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Turno de noche: El vigía del puerto de Tarragona

Ramón Andrés, cabo de la policía portuaria, lleva 34 años viendo crecer el Port y cazando a delincuentes. Tutela el Gran Hermano de cámaras. Pone multas, ayuda a ancianas y detiene peleas

Raúl Cosano

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Ramón Andrés, en el control, durante un turno de noche. Foto: Lluís Milián

Ramón Andrés, en el control, durante un turno de noche. Foto: Lluís Milián

De noche la inmensidad del Port es brutal, casi hostil. Ramón Andrés se desenvuelve bien en las carreteras desiertas, entre silos y depósitos. Pasa algún marinero, a veces bebido, pero en general reina la paz. «Tienes que estar alerta y vigilar las zonas más vulnerables, por donde se podría colar alguien», cuenta Ramón, ahora ‘in situ’, pero a veces convertido en los mil ojos que vigilan el Port. Es cabo de la policía portuaria y ahora le toca el turno de noche. «Empezamos siempre con el briefing», cuenta desde la sala de control, un Gran Hermano para ver todo lo que captan las cámaras, incluso los buques que entran por la bocana. Luego tocan las patrullas preventivas: deambular en coche, moto o furgón entre los muelles para ver que todo está bajo control o para vigilar que nadie camina por el puente móvil y se puede levantar. 

«Tengo el título de patrón, y también salimos al mar con la embarcación si hay algún problema», cuenta Ramón. La labor de la policía portuaria es amplia. Pueden poner multas a un coche mal estacionado en el paseo marítimo o denunciar a un tipo que se ha colado en un muelle para robar. «Abarcamos no sólo la zona más allá de la barrera, sino espacios públicos como El Serrallo o la escollera», cuenta Ramón.

Colaboran con otras fuerzas policiales en ese control de la seguridad que también incluye, por ejemplo, los controles de alcoholemia. El turno de noche es más tranquilo, pero eso no exime de riesgos. De las ocho horas de jornada, seis las pasan patrullando, arriba y abajo, por esa vastísima ciudad de embarcadores e industria junto al mar. «De noche pueden darse las actividades más peligrosas. Intento coordinar el servicio para acudir allí donde sea más necesario», explica Ramón, algo así como un detective con el sexto sentido para atajar problemas. «Hay que andar con ojo ante aquellas cosas que no están claras. Un vehículo aparcado donde no debería haber nadie, alguien con un comportamiento extraño y sospechoso. Nunca seguimos un mismo camino. Vamos cambiando, intentando que perciban nuestra presencia, disuadiendo...». 

En la noche se palpa el silencio. Una gaviota que vuela bajo entre naves. Rotondas deshabitadas. Una hilera larguísima de camiones que esperan las primeras luces del día para entrar. 

Pero media vida en este oficio da para mucho. «La noche cuesta. Te cambia el ritmo de vida y por el día no puedes dormir igual de bien», avisa Ramón, testigo de incidencias y anécdotas. Hay una parte oscura. «Como policía debes ponerte una coraza para que no te afecte. Aquí hemos visto accidentes, heridos graves, muertos, infartos, nos hemos visto envueltos en peleas, nos han pegado... Se trata de que todo eso se quede en la taquilla al irte». 

Son clásicas las imágenes de la policía portuaria patrullando por aquel Port Esportiu convertido en jungla del ocio nocturno de fin de semana, antes de morir de éxito. «Nuestra labor es muy diversa. La gente nos odia y nos quiere a la vez», recuerda Ramón.

Les odia si le cazan a uno en un control por el Moll de Costa con un chupito de más, pero se les quiere cuando acompañan a una abuelita del Serrallo a sacar dinero de un banco donde duerme un indigente, o cuando ponen orden en el caos de un restaurante que da mesa en función de quién coge número antes. «Eso nos pasó hace años, tuvimos que intervenir y dar los números nosotros porque no había quien se aclarara», relata Ramón, que es el ojo que todo lo ve en el Port desde su atalaya o en plena navegación. Ni los vertidos ilegales de los barcos fondeados escapan de su radar.

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