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Votantes de Vox en Bonavista: «No soy facha ni franquista, pero estoy harto»

Seguidores de Abascal justifican su sufragio de enfado. Tarragona está entre las ocho provincias donde el partido lidera la derecha

Raúl Cosano

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Vecinos de Bonavista que el 10-N votaron a Vox charlan en un bar. Foto: Pere Ferré

Vecinos de Bonavista que el 10-N votaron a Vox charlan en un bar. Foto: Pere Ferré

Ramón todavía no da crédito al escrutinio. «Un barrio que siempre ha sido antifranquista… No esperaba yo que un lugar que siempre ha sido socialista y comunista le haya dado tanta fuerza a la derecha. Todos nos hemos quedado sorprendidos», reconoce este vecino de Bonavista. Aquí la formación de Santiago Abascal logró el 10-N un total de 691 votos, el 20,3% de las papeletas; si bien el partido verde se alza a la segunda plaza también en Torreforta o Campclar, firma aquí, pura periferia obrera, el porcentaje más alto de apoyo en Tarragona capital. 

No es difícil encontrar en las calles simpatizantes de Vox en las urnas, y hay de todo: votantes desengañados del PSOE, el PP y Ciudadanos, electores de derechas de siempre y mucho unionista indignado, que reclama mano dura contra el independentismo y confiesa, además, un profundo malestar por la inmigración. 

«No me ha gustado el planteamiento de Albert Rivera en Ciudadanos. Ha dado muchos vaivenes, ha ido cambiando demasiado. No me sentía identificado con PP ni Cs por sus planteamientos cobardes», explica Javier Carvajal, tortosino de padres extremeños. Es amante de la caza, lleva la bandera de España cosida en el jersey y se reconoce tradicionalmente de derechas. «¿Mano dura Vox? No, solo van a hacer cumplir la ley, la Constitución», admite él, y señala su balcón, donde cuelga una gran rojigualda. «Mi bandera es la senyera y la del Rey, soy monárquico», explica convencido. 

«No voto por ultraderecha»
Subyace, en su reciente voto a Vox, un hartazgo enquistado: «Estoy harto de todos los partidos, no cumplen nada». Está a disgusto con Ciudadanos, «porque podía haber dado estabilidad y no lo ha hecho» y defiende su voto al partido de moda, que ha irrumpido en el Congreso de los Diputados con 52 escaños. «No soy facha ni fascista. En algunas cosas Vox sí me parecen radicales, pero yo no los voto por ultraderecha ni por el franquismo. Los voto por ideología de derechas. Sé que no van a hacer todo lo que proponen». 

Vienen de votar a PP, Cs o PSOE. Quieren mano dura contra el Procés y la inmigración ilegal 

Javier se muestra muy contundente cuando se le pregunta si es partidario de una nueva intervención del Estado en Catalunya: «¿El 155? Yo aplicaría directamente el 8, que es el ejército en la calle». Y añade: «Me gustan sus ideas al 70%. No estoy de acuerdo con la ley del aborto, por ejemplo». 

«Yo quiero a España junta», interviene Daniel Puente, en la barra del bar Cabrera. «Abascal no se corta, dice las verdades a la cara», tercia, y alumbra uno de los temas clave a la hora de decantar el voto: la inmigración. Dice Daniel que va a ser sintético y directo: «Vivo solo. Soy epiléptico. Fui a pedir una ayuda por mi enfermedad y no me la dieron por no tener cargas familiares ni hipoteca. Al que venía detrás, que era de fuera, sí se la dieron. A mí no me dan las mismas condiciones que a ellos». Javier también asume esa tesis: «Hay mucho inmigrante ilegal y eso no es bueno. Viene gente de fuera y les ayudan con todo, y a los de aquí nada. Lo tienen todo gratis. Y a mí, que tengo tres hijos y soy familia numerosa, me toca pagarlo todo». 

