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Una estudiante de Tarragona, con el legado modernista de Tarragona

Marta Prunera presenta un proyecto de activación patrimonial de la Quinta de Sant Rafael y el Parc de la Ciutat. El objetivo es convertir el espacio en un centro cultural

Amalia Alonso

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El trabajo de Prunera pretende recuperar la esencia original de la finca y crear un diálogo y un vínculo entre la casa y el jardín FOTO: LLUÍS MILIÁN FOTO: DT FOTO: 06 FIR.FOTO

El trabajo de Prunera pretende recuperar la esencia original de la finca y crear un diálogo y un vínculo entre la casa y el jardín FOTO: LLUÍS MILIÁN FOTO: DT FOTO: 06 FIR.FOTO

Cuando pensamos en Tarragona, en seguida pensamos en la Part Alta, y cuando hablamos de su patrimonio histórico y cultural, nuestra mente se traslada a la época romana. Sin embargo, la ciudad ha sido el centro de confluencia de muchos estilos y tendencias que, en la actualidad, quedan en un segundo plano. Un claro ejemplo, es el legado modernista, tan importante y, al mismo tiempo, tan invisible incluso para los tarraconenses. El edificio más famoso de esta corriente artística es el teatro Metropol, obra de Josep Maria Jujol, estrecho colaborador de Gaudí, pero hay muchos otros, como el simbólico Balcó del Mediterrani o la antigua fábrica de la Chartreuse. Así pues, la Quinta de Sant Rafael y el Parc de la Ciutat son una muestra más de esta herencia olvidada y abandonada.

«He vivido toda mi vida delante y siempre he tenido la ilusión de poder ver este espacio lleno de vida otra vez», explica Marta Prunera de 24 años sobre la Quinta y sus jardines. Graduada en Conservació i Restauració de Béns Culturals y con un master en Gestió del Patrimoni Cultural i Museologia, su formación le ha dado las herramientas para materializar este sueño. «Mi trabajo final me exigía buscar un proyecto y, desde el principio, tuve claro que quería centrarme en lugares de Tarragona», añade. Después de un año dedicado a la investigación, el pasado mes de setiembre Prunera recibió matrícula de honor por su análisis y propuesta de activación patrimonial de la casa y su entorno.

Rafael Puig i Valls, ingeniero forestal y amante del medio natural tarraconense, mandó construir el año 1912 la Quinta de Sant Rafael como residencia de reposo. «Puig i Valls era un transgresor en su época», opina Prunera. «Fundó la Festa de l’arbre, pero hizo mucho más, transmitió el amor por la naturaleza y la importancia de educar a los más pequeños con estos valores», continua. Juli Maria Fossas i Martínez, el arquitecto a cargo del proyecto, tuvo en cuenta estos intereses y creó una casa modernista rodeada de unos jardines de estilo romántico inglés donde se plantaron y catalogaron centenares de especies naturales.

Desde la muerte de Puig i Valls, el año 1920, la casa fue pasando generación tras generación hasta llegar a manos del ayuntamiento de la ciudad en los 80. A partir de ese momento, se han puesto distintas propuestas de reactivación sobre la mesa pero nunca han llegado a ver la luz. Ahora, Marta Prunera plantea recuperar el espíritu original de ambos espacios. «El problema es que siempre se han tratado por separado y se han asociado los valores culturales a la casa, cuando no es así como se concibió el lugar. He querido crear un diálogo, un vínculo y una sinergia entre los dos protagonistas: la casa y el jardín», comenta.

En primer lugar, el parque se convertiría en una sala expositiva al aire libre. Poemas de amor por la naturaleza del antiguo dueño introducirían al ciudadano a un jardín didáctico y donde los artistas contemporáneos del territorio pudiesen dar a conocer sus obras. También se sugiere la idea de construir un bar modernista y habilitar algunas zonas para estanques y fuentes. Por otro lado, la casa cumpliría tres funciones: lugar expositivo, espacio para la investigación y punto de diálogo y debate. Así pues, la planta baja acogería una exposición permanente sobre la historia de la casa y la figura de Rafael Puig i Valls además de la presentación del legado modernista del Camp de Tarragona. En el segundo piso se instalaría una sala polivalente para realizar actividades didácticas para niños además de exhibiciones temporales de fondos públicos, como por ejemplo los trabajos de los estudiantes de arquitectura o de la escuela de arte, o privados, como colecciones particulares de fotografías antiguas de la ciudad. Por último, la parte de arriba sería un mirador para contemplar este pequeño oasis rodeado de fachadas.

«Hice las prácticas en un centro de creadores e investigadores en el Pirineo y me inspiró mucho la conexión entre el arte y la naturaleza», reconoce Prunera. «Creo que mi propuesta no es un caso aislado, hay muchos centros que trabajan la misma temática», asegura. Según Prunera, la Quinta es un buen ejemplo de las consecuencias de la especulación y del abandono del patrimonio cultural. Por eso, cree que es una buena oportunidad para recuperar los valores por el medio ambiente. «La naturaleza es la principal creadora, tenemos que querer la naturaleza para que haya arte. Esta es la semilla que Rafael Puig i Valls plantó hace más de 100 años y la deberíamos seguir regando para que crezca y madure», reflexiona Prunera.

Para llevar a cabo este trabajo, Prunera también estudió el panorama cultural en la ciudad y si existía la necesidad de crear un espacio de estas características. «Este centro sería una buena manera de acercar la cultura a los barrios periféricos de la ciudad», cree. El presupuesto, basado en otros programas similares, es de 1,2 millones de euros. Asegura que se debería pactar el mecenazgo de una empresa o fundación importante del territorio para la financiación. «Soy consciente que una iniciativa como la mía es muy difícil de asumir, pero al menos me gustaría que sirviera para sensibilizar tanto a la ciudadanía como a los órganos de gobierno del estado de abandono que lleva sufriendo este espacio y muchos otros de la ciudad», remarca Prunera.

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