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Vivir en una choza a los 22 años

Cuando tenía tres años le diagnosticaron una minusvalía y durante seis años estuvo bajo la tutela de la Generalitat en un centro de menores. Desde que salió vive en la calle o en medio del campo.
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Iván vive actualmente en una choza construida por él en medio del campo, cerca de la autovía T-11. Foto: Lluís Milián

Iván vive actualmente en una choza construida por él en medio del campo, cerca de la autovía T-11. Foto: Lluís Milián

Desde que es mayor de edad ha vivido siempre en la calle –en contadas ocasiones en casa de su hermano o hermana– y ahora se ha montado su particular choza en medio del campo, donde cada vez que llueve queda empapado. La historia de Iván Pérez, de 22 años, es como la de muchos jóvenes que les toca sobrevivir como pueden, incluso robando para poder subsistir. «Nunca he amenazado ni agredido a nadie. Sólo he cogido cosas para llevarme algo a la boca». Además, su 67 por ciento de minusvalía le dificulta todavía más acceder a un puesto de trabajo, aunque él asegura que puede con lo que le echen.

Iván nació en Albinyana (Baix Penedès), aunque a los tres años vino a vivir a Tarragona. Fue entonces cuando le diagnosticaron su enfermedad y le dieron un 67 por ciento de minusvalía. Tres años después entró en un centro abierto. Cuando él tenía doce la Generalitat asumió su tutela –hasta los 18–.

Recuerda que durante los primeros cuatro años de estar en el centro de Can Rubió –en Esparraguera– no le dejaban ver a su familia y se fugaba. Pero al tener tantas huidas, finalmente le permitieron salir cada quince días. Al principio no le gustaba ir a clase y se saltaba muchas. «Al final sí que me gustó y me saqué la ESO». A pesar de ello, afirma que no se siente orgulloso «porque por ahora no me ha servido para nada».

 

Centro de menores

Poco antes de que Iván cumpliera los 18 años, su madre insistió en que no le dieran el alta del centro de menores donde se encontraba y que le incapacitaran «porque sabía que nadie me iba a ayudar. Pero en el centro le decían que me veían apto». Inicialmente, asegura, en el centro le prometieron que hasta los 21 años le iban a dar una paga de 650 euros cada mes por haber estado bajo la tutela de la Generalitat. «Pero al final no me concedieron nada porque no tenían dinero», asevera.

Cuando faltaba un mes para que cumpliera los 18 años, Iván fue llevado a un piso tutelado en Vila-seca. «El encargado me pidió dos meses de paga: el de antes y el de después de cumplir los 18». Él contestó que no, que al menos el mes en que todavía era menor de edad lo pagaba la Generalitat, «entonces me dijo que pedía los dos meses de mayor de edad. Yo le dije que iba a pagar mes a mes. Y me echaron».

Tras salir del centro estuvo unos dos meses en casa de mi madre. Desde entonces prácticamente siempre ha dormido en la calle, excepto algunos días que lo ha acogido su hermana –que ahora vive en Madrid– y su hermano «cuando llueve». «Muchas veces he estado en portales, pero han venido los propietarios y me han echado. También he estado en bancos de parques. Llamaban a la Policía porque decían que doy mala imagen».

Este joven no tiene ningún ingreso. Ha pasado por diferentes asistentes sociales «y me dicen que va por prioridades. Y yo no estoy casado ni tengo hijos». Ante esta situación, reconoce abiertamente que «he tenido que robar». Ha sustraído cable en pisos vacíos. También ha cogido comida de tiendas y supermercados y ha hecho un «simpa» en algunos bares. «Cuando uno está una semana sin comer, se tiene que buscar la vida». Eso sí, comenta que si en una casa se encontraba entre el dilema de un televisor y comida, lo tenía claro: «Lo principal era la comida y, si no había, cualquier objeto con el que pudiera sacar algo de beneficio para comer y llevarme a la boca».

 

Rozando la prisión

Ha robado en Tarragona, Sitges, Cubelles, El Vendrell, Barcelona, etc. Ni se acuerda del número de veces que lo han detenido. Incluso ha estado a punto de ingresar en prisión. «He pasado tres noches en el calabozo. Me iban a enviar a la cárcel, pero le enseñaron al juez un documento con mi disminución y le contaron mi situación». Fue por un robo cometido en un domicilio de Reus y le reclamaban 21.000 euros por los daños causados. Actuó con otras dos personas, una de ellas una mujer que tenía un niño a su cargo –el bebé estaba con su padre en casa–. «Fue la única vez que robé con otras personas. No voy con mala gente, siempre voy solo».

A pesar de la gran cantidad de veces que ha robado, reconoce que no lo sabe hacer bien, «lo hago por necesidad. No es un orgullo». Durante estos cuatro años, comenta, ha visto a gente que lo está pasando mal.

Aunque con pocas esperanzas, echa currículum en empresas que pueden necesitar un jardinero o en otras que puedan precisar de gente con discapacidad, «en supermercados donde no haya robado y en polígonos. Pero veo difícil conseguir trabajo. Y más estando en la calle y con una disminución». Sin embargo, recalca que puede hacer cualquier tipo de trabajo.

Ahora vive, o más bien ‘reside’, en una choza que se ha montado en medio del campo, cerca de la autovía T-11. Ha intentando ir al albergue de la antigua Casa de Transeünts, «pero no hay plazas». Tiene un pantalón, cuatro jerseyes y una camisa. Hay días en que no come nada. Últimamente va a desayunar en Cafè i Caliu, en la Part Alta. «Muchos días constituye mi comida diaria». «De pesar ochenta kilos he pasado a los 57 actuales», comenta.

«Me desanimo mucho pensando en que tengo 22 años y que estoy peor que un perro. Estoy cansado de que la gente me mire mal por robar para comer», sentencia.

 

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