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Vivir entre las ruinas

Suerte del hurón que ronda y se come las ratas. ‘Lo he visto un par de veces’, dice Modesto, que lleva un año viviendo en un inmenso edificio abandonado junto a la estación de mercancías de Tarragona

 

Raúl Cosano

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Modesto Canet, en la puerta de una de las estancias del gran bloque abandonado en el que reside: la basura se acumula en las diferentes habitaciones.

Modesto Canet, en la puerta de una de las estancias del gran bloque abandonado en el que reside: la basura se acumula en las diferentes habitaciones.

Modesto Canet (51 años), tumbado en un viejo colchón en el suelo, escucha por un transistor los partidos de Champions League. Ahora fuma un pitillo, ajeno a que hay un hurón que ronda y que, en realidad, es un aliado y le echa una mano un poco darwiniana: se come las ratas. 

Por el día Modesto pide limosna en el centro de Tarragona; por la noche se refugia en un edificio espectacular, inmenso, un lujazo, si no fuera porque está en ruinas y en un estado lamentable. Su inmensidad sobrecoge tanto como su abandono enquistado y crónico. «Llevo un año aquí y estoy bien», cuenta este valenciano que vino a Tarragona procedente de Carcaixent en busca de trabajo pero se ha visto en la calle. 

indigentes Adif
Una de las estancias. Modesto vive con un compañero. Rechaza ir a un albergue: ‘Allí te tienes que amoldar a horarios’. Foto: Pere Ferré

El acceso está lleno de maleza. El techo se cae a pedazos. No hay puertas. La basura se acumula en las estancias. A ratos los olores son insoportables. Las grietas resquebrajan las paredes. Escaleras sin barandilla, cristales rotos, pintadas, agujeros y lugares donde es tanta la inmundicia que es imposible caminar. «A veces vienen los de Creu Roja. Nos traen fruta, zumo, comida… Nos dicen que pasemos por allí para que nos den sacos de dormir o nos laven la ropa», explica. 

El manto de desperdicios acumulados incluye ropa vieja, zapatos o botellas. El lugar no es apto para pusilánimes y débiles de espíritu. Es tenebroso, casi un escenario para una película de terror y con no pocos riesgos si uno se adentra, por si algo se descuelga del techo o se da un paso en falso. «Por la noche sí que da un poco de miedo estar, porque no hay nadie, está todo a solas. Impone un poco», concede Modesto. 

Él, junto con un compañero, habita este caserón enorme que hay junto a la autovía de Salou, en concreto, en la calle Entrevies, en el polígono del mismo nombre. El espacio, un lugar tan cinematográfico como fantasmal al caer la noche, tiene dos plantas y multitud de habitaciones. 

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Modesto se enciende un cigarro, justo delante del inmenso edificio en el que vive, al lado de la estación de mercancías de Adif. Foto: Pere Ferré

Muy cerca, a unos pocos metros, está la estación de clasificación de mercancías de Adif, con naves y almacenes. «Pedí permiso para estar aquí y no hay ningún problema. Avisé y de momento me dejan estar. Incluso los operarios me permiten ir a por agua», dice Modesto, junto a un trajín de vagones, contenedores y trenes, esmerados en tareas de carga y descarga en este extrarradio industrial, desapacible para muchos pero, hogar, al fin y al cabo, para él. Cuenta que aquí en el pasado se hospedaron trabajadores ferroviarios. 

Modesto se lava su ropa (camisetas, pantalones de chándal) y la cuelga en un tendedero. Cada mañana va hasta el centro y pide durante todo el día en lugares concurridos como la Avinguda Ramón y Cajal o la Rambla Nova y saca entre 10 y 15 euros al día. Se iluminan con velas. Compran lo que pueden para comer y, así, van pasando los días, duros pero libres. ¿No le han ofrecido las entidades sociales o el ayuntamiento un techo digno, un hospedaje?. «Sí, pero en un albergue tienes unos horarios y debes ajustarte a ellos. No puedes llegar a las tantas de la noche y prefiero moverme por mi cuenta», admite.

En el horizonte Modesto suspira por tener un empleo de panadero, el sector en el que ha trabajado. Precisamente alguien le prometió y le aseguró un puesto en ese gremio, y por eso vino a Tarragona, aunque luego todo se torció. Modesto, abocado a la indigencia, terminó encontrando este bloque deshabitado a las afueras y haciendo de él su casa, un reducto en el que poder escuchar el fútbol y mantener a raya ese hurón. No hay temor a ese animal, que aunque intimide en verdad es un compinche. «Lo he visto un par de veces», asegura con una media sonrisa. «Es bueno que esté por aquí, se come las ratas y otros bichos», remata. 

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