«Yo estoy aquí, pero mi alma está en Kabul»

Una bomba la destrozó; pasó 10 años haciéndose pasar por hombre y Nadia Ghulam cree que la paz comienza por conocer al vecino

NORIÁN MUÑOZ

Whatsapp
Nadia Ghulam (derecha) durante su conferencia en el Aula Magna de la URV.  FOTO: ÀNGEL ULLATE

Nadia Ghulam (derecha) durante su conferencia en el Aula Magna de la URV. FOTO: ÀNGEL ULLATE

Nadia espera con angustia cualquier noticia de su familia en Afganistán, especialmente después de que en agosto los talibanes acabaran de hacerse con el poder. «Estoy aquí pero mi alma está en Kabul», reconoce. Imposible no sentir un nudo en el estómago cuando comienza a contar que dos primos suyos están desaparecidos. Uno tiene 18 años y trabajaba en una tienda de fotografía donde ayudaba a los clientes a rellenar formularios en un país donde más del 60% de la población es analfabeta. Se lo llevaron preso acusado de expedir pasaportes falsos para huir del país. Al otro, con discapacidad intelectual, no saben donde se lo llevaron. Su pecado fue salir corriendo cuando vio a un grupo de talibanes porque les tenía miedo. «No lo encontramos ni vivo ni muerto», cuenta.

Ghulam, escritora, estuvo el martes por la tarde compartiendo su testimonio dentro del programa de la Semana de los Derechos Humanos y cuenta que siendo niña «pensaba que la guerra era algo que pasaba lejos, hasta que una bomba cayó en mi casa». Tenía ocho años y se pasó seis meses en coma y, en total, dos años hospitalizada.

Con once años se las ingenió para hacerse pasar por su hermano muerto para poder alimentar a la familia porque las mujeres no podían trabajar. La metira se mantuvo durante once años. «Creo que eso me ha hecho una persona despierta», recuerda. La historia la contó en su primera novela El secreto de mi turbante, que escribió junto con Agnès Rotger.

Recuperar la fe en la humanidad

En 2006, gracias la Asociación para los Derechos Humanos en Afganistán (ASDHA), Nadia llega a Catalunya para tratarse de las consecuencias de la explosión. «Los médicos me decían ‘te operaremos aquí y allá’, pero yo no entendía por qué se esforzaban tanto, conmigo si yo no quería vivir; había perdido la confianza en la humanidad». En total lleva 21 operaciones.

Y entonces llegaron ellos, sus «padres catalanes» y la acogieron «Gracias a ellos soy la Nadia que estáis viendo». Además de darle afecto, ellos han pagado sus estudios y también el 80% de sus operaciones porque, pese a que el objetivo era aliviarla de las secuelas de las quemaduras, se consideraban operaciones estéticas. Vive en Badalona.

Cuenta que siendo muy pequeña su familia en Kabul la ponía a rezar por la paz porque «los niños están más cerca de Dios». Por eso tal vez uno de los recuerdos más significativos que tiene después de su llegada a Catalunya esel de cuando la llevaron a la Plaça Catalunya donde había miles de personas gritando «¡No a la guerra!» en una manifestación por la paz. Ese día comenzó a sentir que no estaba sola.

Eso sí, es muy crítica con la doble moral europea respecto a los refigudiados. Cuenta que pese a que su psiquiatra y sus padres de aquí se lo desaconsejaron, en 2019 se fue al campamento de Lesbos, en Grecia, donde el 70% de los refugiados eran afganos. «Pensaba que no podía ser tan malo como el campamento en el que estuve en el desierto, porque esto es Europa». Se equivocaba, vió a mujeres hacer colas de cuatro horas para conseguir comida en medio de un panorama desolador.

El peor momento para ellas

Después de la efervescencia informativa que se produjo con la llegada al poder de los talibanes el interés mediático por la situación en su país, especialmente de las mujeres, ha caído drásticamente, aunque explica, ahora están peor que nunca. Hay más violencia e invisibilidad.

Nadia proyecta fotos de antes de la guerra, fotos de mujeres afganas en minifalda al lado de otras con pantalones; con el velo... Un ejemplo de que las afganas tenían un rumbo muy distinto.

Y ¿dónde están aquellas mujeres? ¿dónde quedó su espíritu? Nadia pone el ejemplo de su madre afgana. Ella también llegó a usar minifalda y a llorar de la risa viendo la reacción de sus amigas del pueblo cuando descubrían la televisión. Su primer impulso al ver a los locutores hombres era taparse con el turbante... Ahora su madre no se atreve ni a escuchar la radio porque, le dice, puede «ir al infierno».

Nadia creó la fundación ‘Ponts per la pau’ para colaborar con la educación de niñas y niños, pero desde la llegada de los talibanes el trabajo de los voluntarios sobre el terreno se ha complicado de manera extraordinaria. Eso sí, han conseguido la manera de sortear al régimen. Algunas jóvenes estudiantes universitarias, cuyos estudios se han suspendido, han contactado con ella y trabajan enseñando a niños a leer. «Las imágenes que me mandan son maravillosas, pero no puedo mostrarlas por seguridad», explica.

En resumen, dice, siempre se puede hacer algo por la paz, dice, como por ejemplo reclamar que el ayuntamiento del municipio donde uno vive cumpla con el deber de empadronar a las personas migrantes.

También invita a conocer al vecino recién llegado, a invitarle a dar una vuelta. «No hace falta viajar lejos para conocer otras culturas», reflexiona.

Temas

Comentarios

Lea También