Vacunarse a regañadientes

Son rezagados y reticentes: jóvenes que necesitan la dosis para ir a discotecas o contrarios a las vacunas ‘obligados’ por su trabajo

Raúl Cosano

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La cola de acceso al Palau d'Esports. ALBA MARINÉ

La cola de acceso al Palau d'Esports. ALBA MARINÉ

A estas alturas cada pinchazo es un triunfo absoluto, oro puro. Alba Martín, coordinadora de vacunación en el Palau d’Esports de la Anella, lo sabe bien. Por eso hace poco hizo todo lo posible por sumar una dosis más a la inmunidad colectiva. «Prácticamente habíamos acabado la vacunación del día pero llegó una chica fuera de horario. Ella había sido muy reticente pero decidió de golpe ponérsela, al momento. Entonces no perdimos la oportunidad, fuimos a buscar el vial rápido y a prepararlo todo», cuenta Martín. También lo dijo el catedrático de la URV Àlex Arenas: «A partir de ahora cada persona que se vacune será un éxito, aunque es verdad que aún queda mucha gente sin la dosis».

Tras diez meses de campaña, los desconfiados que se inoculan a regañadientes son un goteo en un Palau que nada tiene que ver con el dispositivo masivo que fue, lleno de circuitos para asumir miles de pinchazos al día durante meses. Ahora el despliegue es más modesto pero igualmente crucial. Son más o menos habituales los que recelaban, prácticamente habitando en el negacionismo, pero se han convencido con el tiempo. «Hay personas que eran reticentes pero han visto que la vacuna funciona. Es gente mayor incluso, de 70 o de 80 años que no se fiaba y que, visto cómo ha ido todo, ahora acceden. Incluso el otro día vino una persona de 90 años que en su día había rechazado pincharse y lo ha hecho ahora», explica Roser Barceló, enfermera y responsable de vacunación en el punto de Mas Iglesias, en Reus. «Llamábamos a la gente que estaba sin dosis y nos decían que preferían esperar, que no lo veían claro. Esos que dudaban ahora se están decidiendo a venir», puntualiza Barceló.

A estas alturas cada pinchazo es un éxito. Varios acuden a disgusto y con desconfianza 

La vacunación se ha desplomado una vez se han alcanzado coberturas más amplias, pero aún sigue, y lo hace con perfiles muy definidos, algo así como ‘outsiders’ que se han mantenido al margen durante más de medio año. «Vemos a gente de entre 60 y 69 años a los que en su día les tocaba ponerse AstraZeneca, no lo hicieron por todo lo que sucedió alrededor de esa marca y lo han aplazado a ahora para optar por Pfizer-BioNTech», relata Barceló.

¿Pero quién más se está vacunando en estos momentos? Básicamente los jóvenes reacios que lo necesitan para entrar en una discoteca; los que se contagiaron hace unos meses, a veces en el periodo entre dosis; los que postergaron la cita por miedo a perder días de trabajo por los efectos secundarios; y los prácticamente ‘antivacunas’ que se han visto obligados de facto, presionados por el entorno laboral o familiar.

Una cola con caras largas

Seguramente usted, una vez abierta su franja, se peleó por coger hora lo antes posible y acudió a la cita puntual y esperanzado. No siempre es así. Las caras largas abundan estos días en la cola. «Vengo a ponérmela por el trabajo. Tengo que salir de viaje, voy a Andorra y la necesito, pero no me fío de esta vacuna. Me la pongo por obligación, creo que es todo un negocio y temo los efectos secundarios. Me he resistido a ponérmela hasta ahora. Y conozco a mucha gente que piensa igual», cuenta una persona en la cola del Palau.

Cerca de allí, otro individuo, ataviado con el uniforme del trabajo, está en esa línea: «No me gustan las vacunas. No tengo ninguna puesta y esta será la primera. Me la pongo por obligación, por mis compañeros, pero no me hace ninguna gracia hacerlo. No tengo más remedio». Ni los argumentos científicos ni la evidencia de cómo el antídoto está ayudando a salir de la pandemia les sirven.