Consuelo Cabrera también entra en la conversación, despachando una total desafección: «A mí la inmigración no me molesta, siempre que sea gente que trabaja y cotiza como cualquier español, pero no me gustan los que comen del presupuesto, no pegan golpe y encima se ríen de nosotros. Los que pagan sus impuestos no me molestan, pero sí los que comen de nuestras costillas, y es un porcentaje grande». Hasta se abre un debate sobre la conveniencia o no de que actúe el barco de la ONG Open Arms rescatando a inmigrantes en el mar Mediterráneo. 

Rechazan cualquier etiqueta de ultra o de franquistas: les une el hartazgo y el malestar

Los mensajes de Vox han calado en este extrarradio proletario, históricamente del PSC, con un alto porcentaje de llegados en los años 60 y 70 desde Andalucía o Extremadura, pero también con un peso importante de la inmigración marroquí que se disparó a finales de los años 90. También eso es un caldo de cultivo. «A un español, por ser español no le dan la ayuda, y sin embargo ellos (los extranjeros) vienen y ya la tienen», se lamenta Consuelo. 

«Hacía falta un cambio radical»
Ellos se defienden de cualquier etiqueta que les puedan adjudicar por haber dado su apoyo a Vox. «A mí me han dicho facha por tener estas ideas, y eso que yo nunca he atacado a nadie. Si piensan eso de mí, ellos sabrán…», cuenta Jose, otro elector de esta pujante derecha, que ya el 28-A votó en esa línea. Su sensibilidad es parecida y responde a una mezcla de enojo y fiasco: «Hacía falta un cambio un poco radical. Abascal me ha convencido. El tema de la inmigración es un punto pero Catalunya también. Quiero más mano dura con el independentismo, igual que ellos también la tienen, porque están dando fuerte». 

A Jose ni Ciudadanos ni el Partido Popular le han convencido; tampoco a su entorno: «Hay de todo, pero conozco a muchos de mi trabajo y de mi familia que han votado como yo». Jose se libera incluso de ideología pero también en él ha hecho mella el cansancio político, la decepción acumulada por los partidos que no ofrecen soluciones: «Yo no me considero ni de izquierdas ni de derechas, pero llega un punto en el que te tienes que decidir de un lado, porque no es muy normal lo que está pasando. Creo que hace falta un cambio para arreglar las cosas».

Se percibe, en algún testimonio, ese extremo del que presume Abascal pero del que recelan los analistas a la espera de más estudios: haberle quitado apoyos a la izquierda en aquellos lugares más vulnerables. Aunque dicen que en este bar no se habla habitualmente de política, la charla se anima por esa combinación de factores que provocado la expansión del partido de marras. Algunos ven en él el puñetazo sobre la mesa para atajar la tensión en Catalunya. «Lo que queremos es que se formalice y que haya un Govern como dios manda, que sea capaz de gobernar, que trabaje para evitar que el turismo se vaya y que se quede aquí. Que los barcos no tiren para abajo, que se queden», pide Consuelo, que se sincera: «Es una lástima cómo está Barcelona. Llevo mucho tiempo aquí y me duele». 

Ese ‘aquí’ es una Bonavista en la que es casi imposible encontrar una estelada. En los barrios de Ponent y en municipios costeros como Vila-seca y Salou se ha fraguado el empujón a Vox, que en Tarragona tiene una doble lectura: no ha conseguido representación en el Congreso de los Diputados pero ha colocado a la provincia entre las ocho de toda España en las que Vox lidera ya la derecha, porque ha superado a PP y a Cs. 

Todos estos parroquianos votantes han hecho suyas estas proclamas que han avivado este caladero de votos y que tienen como nexo en común un acto de rebeldía y protesta, que no se entiende sin el ambiente caldeado del Procés de las últimas semanas. Luis, que no ha votado a Vox, lo resume bien en un ejercicio que ha hecho el 10-N y que tampoco dista tanto: «Es un voto de mosqueo, porque la gente siente que nadie le representa. Yo también lo creo, no me gusta ningún político, pero he preferido votar al Pacma». 

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