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Turno de noche: Más que apagar fuegos

No sólo de sofocar incendios vive. El bombero Ignasi López socorre en accidentes, rescata gatos o recupera gafas a ancianas. Entre tanto subidón nocturno, procura dormir

Raúl Cosano

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Ignasi López, durante una jornada de noche en el parque de bomberos de Tarragona. Foto: Lluís Milián

Ignasi López, durante una jornada de noche en el parque de bomberos de Tarragona. Foto: Lluís Milián

Lo de menos es apagar fuegos. Ignasi recuerda diversos rescates de gatos, un servicio clásico, pero también aquella vez en que se escaparon varios caballos por la autopista tras un accidente y hubo que domarlos y recogerlos. O cuando una señora mayor telefoneó para que socorrieran a sus gafas, caídas sobre una tela en un patio interior. «Esa mujer necesitaba sus gafas. Eran importantes y por eso nos llamó», cuenta Ignasi (40 años), durante un turno de noche en el Parc de Bombers de Tarragona. En realidad, el turno incluye también el día. «Hacemos jornadas de 24 horas. De 7 h. de la mañana a 7 h. Somos un grupo de retén, estamos a la espera de que pasen cosas», dice.

En un parque como el de Tarragona las salidas nocturnas son habituales. Por el día hacen revisión de vehículos, prácticas y algo de deporte; por la noche toca descansar, en la medida de lo posible, y estar alerta por si hay servicio. «Tenemos habitaciones y procuramos descansar. Cuando hay salida te suena la sirena y te tienes que ir rápido. Eso te rompe el ciclo del sueño, pero hay que acostumbrarse», comenta. Ignasi lo lleva bien. Es capaz de arañarle al reloj unos minutos, de aprovechar los ratos para dormir, incluso habiendo regresado de un servicio con la adrenalina desbocada. «A algunos compañeros les cuesta más. Yo tengo buen dormir, a no ser que hayamos tenido una salida muy fuerte», admite.

Aperturas de viviendas, gente mayor que se cae, otros que se han dejado las llaves dentro, un contenedor quemado, fuego en descampados de Ponent y algún incendio de cocina marcan la rutina nocturna en Tarragona. «Recuerdo que hace unos años en la noche de Sant Joan no parabas. No podías dormir porque era ir de un fuego a otro. Eso ha cambiado un poco ya porque la gente está más concienciada. En grandes incendios forestales también sabes que no acabas hasta que te llega el relevo», afirma. En función de lo ajetreado del turno, toca recuperar más o menos sueño a la mañana siguiente en casa. Eso sí, a una jornada de 24 horas le siguen tres días de descanso.

Durante las noches se duerme pero siempre en guardia. En unos minutos Ignasi se monta en el caminón y llega allí donde hagan falta los bomberos: «Recibimos la llamada del 112, el que está en el teléfono recoge los datos, llama por el altavoz al sargento responsable de turno y se hace el llamamiento al resto, en función del tipo de servicio que sea».

Ignasi fue primero auxiliar forestal. Ahí le entró el gusanillo. «Yo veía esto como algo muy lejano. Pero un amigo me convenció para que entrara de forestal y me gustó. Entonces me preparé y luché para ser bombero».

La parte más gratificante tiene que ver con las personas. «Trabajé en L’Ametlla muchos años. Lo mejor era ir a los accidentes de tráfico y ayudar a la gente. Sacar a alguien atrapado, ponerle a salvo, llevarle al hospital... y al día siguiente ver en el periódico que en ese accidente sólo había heridos y que esa gente se salvó».

Lo peor también tiene que ver con los siniestros sobre el asfalto. «La parte más cruda es cuando se te muere alguien. Es lo más triste. Si llegas y la persona está muerta, es distinto, porque ya no has podido hacer nada. Pero si se mueren mientras les asistes es lo peor. No me ha pasado muchas veces, dos o tres, pero sí recuerdo sus caras. Ahí es cuando tienes que hacer el corazón fuerte».

Ignasi, en este tiempo, no ha pasado miedo, y cruza los dedos: «Lo más parecido ha sido algún incendio forestal en el que se te enciende el árbol cerca y parece que se te vaya a caer encima».

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