña de Trump y el Gobierno ruso hasta sus últimas consecuencias. Y acaparó con ello la atención mediática. "Se ha vuelto más famoso que yo", protestó Trump ya en enero, cuando estrechó su mano por primera vez durante una recepción con las fuerzas del orden.

            Poco después Trump le invitó a cenar "a petición suya, porque quería quedarse en el cargo", dijo el presidente a la NBC, a la que también confesó que en esa cena le preguntó si estaba bajo investigación. En realidad Comey no necesitaba su aprobación, porque el mandato del FBI se extiende a diez años precisamente para blindarle de los cambios políticos. A Comey le quedaban cuatro. Nunca antes un presidente había despedido a un director del FBI, salvo Clinton a William Sessions en 1992 por utilizar fondos públicos para asuntos personales. Hasta que a final de marzo el Senado citó a Comey para explicar cómo iba la investigación sobre las injerencias rusas.

            Para avalar su despido la Casa Blanca también se ha apoyado en los hombros de "muchos agentes del FBI, que habían perdido la confianza en él", algo que el director en funciones Andrew McCabe negó ayer tajantemente durante su comparecencia ante el comité de inteligencia del Senado.

             Las contradicciones se acumulan. De lo que no queda duda es de que fue Trump y sólo Trump, en su más puro estilo televisivo de '¡Estás despedido!' quien le echó al sentirse amenazado por su independencia. Un legado que su sucesor en funciones ha prometido continuar, tras desmentir ayer dos veces a la Casa Blanca durante su testimonio ante el Senado.

 

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