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Turno de noche: La ley que no duerme

Es el abogado al que todo el mundo tiene derecho, aunque sea a las tantas. En pocos minutos Joan Corominas cambia el pijama por el traje. Asiste al detenido de madrugada. Ladrones, conductores ebrios o agresores son sus clientes

Raúl Cosano

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El abogado Joan Corominas, en su despacho, durante la guardia en un turno de oficio. Foto: Lluís Milián

El abogado Joan Corominas, en su despacho, durante la guardia en un turno de oficio. Foto: Lluís Milián

El ‘caco’ de turno ve a Joan de madrugada y se relaja. Sabe que ya queda menos para salir de comisaría. Allí ha ido a parar tras robar en una tienda a las tantas. Ha pedido abogado de oficio, y por eso acude raudo Joan Corominas (46 años), que en pocos minutos ha cambiado el pijama por el traje. «Somos el primer contacto con el detenido, la asistencia inicial. Le hacemos la primera entrevista, luego asistimos a la declaración. A partir de ahí, o dejan libre al cliente o lo pasan a los juzgados, donde vuelve a declarar. El juez decide si va a prisión o le deja libre, y le pone medidas cautelares», cuenta Joan. Él forma parte del turno de oficio de Valls, El Vendrell y Tarragona, y también en el de menores. «Hacemos guardias de 24 horas, y nos toca ir cuando nos llaman», dice. Es el abogado al que todo el mundo tiene derecho, como en las películas.

El turno de oficio es la mejor conexión con el pálpito de la calle. «Se hace duro pero he aprendido mucho», dice Joan. En ese mundillo conoce a jueces, fiscales o funcionarios y también se topa con la realidad intempestiva. «Sobre todo tenemos pequeños hurtos o robos. También hay casos de violencia doméstica o agresiones vinculadas al ocio nocturno, a las afueras de discotecas».

Joan recuerda a «un matrimonio que robó ropa de El Corte Inglés» o a aquellos delincuentes habituales: «Si hay alguien reincidente, te pones a explicarle las cosas y ya las sabe mejor que yo». Son, generalmente, personas sin recursos, gente que de otra manera no podría acceder a la justicia. «Hay algunos que tienen prisa en salir y otros que saben que a lo mejor se tienen que esperar al día siguiente, y lo asumen».

Luego están las alcoholemias, otra incidencia básicamente nocturna. «Ahí es difícil conseguir alguna cosa. Lo único que puedes hacer es conformarte, pero antes buscas en el atestado algún error, como que el alcoholímetro no estaba equilibrado o que la prueba no se la hicieron cuando tocaba».

Joan está en el turno de oficio, una opción voluntaria para los abogados, casi por vocación. «Es mi aportación a la sociedad. Ayudas a mucha gente, que en general no tiene recursos, y no te compensa. A veces tienes que hacer tres viajes, pagar la gasolina... no te sale a cuenta, pero lo hago como contribución».

En esas diatribas de madrugada casi todos se conocen: «Antes ibas a comisaría, acababas con un cliente y te decían que te esperaras, porque entraba otro caso. Ahora no. Hay un call center que distribuye los casos que entran entre los letrados de guardia».

Las llamadas suelen llegar entre las 22 h. y las 0.00 horas. A veces las gestiones de cada caso se prolongan durante días. «Por la noche todo se despacha más rápido, porque hay menos gente, pero no es raro que te den las dos de la mañana», relata. Una vez acaba su asistencia como abogado al que todo el mundo tiene derecho, entra en juego la empatía con el cliente: «Ahora pueden llamar ellos mismos, porque tienen derecho a una llamada, pero a veces me piden que telefonee a fulanito, a algún familiar, y lo hago».

Otras veces le toca hacer de chófer o prestarle cinco euros para coger el bus, gajes de un turno de oficio con su parte nocturna y exigente. «Me gusta hacerlo y tampoco me supone un desgaste. Te planificas y sabes con mucha antelación que aquella noche tienes que estar disponible», cuenta.

Dice que las anécdotas, algunas escabrosas, dan para escribir un libro. Él recuerda, en el colmo de las estampas grotescas del turno de oficio, aquella vez en que se vio con unos Mossos d’Esquadra buscando en una masía las gallinas que alguien había robado.

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