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Una ciudad llena de visitantes y cerrada

El dilema. Miles de cruceristas llegarán a Tarragona en domingo y se toparán con las persianas bajadas

Álex Saldaña

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Turistas en la Part Alta, la única zona de la ciudad declarada como turística.  FOTO: pere ferré

Turistas en la Part Alta, la única zona de la ciudad declarada como turística. FOTO: pere ferré

Tarragona es una ciudad tan especial –lo dejaremos así– que incluso cuando tiene éxito éste se le revierte en un problema. Es lo que ha sucedido con los cruceros, donde un trabajo bien hecho por mucha gente ha multiplicado los turistas que visitarán la ciudad a bordo de tan anhelados trasatlánticos. La temporada de este año, durante la cual Tarragona recibirá a más cruceristas que nunca, arranca de manera inminente y llega con una singularidad –y he aquí el problema–: 27 embarcaciones atracarán en el puerto de la ciudad en domingo y descargarán un total de 72.358 pasajeros. 

Cualquiera podría pensar que se trata de una gran noticia, que no hay mejor día para conocer la ciudad que un domingo, cuando el tráfico se reduce, las familias salen a pasear o a echar el vermut, hay un mercadillo de antigüedades en los alrededores de la Catedral... Incluso a veces coincide con alguna feria, como la del aceite o el vino, que, sin duda, atraerán la atención de los visitantes.

Sin embargo, tan buenas perspectivas se ven empañadas por el hecho de que todos estos turistas se podrían encontrar con una ciudad cerrada. De hecho, algunos sectores y entidades, entre ellas la Cambra de Comerç, ya han mostrado públicamente su preocupación por la mala imagen que pueda proyectar entre los turistas una ciudad con todos los comercios del centro con la persiana bajada. Además, claro está, de lo que ven como una oportunidad perdida para incrementar sus cifras de negocio con las previsibles compras que podrían efectuar todos estos visitantes.

En este sentido, la presidenta del ente cameral, Laura Roigé, defendía hace unos días en estas mismas páginas el derecho de los comerciantes de Tarragona a competir en igualdad de condiciones que sus colegas de Altafulla, Cambrils o Salou, municipios declarados zonas turísticas y que, como tales, gozan de la prerrogativa de abrir los comercios los domingos.

De hecho, el pleno del Ayuntamiento de Tarragona ya aprobó en junio de 2017 una moción a propuesta del grupo de Ciudadanos en la que se propugnaba que el conjunto de la ciudad sea municipio turístico –actualmente sólo tiene esta consideración la Part Alta–. No obstante, las gestiones para obtener esta declaración no se han llevado a cabo. La concejal de Comerç, Elvira Ferrando, anunció recientemente que «en un breve periodo de tiempo» se iniciará la tramitación para adjudicar a una consultora externa el informe técnico de evaluación. «No podemos hacer nada sin saber las ventajas e inconvenientes que esta declaración tendrá sobre el conjunto del comercio de la ciudad. A partir de ahí, con las recomendaciones que nos hagan, se iniciará la tramitación», dijo la edil, quien recuerda que en 2015 se creó la Zona d’Acolliment de Creueristes, a la que se han adherido 41 negocios que pueden abrir los domingos, como ya pueden hacerlo también las tiendas de menos de 300 metros cuadrados que sean una pyme. «Lo que no podemos hacer, dice Ferrando, es obligar a los comerciantes a abrir sus tiendas».

Y es que los comerciantes tampoco lo tienen claro. Por un lado, son conscientes de la presión que cae sobre ellos y de que para subsistir tendrán que cambiar algunas formas de hacer. No sólo por los cruceros, sino para competir con un comercio online cada vez más potente y que, este sí, está abierto 24 horas los siete días de la semana. 

Sin embargo, también resulta fácil de entender sus recelos, pues levantar las persianas en un domingo representa para los pequeños comerciantes, más allá de un impedimento para disfrutar de un día en familia, un importante gasto, sobre todo en el capítulo de personal, que muchos de ellos no están en condiciones de asumir. Por lo que, independientemente de que les permitan abrir, no serían muchos los que aprovecharan esta posibilidad.

Así las cosas, volvemos al inicio: Tarragona tiene un problema. Recibirá a un gran número de turistas que se encontrarán con una ciudad cerrada. Y créanme que la valoración de la ciudad que se lleven estos turistas –y que será la que luego propaguen entre su círculo de amigos– no será precisamente positiva. 

El año pasado, en pleno festival de Tarraco Viva, en un domingo en que coincidían las luchas de gladiadores con un espectáculo aéreo de la Patrulla Águila y, por tanto, con la ciudad llena de visitantes, me topé con tres turistas que buscaban infructuosamente un restaurante donde comer por el centro. Nada. Imposible. O cerrados –muchos– o repletos –el resto–. Al final montaron en su coche y se fueron a comer a Les Gavarres, mientras se quejaban amargamente de «una ciudad bonita que organiza actos impresionantes y que, sin embargo, no te ofrece dónde comer». Pues eso.

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