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Una nueva e inédita era para Tarragona

El análisis. Llega la hora de gobernar. Mejor hacerlo sin vetos

Álex Saldaña

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El nuevo alcalde, Pau Ricomà, conversa con su antecesor en el cargo, Josep Fèlix Ballesteros. FOTO: Pere Ferré

El nuevo alcalde, Pau Ricomà, conversa con su antecesor en el cargo, Josep Fèlix Ballesteros. FOTO: Pere Ferré

Ballesteros se verá obligado a convivir al menos durante los próximos cuatro años con la cruel paradoja de ser el candidato más votado y, sin embargo, verse abocado a ocupar la bancada de la oposición. Esa contradicción de ganar y no poder gobernar, por injusta que pueda parecer –lo parece, de hecho–, es sin embargo una situación que se repite con harta frecuencia en nuestras instituciones. Responde al sistema que nos hemos dado, donde, no siempre sucede, como decía Rajoy, que «es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde...»; en realidad, quien nombra al alcalde es el pleno. Nada fuera de la norma, pues.   

Es por ello que, una vez superado el tiempo de duelo y del derecho al pataleo, el PSC debería asumir la nueva situación, hacer un alto en el camino y, en lugar de tirar balones fuera y criticar a otros partidos, realizar un balance no exento de autocrítica para acabar de comprender qué les ha llevado a la actual posición.

«Es de esperar que los nuevos lleguen con energías para revertir esa sensación de parálisis que impera entre los ciudadanos»

Y es que el lógico desgaste de 12 años en el poder, incluso gestionando los problemas derivados de una de las crisis económicas más graves que nos ha tocado vivir, no explica por sí solo la caída de un candidato que ni siquiera se ha beneficiado del viento a favor que ha soplado para la marca socialista –o, al menos, no de manera suficiente–. 

Es verdad que la situación política de Catalunya y la coincidencia de las elecciones municipales con las europeas, a las que se presentaban Junqueras y Puigdemont, movilizaron más a los votantes independentistas, pero no es menos cierto que hay otros factores que sin duda han contribuido de forma decisiva al pase de Ballesteros a la oposición.

Y es que había –hay– en Tarragona la percepción muy extendida de que la ciudad funciona –en el caso de que funcione– como por inercia. Existía –existe– una sensación generalizada de parálisis, de falta de iniciativa, de deterioro, incluso. Quizá, como el propio Ballesteros reconocía ayer en el Diari, la apuesta por los grandes proyectos –Juegos, Mercat Central…– le haya llevado a descuidar las pequeñas cosas del día a día, esas que, paradójicamente, más inciden en la vida de las personas. Tampoco le ayudó aquel pacto –tan Frankenstein como el que ahora se pretende para la ciudad– con PP y Unió, que a tantos votantes socialistas defraudó.

Es lo que tienen los pactos, hoy más una forma de acceder al poder –o de arrebatárselo al vecino– que una verdadera confrontación de programas. Lo volvemos a ver en Tarragona, con ERC, los comunes y la CUP como equipo de gobierno, con el añadido de que necesitan los votos de Nadal pero vetan su entrada en el ejecutivo. Y cuela, que es lo más sorprendente. Pretendió el líder local de la antigua Convergència hacerse el duro poniendo sobre la mesa once «compromisos» que debían ser aceptados por Ricomà a cambio de apoyar su investidura.

Puro humo: «Cohesión de la ciudad», «que Tarragona sea un referente en la lucha contra la violencia machista», «dinamización y apoyo al comercio de proximidad»...; sólo le faltó pedir la paz en el mundo. Un compendio de lugares comunes que cualquier partido, desde la CUP hasta el PP, podría hacer suyo sin grandes problemas y que demuestra el bajo precio que puso a sus votos. 

En fin... Lo cierto es que hoy arranca una nueva etapa en la ciudad. Tan nueva, que estará comandada por el primer alcalde de ERC en la historia de Tarragona, que contará para el sustento de su equipo de gobierno con dos partidos inéditos en esto de regir los destinos de la ciudad. Claro que esto no es necesariamente malo; sobran los ejemplos que confirman que la experiencia no es aval de buen gobierno.

En todo caso, es de esperar que los nuevos lleguen con energía y, sobre todo, que entiendan que la campaña y los tiempos de pedir el voto a sus correligionarios ya han pasado, por lo que ahora toca gobernar pensando en el bien de toda la ciudad, de los que les votaron y de los que no lo hicieron.A todos ellos se deben. Mucha suerte. Por Tarragona.

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