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Vecinos de Torreforta: "Parecía un cohete"

Numerosas personas de los barrios de Ponent vieron cómo surcó el cielo la plancha que impactó en el bloque. «Hacía el sonido de un helicóptero», dicen. Todos recuerdan de forma sentida a Sergio, el frutero fallecido: «Era muy majo, un trozo de pan»

Raúl Cosano

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Varios vecinos, frente al bloque que recibió el impacto. Foto: Alfredo González

Varios vecinos, frente al bloque que recibió el impacto. Foto: Alfredo González

«Era un trozo de pan», reconoce el camarero del bar El jardín, en el Nou Centre, a escasos metros de donde vivía Sergio, fallecido a los 59 años en su domicilio. «Venía mucho por aquí, pero más que cliente era un amigo», cuenta, en medio de la expectación apoderada de este pedazo de barrio obrero en el que nadie se explica la fatalidad. «Era una buena persona», resume José Linares, vecino del quinto piso, dos por encima. «Teníamos amistad, coincidíamos mucho en la calle, cuando yo salía a pasear al perro, por ejemplo», explica José. 

«Era un chico muy majo, como toda la familia», recuerda una señora, clienta asidua de la frutería que regentó Sergio en un callejón entre las calles Montblanc y Amposta, junto a la conocida ferretería Dyma. «Yo iba a comprar a su tienda», recuerda Paco, vecino de Torreforta. La familia de Sergio Millán era muy popular también por sus hermanos, reconocidos coloquialmente como Los Gorditos. «Al tener esos negocios, era una familia muy conocida», relata una señora, también inquilina en esta Plaza García Lorca, donde vivían los padres del fallecido.

Vecinos de Torreforta, ante el bloque afectado de la plaza García Lorca. Foto: Alfredo González

El hermano pequeño tiene también una frutería en la calle Falset, en Torreforta. «Yo conozco a los dos hijos, y él tenía una nieta», cuenta Cristina, vecina en la carretera de Valencia, que discurre muy próxima al bloque afectado. Aún tenía el miedo en el cuerpo porque estos vecinos, como tantos otros en este Ponent sacudido por el pavor, no solo vieron el resplandor y oyeron el estruendo. También asistieron al inverosímil vuelo sobre sus cabezas de esa tapa metálica que acabó colándose en el tercero y derribando el suelo que atrapó a Sergio. «Vi la pieza pasar volando. Hacía el ruido como las hélices de un helicóptero. Era un objeto grande, iluminado. Mis hijos empezaron a llorar», añade Cristina. 

«Mi hija decía que parecía una estrella fugaz, como un cohete», cuenta Isabel Fernández, que se pasó toda la noche sin dormir. A la camarera del bar El Jardín, residente en el mismo bloque siniestrado, le pasó igual. «Con el miedo que teníamos me fui a dormir a las dos y media. Yo no quería ni volver a casa», decía mientras servía cafés a vecinos, periodistas y concejales, que se dejaban ver por la zona, mientras en la tele seguían desfilando noticias del accidente. Un día después de lo sucedido, aún mandaba la indignación ciudadana y el enojo por la falta de información y las órdenes contradictorias. «Suerte de los móviles», decía uno.

Hubo expectación prácticamente durante todo el día de vecinos que se acercaban para curiosear. Algunos, ya jubilados, fueron trabajadores de IQA, la empresa predecesora, pionera en este polígono químico que de alguna manera contribuyó al crecimiento exponencial de estos distritos. El común denominador era la incredulidad por tanto infortunio: ¿cómo ese objeto de una tonelada de peso pudo salir disparado unos 2,5 kilómetros hasta impactar en el bloque? Unos explicaban a otros lo sucedido. 

«Nosotros nos quedamos en casa sin salir», terciaba María, una vecina de El Pilar, en mitad del goteo de curiosos y de abundantes medios que se agolparon en la zona. Nadie daba crédito a lo ocurrido. José Linares creyó que «era un terremoto» y sostiene que vio «una bola de fuego pasar», describiendo esa placa mortal, de 122 centímetros, por 165 y tres de ancho, que en una trágica carambola desgarró el interior de la vivienda y provocó un derrumbe sobre el piso inferior, donde estaba Sergio, solo en el domicilio, después de que su mujer hubiera salido a la calle. «Luego llamé a mi hijo, que trabaja precisamente en la IQA», narra José, que salió como pudo del edificio instantes después del impacto: «En el tercero vi que caía un chorro de agua». No supo hasta más tarde qué había sucedido exactamente.

Hubo quien se confinó y quien salió huyendo, como otras veces. «Recuerdo que yo me fui hasta Prades», rememoraba un vecino sobre el atentado del rack de Enpetrol, en 1987, cuando hubo una diáspora masiva. Y otros también exponían su vivencia personal. La memoria colectiva de esta periferia proletaria se esculpe a base de sustos en la difícil convivencia con la química, entre atentados y accidentes. Tres décadas después parece que las cosas no han cambiado tanto. 

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