Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

Víctimas de la imagen

Medios. Redes sociales cómo Instagram, Facebook o Twitter han multiplicado la información que recibimos a través de nuestros móviles, ordenadores, tabletas y televisores

Vicente Arnal

Whatsapp
Fotograma de la película ‘La muerte viaja en vídeo’. FOTO: DT

Fotograma de la película ‘La muerte viaja en vídeo’. FOTO: DT

Estamos fascinados por la imagen. Millones de instantáneas inundan nuestros teléfonos móviles, ordenadores, tabletas, televisores y aparatos de medio mundo. Redes sociales como Instagram, Facebook o Twitter han multiplicado la exposición a un torrente de retratos incalculable. Una fascinación que en muchas ocasiones es capaz de dominarnos y empujarnos al abismo de la locura y la muerte. La película La muerte viaja en vídeo (Robert Scott, 1987) nos introduce en una pesadilla catódica y, más allá de ser un producto de serie b, posee un subtexto actual y nada complaciente con las nuevas generaciones. 

La premisa es sencilla. Una empresa de paquetería entrega por error un misterioso televisor a un escritor de vida asceta. Movido por la curiosidad, encenderá el aparato durante la noche, comprobando que proyecta terroríficas imágenes de muertos vivientes que traspasan la pantalla. Intentará en vano desconectar el aparato, que, de manera autónoma, desencadenará un infierno propio de Dante. Meses después, una familia de clase media compra la casa sin saber lo ocurrido. El joven Jeff y su hermana Zoe, durante la ausencia de sus padres en viaje de negocios, encontrarán el televisor y serán presa de las imágenes violentas.

Jeff es un joven indolente, fumador de marihuana y sin proyectos en mente, mientras que su hermana deshecha la posibilidad de ir a la universidad para practicar aeróbic. La destrucción de los valores familiares en una sociedad claramente atomizada, instalados en un barrio residencial propio de la década de los cincuenta y compuesto por familias que apenas se conocen y viven distanciadas coincide con el boom de la televisión, aparato que transformó para siempre el hogar norteamericano convirtiéndose en su eje vertebrador.

La alegoría utilizada en el film podemos sintetizarla en uno de sus diálogos más brillantes: Lo que mata no es la televisión, sino lo que sale de ella, las imágenes te controlan. El texto no deja lugar a dudas, las imágenes nos convierten en parásitos. Walter Benjamín señaló cómo la reproducción técnica y con ella los avances tecnológicos modificarían la autenticidad de las cosas.

Esta autenticidad es vital y nos ofrece un testimonio de la historia clave para entendernos. De otro modo, la cultura pasar por nuestros ojos descontextualizada, convertida en imagen-anécdota. En el siglo XXI el mensaje del film no ha perdido vigencia, ya que vivimos rodeados de pantallas que escupen imágenes y, gracias a ellas, conformamos nuestra idea del mundo. Una idea mediatizada, adulterada, envasada al vacío y en muchas ocasiones en forma de fake new. La realidad queda sustituida por un artefacto, una droga de diseño que difumina la línea entre lo real y lo onírico. El propio Walter Benjamin situaba a la masa como eje del problema, deseosa de hacer el objeto más cercano mediante las imágenes y superar la autenticidad.

Durante el filme, Jeff es presa de terribles pesadillas y no distingue realidad y ficción. El virus de la televisión a través de sus imágenes se ha apoderado de su cerebro sin billete de vuelta. Si la película usa como figura alegórica la televisión, nuestro presente goza de un abanico tecnológico mucho más peligroso. El peligro de un universo plagado de imágenes carentes de contexto es transformarnos en zombies, monstruo estrella del nuevo siglo y paradigma de todos nuestros males como sociedad, véase una deriva humanista irreversible. Los zombies de la película son jóvenes rockeros ataviados como Buddy Holly y ellas jóvenes habituales de los diners del sábado por la noche. Su director Robert Scott nos avisaba: los jóvenes de antaño son ahora zombies catódicos y los años ochenta no serán una excepción. 

No tenemos una respuesta clara del alcance de este mundo superpoblado de imágenes ni los efectos secundarios que puedan ocasionar sobre la población. El desenlace del film de Robert Scott opta por enfrentar a los zombies a espejos que proyecten su mirada, la imagen en sí misma, esto provoca que se devoren los unos a los otros y regresen al infierno de la pequeña pantalla. Los zombies no quieren ver en lo que se han convertido y reculan de vuelta a las sombras para, en un futuro cercano, volver a escapar. Los padres de Zoe, ya de regreso, visitan a su hija al hospital y le traen un obsequio para poder entretenerse: una televisión. La línea entre ficción y realidad queda desdibujada gracias al bombardeo de imágenes a la que estamos sometidos y la confección que hagamos del mundo depende de nosotros.

Temas

Comentarios

Lea También