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Una expedición que ha supuesto un punto de inflexión en sus vidas

Ruta Inti. La edición de este año ha forjado fuertes vínculos entre personas que, ya en la primera noche de aventura, sintieron cómo se empezaba a crear una «protofamilia»

RAÚL RODRÍGUEZ GARCÍA

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Marta, Jesica y Miriam (de izquierda a derecha) en el campamento situado en Peñarrubias del Pirón, Segovia. FOTO: RUTA INTI

Marta, Jesica y Miriam (de izquierda a derecha) en el campamento situado en Peñarrubias del Pirón, Segovia. FOTO: RUTA INTI

Jesica, Miriam y Marta, las tres tarraconenses que hace poco más de un mes se adentraron en la España rural, ya están de vuelta en sus casas, con sus más allegados. Las jóvenes han disfrutado de 28 días llenos de experiencias que recuerdan entre risas, y alguna que otra lágrima, porque, sin lugar a dudas, han supuesto un punto de inflexión en sus vidas.

La inmersión en la Ruta comenzó el 25 de julio en Albacete, donde conocieron las Manchegas, el folklore popular de la Mancha. Antes de esta primera toma de contacto con el resto del grupo, tocaba despedirse de familiares y amigos, pero con una ilusión enorme. «Se venía algo bueno y grande» es lo que pensaba Jesica, una de las monitoras del proyecto, en el viaje de ida al municipio de partida.

A pesar de que en las primeras horas imperase una cierta timidez entre los inteños, como es normal, Marta desvela que ya aquella misma noche sintió como «una protofamilia empezaba a crearse». La primera luna que contemplaron fue en Letur, desde una escuela del pueblo. Uno de los focos instalados en el patio del colegio no dejó de iluminar una gran parte del mismo. Este fue uno de los motivos por los cuales Miriam no pudo dormir prácticamente, además de que la jornada de estreno fue muy intensa para la joven de Cunit.
Tal y como indica Jesica, en esta aventura han participado personas de todo tipo, con ambiciones y sueños muy distintos, unas más extrovertidas que otras, pero todas han conseguido generar un vínculo brutal y especial entre ellas. Miriam se sincera y explica que ella ha conectado con poca gente, pero tiene la sensación de conocer al grupo «de toda la vida». «Hemos conseguido traspasar el color de las camisetas», confiesa la rutera Marta, ya que no tan solo se estrechan lazos entre ellos, sino que también con el resto de departamentos, como  por ejemplo, con el equipo médico, el académico o el de comunicación.

Aunque las tres nieguen que haya habido momentos de discusión por una cuestión de respeto, todas coinciden en que, en estas semanas, sí se han vivido instantes de nervios y estrés que te unen aún más con el resto –tuvieron que evacuar un campamento a causa de una tormenta eléctrica–. Es ahí donde te muestras tú al 100% al fin y al cabo.

¿Cómo no se iban a enfrentar a circunstancias de «ya no puedo más» en una edición con estrictas restricciones por la pandemia? La Ruta se inició con pequeños grupos burbuja que impedían la relación entre ellos, los miembros no podían ni abrazarse y tenían que seguir un protocolo constante a base de gel hidroalcohólico y tres recambios de mascarilla diarios. Todo esto hasta el día número 10. Jornada que, para muchos, fue la mejor de la experiencia. La mascarilla dejó de ser obligatoria al aire libre y se pasó a contar con un único grupo formado por unas 100 personas. Marta decidió recoger por escrito –en su libreta– las sensaciones que tuvieron sus compañeros esa primera mañana de «libertad». Algunos confesaron sentirse ilusionados, pletóricos y entusiasmados.

Yeste, Numancia, Jánovas y Getaria son algunos de los lugares de la península que han podido visitar los expedicionarios. No obstante, para Jesica y Marta el castillo de Gormaz, situado en la provincia de Soria, es uno de los parajes más idílicos. Desde allí pudieron disfrutar de un cielo oscuro plagado de constelaciones, sin una pizca de contaminación que interrumpiese «esos momentos que hacen piña», explica la monitora. Por su parte, Miriam admite que volvería «pero ya» al País Vasco, quedó embelesada del paisaje pese a estar allí solo unas horas.

La última pernoctación estuvo protagonizada por un talent show donde pudieron disfrutar de actuaciones de rap, mímica o karate, e incluso de magia, interpretadas por los mismos inteños. Jesica cuenta que se preguntaban los unos a los otros cómo se sentían, ella reconoce que le recorría un sentimiento agridulce. «No quería que se acabara, pero todo tiene un final, y tenía que llegar», asume con resignación la monitora. En un momento tan especial, Miriam no durmió ni dos horas, y lo poco que durmió fue porque las ganas de fiesta sucumbieron finalmente al cansancio.

Tras escasos días de haber puesto punto y final a la expedición, la cunitense dice que no le ha dado tiempo todavía a reflexionar como tal sobre las consecuencias personales que la Ruta conlleva, pero sabe que le ha ayudado a conocer un poco más qué quiere y qué no. Marta, emocionada y en «un momento de enamoramiento» con la experiencia, detalla que ha aprendido a vivir y que no tiene intención de abandonar el programa en las próximas ediciones. Finalmente, Jesica invita a que se apunte todo aquel que esté dispuesto a autoconocerse y a ponerse al límite, ya que la Ruta Inti te obliga a hacer frente a momentos duros, pero no por ello menos positivos.
 

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