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Turno de noche: El telefonista del alma

Mario Buonanno, sacerdote y responsable del Teléfono de la Amistad. Duerme con el teléfono en la mesilla. Suicidas, solitarios, alcohólicos y excluidos llaman. La paciencia es vital: 'A veces sólo hay que dejar hablar'

Raúl Cosano

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Mario atiende al Teléfono de la Amistad. FOTO: LL. MILIÁN

Mario atiende al Teléfono de la Amistad. FOTO: LL. MILIÁN

A veces toca contestar en pijama. El padre Mario duerme con el teléfono en la mesilla. No es un teléfono cualquiera, es el de la amistad, un servicio histórico en Tarragona: arrancó en 1978 y está activo las 24 horas del día. «El otro día me llamó una señora a las tres de la mañana. Me decía que veía fantasmas. Yo procuré tranquilizarla. La dejas hablar, la calmas y haces que se vaya a dormir, ya más relajada», cuenta.

Es el teléfono de los desesperados, de los descastados, de los excluidos, de los que lo pasan mal, de los repudiados, de los arrinconados y, sobre todo, de los solitarios, una especie de último asidero a la esperanza. «A veces por la noche llaman dos, otras veces no llama nadie. En invierno llaman más porque se hace de noche más pronto», cuenta. Él sabe conciliar el sueño: «Tengo buen dormir. No me cuesta hacerlo cuando me acaban de llamar». Y eso que la labor es exigente. El Teléfono de la Amistad es un servicio de escucha y asesoramiento, una ayuda para las personas. A veces es un primer contacto para gente en apuros o que padece: «En la asociación hay 450 familias, con perfiles distintos, que pueden ayudar al que lo necesita, y de forma desinteresada, a esa persona que llama pidiendo ayuda por un tema en concreto». El 6 de mayo se celebrará en el Moll de Costa la 29ª edición de la tradicional cena, que convoca a buena parte de la sociedad tarraconense.

Personas alcoholizadas, otras que quieren salir de la droga, homosexuales incomprendidos en su entorno y conflictos familiares se cuelan habitualmente en las llamadas. «También nos ha llegado algún caso de mujer maltratada, que hemos tenido que redirigir. Asesoramos y guiamos a la persona», cuenta Mario.

La voz del padre tiene, para muchos, un efecto cálido: «A veces sólo quieren hablar o tienen alguna cosa que les preocupa y que quieren compartir». El secreto es algo de psicología y humanidad y muchas dosis de paciencia. Un ejemplo: la última llamada duró tres cuartos de hora. «Tienes que escuchar. A veces llaman personas con problemas mentales. Y lo que dicen no tiene sentido, ni pies ni cabeza, pero escuchas igual, y funciona, porque la persona se queda mejor», cuenta.

Otra clave es poner cierta distancia para sobrellevar tanto drama ajeno: «Me moriría si todos estos problemas me afectaran. Hay que tener una cierta empatía pero también mantenerte al margen, y ser un poco objetivo. Si me cargara con esos problemas, no podría dormir».

Y habla el padre Mario de una sociedad acelerada, atribulada y egoísta, sin tiempo ni ganas para atender los problemas del resto. «A veces te enorgulleces un poco cuando ves que alguien que tenía una adicción ha conseguido dejarla, salir adelante, formar una familia. Otras veces no, la persona ha recaído y ha sido incapaz de salir de lo hundida que estaba, pero eso es la vida», concede este padre rogacionista napolitano.

En 1978 Mario cambió Italia por Tarragona y ahora es una institución en este consultorio que mira a los abismos de la vida con la intención bienhechora de reparar el alma. «Uno se quería suicidar. Había bebido y estaba en La Riba. Me dijo que se iba a tirar debajo de un tren. Le dije que para suicidarse tendría que venir a Tarragona. ¡En La Riba pasan muy pocos trenes!», recuerda entre risas. El recurso humorístico sirvió y evitó un desenlace fatal.

La receta es básica. «No hay que mirar el reloj. Hay que escuchar y escuchar», cuenta Mario, antes del próximo ring ring. En ese ‘¿Dígame?’ a veces intempestivo pero siempre auxiliador está el principio de la solución.

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