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Turno de noche: El chófer de la armonía

Santiago Carrillo es conductor de autocar. Suele cubrir la ruta nocturna Tarragona-Zaragoza. 'La noche es más armónica, no hay estrés', dice. Las luces de su autobús en la madrugada cruzando Monegros le atrapan. Mientras, el pasaje duerme

Raúl Cosano

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Santiago, en la estación de buses de Tarragona, junto al autocar de Hife que conduce. Foto: Pere Ferré

Santiago, en la estación de buses de Tarragona, junto al autocar de Hife que conduce. Foto: Pere Ferré

A Santiago hay que verle concentrado circulando por la AP-2, cruzando Monegros, más desiertos que nunca en la madrugada, a veces amenazando la niebla en ese inmenso erial. «Me gusta más la noche que el día», dice. El motivo es estético, casi psicodélico. «Estos autocares que llevamos están muy bien equipados. Me gusta las luces que desprenden, porque me encanta la electrónica. De noche todo se ve más bonito», admite. Y habla de tranquilidad y de una cierto sosiego que nada tiene que ver con el trajín diurno, y ese caos viario de semáforos y bocinazos. «De madrugada hay mucha más armonía, sin motos, ni coches ni prisas».

Manda la paz. Sólo ruge el motor. La radio no zumba y el pasaje suele dormir en la ruta más habitual que realiza cuando cae el sol: de Tarragona a Zaragoza y, en algunos casos, hasta Madrid. En la negrura de la autopista germina la complicidad. Hay un clan nocturno del transporte. «Coincidimos en los hoteles, en las áreas de servicio. Hay sobre todo camioneros y repartidores de paquetería. Nos ayudamos entre nosotros, nos saludamos si nos cruzamos por la carretera», explica.

Eso no quita que la noche en la que tan bien se desenvuelve no tenga su cara dura, exigente: «Es verdad que este turno agota más. Hace falta más concentración, porque no hay tráfico y hay mucha monotonía. Físicamente también es más duro». Por eso Santiago no hace más de cuatro noches seguidas al volante, y procura un descanso bien calculado y reglado por la empresa. Una ducha antes de empezar el viaje, que arranca casi siempre a las 22.30 horas, es buen plan; también mantenerse activo durante el día, saliendo a correr y yendo al gimnasio. «Sé que el cuerpo no está hecho para trabajar de noche pero procuro cuidarme». Al volante no permanece más de cuatro horas y media. Si viaja hasta Madrid, él se queda en Zaragoza y le releva otro compañero. En la capital maña descansa y duerme. «Hay que descansar nueve horas seguidas para después poder regresar».

Santiago lidia con la extensísima nómina de aragoneses que, sobre todo en verano, recala en la Costa Daurada. Hay un mandamiento principal: «Me encanta conducir, el trato con la gente, visitar lugares, pero por encima de todo me gusta llevar a la gente a su destino. Eso me llena».

Casi siempre lo consigue, y el ‘casi’ hay que achacarlo al despiste del pasajero, que a esas horas suele estar dormitando o, directamente, bien arropado en los brazos de Morfeo. «A veces te pasa que acabas el trayecto, el autocar se vacía de gente y te das cuenta de que hay un hombre en un asiento, que se levanta medio dormido, pregunta dónde estamos y dice: ¡Si yo no quería venir a Zaragoza!».

Entonces Santiago le explica el modo de regresar a casa, que es básicamente esperar otro autocar de vuelta. El cliente, en cualquier caso, está en el centro. A Santiago le toca, en algún servicio nocturno contratado, sobrellevar a los que vienen de jarana, un reto para la paciencia: «De noche lo que más dificultad tiene es llevar a las personas que vienen de fiesta, o de alguna boda».

Entonces hay que tirar de tacto para evitar desgracias y malas pasadas con el alcohol consumido por los viajeros:«Lógicamente, se requiere una atención mayor, una conducción más suave para que el pasaje no se maree más de lo habitual. Hay que ir más concentrado para que no haya incidencias en el vehículo. Lo que pasa normalmente es que el cliente se queda dormido y tú puedes seguir con la marcha y dejarle en su sitio sin problemas». Otra vez, la armonía del servicio, cuestión de equilibrio y proporción.

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