Otra casuística común es la del joven poco amigo del pinchazo que ahora, con la reapertura del ocio nocturno, se ha visto abocado a él si quiere recuperar más o menos su vida de antes. «Nos viene mucha gente joven, algunos que habían pasado la Covid hacía tiempo pero otros para poder entrar a los locales. También vienen porque van a viajar, ahora por Halloween lo estamos notando. Vienen bastantes de forma espontánea, sin cita», cuenta Alba Martín.

El aliciente de salir de fiesta

Jan Liébana (20 años) y Theo Rivero (24) se incluyen más o menos en esa categoría. «Claro que salir de fiesta es uno de los alicientes principales. Somos los únicos del grupo que no nos la hemos puesto», dice Theo. No las tenían todas consigo. Han aprovechado una actividad con su clase, cerca del Palau, para decidirse, sin muchas ganas ni convencimiento. «No soy negacionista, creo en las vacunas, pero no en esta. Creo que ha ido demasiado rápida, es todo muy dudoso. No entiendo cómo se tardan décadas en conseguir una y en esta se ha tardado tan poco», dice Theo. «He venido sin muchas ganas pero al final te ves un poco empujado, y sabes que te la van a pedir para salir de fiesta pero también para trabajar o para otras cosas», reconoce Jan, en cuyo entorno hay de todo: «La familia no me ha presionado, porque hay gente vacunada y gente que no lo está». Cuando salen del Palau, ya con el pinchazo en el brazo, son la comidilla del resto de chavales.

«No quería perder de trabajar»

Otro de los que reconoce ir tarde es Josep Maria Carreras, un salouense de 45 años, aunque en su caso por motivos muy distintos. «Sé que podía haber venido mucho antes, en concreto en el verano, pero es temporada alta para mí en mi trabajo y no podía permitirme perder un día por si me encontraba mal después del pinchazo. Mi confianza en la ciencia es total pero preferí esperarme un tiempo y seguir aplicando todas las medidas de seguridad para evitar un contagio. Ahora he tenido el momento para acudir», cuenta.

Los entornos laborales están siendo claves para empujar a los reacios a ponerse el antídoto

Otro grupo de ciudadanos son los que se infectaron hace unos meses, fundamentalmente en una quinta ola que se ensañó sobre todo con los jóvenes, y han tenido que esperar. Es el caso de Francisco García, de 23 años: «He pasado la Covid-19 dos veces, la última en verano. Me infecté antes de que me pudiera vacunar. Lo pasé mal, me afectó bastante. Tuve fibrosis pulmonar y hasta tuve que estar ingresado. Ahora vengo a vacunarme para acabar de protegerme, lo hago totalmente convencido, sobre todo después de todo lo que he pasado».

Otros dos chicos enfermaron en julio, durante la quinta ola, solo tres días después de la primera dosis, sin dar prácticamente tiempo a la generación de anticuerpos. «Lo pasamos mal, con muchos dolores en el cuerpo. Ahora nos han llamado para que nos pongamos la segunda», cuentan satisfechos.

Cargo de conciencia

Niños y niñas con los 12 años recién cumplidos o treinteañeros remisos con cargo de conciencia por tener gente vulnerable alrededor acaban de configurar las características de estos vacunados tardíos, correosos y duros de roer.

En la carrera por seguir inmunizando cada detalle cuenta, desde la presión que pueda ejercer la familia en adolescentes que no quieren la dosis a indecisos que, en un pensamiento rápido e imprevisto, optan por vacunarse sin demasiado convencimiento.

En el Palau d’Esports, con un horario mucho más restringido, se inoculan entre 250 y 350 dosis diarias contra el coronavirus, generalmente de Pfizer-BioNTech y Moderna. Ahí se incluyen también las terceras a personas mayores o con determinadas patologías, que también forman parte de la cola. Actualmente se ponen alrededor de 600 dosis al día en toda la provincia, lejos de las 7.000 y las 8.000 de media que se suministraban durante el verano.

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