Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

Una escuela renace en las montañas de Mont-ral

La Escola El Bosc ha reabierto este curso tras dieciocho años cerrada. Su modelo está enfocado hacia la educación viva y activa

Mònica Just

Whatsapp
Los niños llevan días trabajando en una incubadora. La han creado ellos e incluso han realizado la instalación eléctrica.  Foto: Alba Mariné

Los niños llevan días trabajando en una incubadora. La han creado ellos e incluso han realizado la instalación eléctrica. Foto: Alba Mariné

Los alumnos de la Escola El Bosc de Mont-ral no tienen libros. En el centro hay pocos pupitres. Tampoco cierran las puertas. Es un espacio diáfano, distribuido en distintos ambientes de aprendizaje. Siguen el programa, pero el proceso es diferente. El adulto no marca. Acompaña. Todo ello está englobado en un modelo de educación viva y activa, en el aprendizaje experimental. La escuela ha renacido este curso después de permanecer cerrada 18 años. Solo han pasado seis meses pero sus diez alumnos ya se han adaptado al proyecto.

La idea de recuperar la escuela nació de un grupo de padres que apostaba por un modelo alternativo. Se agruparon y empezaron a moverse con el fin de encontrar algún maestro interesado en liderar el proyecto. «Yo acompañé a una amiga que estaba valorando la opción. Pero a medida que ella se iba desvinculando, yo me fui interesando cada vez más. Y estoy muy contenta. También vienen aquí mis dos hijos», explica Eva Gilabert, directora del centro. Junto a ella, Judit Giró trabaja también a tiempo completo en El Bosc. Ambas han pasado antes por otras experiencias y han trabajado en varios modelos educativos. Ahora van de la mano para consolidar la propuesta de escuela activa de Mont-ral.

En El Bosc tienen catorce espacios diferenciados, y en cada uno hay una veintena de actividades. Tienen que ir pasando por los distintos rincones para realizarlas, y rellenar fichas. Todo tiene su orden y el aprendizaje es transversal. Pero el orden es diferente. Los martes salen al bosque, donde trabajan el medio natural y social en directo. Pero también pueden medir los animales, realizar cálculos o adentrarse en otras disciplinas. Todo es muy experimental. Los miércoles hablan en inglés todo el día. También hacen costura y cosen bolsitas que llenan de hierbas aromáticas que ellos misman recogen. Las venden y los beneficios revierten en la escuela. Cocinan y hacen repostería. Y tienen una pequeña carpintería. Cada alumno avanza a su ritmo, pero todos alcanzan los conocimientos, asegura la directora. «No estamos aquí encerrados, sino que miramos hacia el exterior», remarca Gilabert. Es un proyecto de comunidad educativa, con la implicación del Ayuntamiento, la gente del pueblo, y los padres, que en la medida de sus posibilidades tratan de colaborar con el día a día del centro.

Los pequeños se han adaptado rápidamente. Los mayores, los de tercero de primaria acostumbrados a la educación convencional, han tenido que ‘reeducarse’ y empezar a concebir desde cero el modelo de escuela. «Es todavía pronto pero en seis meses ya vemos los resultados», dice la directora. Trabajan conjuntamente. Esta semana, por ejemplo, preparaban una incubadora. Habían realizado una instalación eléctrica para que funcione. Es solo un ejemplo. Pero tenía a todos los niños implicados. Mientras, un padre que trabaja en plantel ecológico, les propuso otra actividad.

Los alumnos de El Bosc tampoco tienen deberes. «Están aquí desde las 8.45 a las 17 horas. Y nueve de diez se quedan a comer. Es suficiente. Este es su horario de trabajo y no hace falta más», explica la directora, quien se muestra entusiasmada por el hecho de «poder crear desde cero un proyecto en el que crees». Antes, viajó por otros países, donde pudo recoger varias ideas. «Y que se trate de una pequeña comunidad hace que sea más fácil mediar. Todo se difumina más, incluso las alteraciones de conducta que puedan tener los niños», añade.

También hay maestros itinerantes que recorren los centros de la Zona Escolar Rural (ZER) El Francolí, formada por El Bosc de Mont-ral, Els Til·lers de La Masó, la Rocabruna de Picamoixons y la Escola La Riba. Amalia Bel es la maestra de música y trabaja a caballo entre estas escuelas. «Es un proyecto conjunto, aunque cada centro tiene sus peculiaridades», dice. Y afirma que es «muy enriquecedor» poder conocer tantas realidades distintas.

Pequeña, de pueblo y pública

Dicen que la escuela rural es la escuela de las tres ‘P’: pequeña, de pueblo y pública. Dinamiza parte de la vida del pueblo, aglutina actividades y es un punto de encuentro. Tiene unas ventajas que la convierten en un modelo de referencia. La propia consellera d’Ensenyament, Meritxell Ruiz, se ha referido a ella en más de una ocasión como la «joya» de la educación en Catalunya. Se caracteriza por la proximidad, la flexibilidad y la interacción. Es un modelo que no lo tiene fácil y a menudo lucha a contracorriente para evitar desaparecer. Y tiene sus pros y sus contras. La directora de El Bosc es consciente de la situación. De los valores y de los hándicaps. «Por una parte, es educación personalizada y hay más conocimiento por parte de las familias. Pero también falta diversidad», apunta.

Ella cree en su modelo. En la reflexión y el diálogo en la resolución de conflictos . En sus valores. Tiene cuatro años para afianzar el proyecto. De momento, ha arrancado a buen ritmo.

Temas

  • COMARQUES

Lea También