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Un vino de altura con esencia URV

Pilar Gracia y Ernest Guasch estudiaron Enología en la URV y han creado Bodegas Bal Minuta, un proyecto en el que han plantado las viñas más altas de la península Ibérica

Teresa Bretos

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Ernest Guasch y Pilar Gracia mostrando las cepas que plantaron en Barbenuta. FOTO: Bodegas Bal Minuta

Ernest Guasch y Pilar Gracia mostrando las cepas que plantaron en Barbenuta. FOTO: Bodegas Bal Minuta

Barbenuta es un municipio del pirineo de Huesca situado a más de mil metros de altura. El pueblo estuvo deshabitado hasta diciembre de 2016, momento en que Pilar Gracia y su marido Ernest Guasch, ambos enólogos, se asentaron en la antigua casa de la familia materna de Pilar. Su sueño era poner en marcha un proyecto para cultivar viña de altura, idea que se gestó mientras estudiaban enología en la Universitat Rovira i Virgili (URV).

«Cuando nos conocimos estudiando en la Universidad, ya se hablaba mucho del cambio climático y empezamos a pensar en plantar viña de altura», explican. Su primera experiencia con este tipo de vid fue en Les, un pueblo de la Vall d’Aran, en el año 2011 con una plantación experimental, pero paralelamente también decidieron plantar en Aragón, entre otras cosas, por la posibilidad que les ofrecían las tierras familiares. 

«Tarragona en mi vida es un punto de inflexión»

Ambos recuerdan con cierta nostalgia y cariño su paso por Tarragona donde estudiaron y comenzaron su relación. Pilar estudiaba química en Zaragoza, de donde es natural, y un profesor le habló de enología y le recomendó estudiar en la Rovira i Virgili. Por su parte, Ernest, que es de Barcelona e ingeniero agrícola, decidió complementar su formación como enólogo en la misma universidad. Una vez terminada la carrera, trabajaron en el Priorat y de su experiencia cuentan que han aplicado técnicas, sobre todo en bodega. «Trabajé en Mas Perinet», comenta Pilar, «y eso me brindó la oportunidad de probar cosas nuevas y experimentar». Ernest trabajó en la bodega Masía Duch, una de las más antiguas de la DO Priorat, además de en el Penedès y Chile. 

«Queríamos hacer vinos frescos, con más acidez, y lo hemos conseguido»

Los comienzos fueron muy duros. Para poner en marcha la plantación necesitaban recursos económicos y crearon una empresa de jardinería y limpieza de la cual tuvieron que vender una parte porque requería demasiada dedicación y les desviaba de su verdadero objetivo: producir vino de altura.

«Hemos hecho muchas cosas en las que nos hemos equivocado, pero también hemos aprendido»

En 2016 sacaron su primer caldo al mercado y ahora ya comercializan aproximadamente cerca de 4.000 botellas al año. A pesar de que gozan de un microclima favorable, nunca están exentos de las inclemencias del tiempo y en los dos años anteriores han sufrido heladas que mermaron su producción. Este 2019 parece que por fin la cosecha será buena y tendrán una producción regular, pero lo dicen flojito porque no quieren que los vientos que soplan en el valle se lleven los buenos presagios. Definen sus vinos como «frescos» porque al plantar a 1.300 metros de altura han encontrado lo que buscaban: vinos con menos graduación alcohólica y más ácidos que combinan con más tipos de alimentos y no saturan tanto. «No todo el mundo puede hacer lo que hacemos nosotros», comenta Ernest, «porque estamos en una zona única». 

«Trabajando y con ganas, las cosas acaban funcionando»

Desde el principio han trabajado «sin herbicidas, todo manual, con preventivos», aunque no tienen el sello de ecológico. Por ejemplo, actualmente para segar la hierba se ayudan de ovejas y ocas. Para que las ovejas no se coman los pampos les ponen unos bozales que impiden que accedan a las partes tiernas de la vid. De hecho, hace poco se han estrenado en las redes sociales compartiendo estas y otras experiencias de vida en el mundo rural, pero sobre todo divulgando su conocimiento y su aprendizaje. 

«El vino del Priorat es  tan intenso en todo, te envuelve tanto, que es una maravilla»

Las labores de campo las llevan a cabo los dos solos y puntualmente reciben ayuda. Se consideran afortunados, pero en realidad detrás de bodegas Bal Minuta (nombre que recibe su bodega y que tiene su origen en el nombre antiguo de Barbenuta) hay mucho trabajo. Pero los sueños no terminan y ya piensan en la nueva bodega: «tenemos el campo elegido», comentan. Sin embargo, mucho antes, este mismo julio tienen pensado volver al lugar en el que empezó todo, Tarragona, para compartir buenos momentos con amigos.

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