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Turno de noche: el supervisor de farolas en Tarragona

Rafael Cañete es inspector de alumbrado público y técnico municipal. En su cabeza están los 31.900 puntos de luz que tiene Tarragona. Por el día recoge quejas vecinales. Por la noche patrulla la ciudad y detecta los fallos

Raúl Cosano

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Rafael Cañete, durante su ronda nocturna, en la Avinguda President Lluís Companys. Foto: Lluís Milián

Rafael Cañete, durante su ronda nocturna, en la Avinguda President Lluís Companys. Foto: Lluís Milián

Si usted conoce a Rafael Cañete (57 años) y no le saluda cuando se lo cruza por la calle no se lo tenga en cuenta. Seguramente ande mirando más al cielo que al suelo, porque su vista siempre va alzada, como fiscalizando esa farola díscola o perezosa. «Es deformación profesional. Mi mujer y mi hijo me riñen por ir mirando para arriba siempre», admite. Cumple 34 años en la brigada municipal, primero como electricista y desde 1985 como inspector. Ahora no arregla, pero revisa, controla, vigila y reclama al mantenimiento de la firma SECE que solvente cuanto antes la incidencia. «Soy electricista de formación. Esa ha sido siempre mi pasión. Mi día a día es el alumbrado. Me gusta desde siempre», cuenta.

La jornada de Rafael, cordobés pero tarraconense de adopción, tiene dos partes; una diurna en la que, como técnico municipal, navega entre instancias, quejas y llamadas de vecinos con una protesta cotidiana: la farola más próxima a mi casa no alumbra. Dos veces por semana Rafael se pone nocturno. «Voy con los de mantenimiento. Hacemos recorridos aleatorios por la ciudad para ver cómo están las farolas. Vigilamos que la empresa cumpla y que se han solucionado las incidencias. Si detectamos alguna, la anotamos y damos parte».

Rafael tiene en su cabeza el mapa de los 31.900 puntos de luz que hay en la ciudad. La perspectiva histórica corre de su parte. «En 1985 sólo había 4.500 puntos. En aquellos tiempos la mayoría eran lámparas de vapor de mercurio de alta presión. Desde hace un tiempo Tarragona sufrió una gran transformación y pasó a tener lámparas de halogenuros metálicos. Eso supuso bajar de consumo y ahorrar en una gran cantidad de coste energético», cuenta.

Ahora lo más moderno es colocar lámparas LED, instaladas ya en lugares tan clásicos como la calle Major, donde el vapor de mercurio daba muchos problemas. Eso sí, esa reliquia al borde de la jubilación se conserva aún en zonas como Cala Romana.

Rafael hace en coche una ruta dos veces por semana que abarca trayectos al azar, para comprender un terreno vasto que va de Bonavista a Ferran. «Los principales problemas que nos encontramos son lámparas que se agotan y se apagan. Entonces hay que sustituirlas. Vemos muchos problemas de vandalismo, como en la zona del Francolí o en el polígono al lado de las Gavarres».

El robo de cobre convive con el azaroso destino de farolas que, de un día para otro, se paran. «Normalmente son los vecinos los que te llaman y te notifican que ha pasado algo, que un punto de luz no funciona». Su periplo suele empezar a las 19 horas y alargarse hasta las 23 h. o las 0.00 h., aunque varía en función de la estación del año. Los paneles con un reloj astronómico determinan, en un proceso automático en función de la latitud y la longitud, cuándo se deben encender las farolas, y cada día varía unos minutos, según la luz solar que llegue.

En invierno, hacia las 17.30 horas, ya se prende el alumbrado; en verano, justo antes de San Juan, el tope máximo llega a las 21.50 horas. A veces es imperceptible para el ciudadano, como ese ‘truco’ un poco Smart: «A las 0.00 h. baja el rendimiento del alumbrado. El flujo se reduce a un 65%. Al haber menos gente por la calle, desciende la luminosidad. El ojo humano casi no lo nota».

En ese pasar desapercibido está la clave: «Que vuelva a funcionar una farola me llena de satisfacción, aunque en el mantenimiento hay un dicho no escrito: lo mejor es que no hablen de ti, ni para bien ni para mal. Entonces es que las cosas están yendo bien»

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