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Los pioneros de Bonavista

El barrio de Ponent nació de manos de los vecinos que llegaron de Andalucía y Extremadura para ganarse la vida con trabajo y sacrificio.

| Actualizado a 23 octubre 2022 21:15
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“El barrio significa algo más. Es amor, es trabajo, pasión y humildad». Esta letra, de la canción ‘Bonavista es algo más’ del grupo Operv Primv, refleja a la perfección la esencia de Bonavista, un barrio construido por sus propios vecinos y que tiene por bandera desde siempre la autoestima, plasmada en una lucha vecinal que nació en los últimos años del franquismo.

Bonavista surgió de manos de unos pioneros que abandonaron su Andalucía o Extremadura natales para alojarse, muchos de ellos, en chabolas.

La inmensa mayoría vinieron porque algún familiar, ya instalado en Tarragona, les aseguró que «aquí hay trabajo» sobre todo en la construcción. Luego, poco a poco, se hicieron sus propias casas y abandonaron las chabolas.

Esa es la historia resumida de cinco de esos pioneros y pioneras: Matilde Hidalgo, Antonio Berzosa, Felicidad Cepillo, Francisco Soria y Dolores Reyes. Todos ellos recordaron para el ‘Diari’ sus orígenes. La charla tuvo lugar en la sede de la asociación de vecinos, presidida por Loli Gutiérrez.

$!Los constructores de una casa en la calle 2 en 1964. FOTO: CEDIDA

Llegaron casi todos a bordo de ‘El Sevillano’, un renqueante tren cuyo trayecto parecía interminable, más aún cuando sus pasajeros estaban sumidos en la incertidumbre de qué pasaría. Salvador Serrano, otro de los pioneros, narra aquel viaje en un capítulo del libro ‘Bonavista. Una biografía social’, coordinado por Federico Bardají y editado por Silva Editorial. ‘El Sevillano’ era, escribe Serrano, “la solidaridad misma, la solidaridad más pura y más espontánea que puede existir y que no he vuelto a encontrar jamás”.

Matilde recuerda como si fuera hoy las primeras casas que se construyeron en el barrio: «La primera fue la de los Ramírez. Luego la de enfrente. Le llamaban ‘la casa de los 13 hijos’. Y la tercera fue la de una familia catalana, que tenían radio y ponían ‘Ama Rosa’. Muchos vecinos iban a escucharla porque nadie tenía radio en esa época». Matilde se refiere a la exitosa radionovela estrenada en 1959.

Según explica Francisco Soria en su libro ‘Bonavista, un rincón de Tarragona’, las primeras viviendas se construyeron ese mismo año. Adolfo Beltrán y Joaquín Antón parcelaron y vendieron unos terrenos adyacentes a La Canonja. En 1960, eran 22 las viviendas y 136 los vecinos del barrio, una media de seis personas por casa. Bonavista ‘dependía’ de La Canonja, que fue un municipio independiente hasta 1964, cuando se integró en Tarragona.

Matilde vino a Bonavista con sus padres y sus cuatro hermanos cuando tenía ocho años. Procedían de Arjona (Jaén). Fue a clase en «el cole del río», un centro ubicado en las cercanías del Francolí. Uno de sus hermanos, Manuel, fue ‘alcalde’ de Bonavista.

«El barrio se ha ido haciendo poco a poco. Al principio solo había tres calles», rememora, antes de enorgullecerse del espíritu reivindicativo del barrio. «No aguantamos que nos digan que no. Somos un barrio de raíces. El que no pone raíces no consigue lo que quiere», asegura.

$!Primera Comunión multitudinaria en la plaza de Bonavista a principios de los años 70. FOTO: CEDIDA

Felicidad Cepillo también es jienense, de Villacarrillo. En su caso llegó en 1961, con 20 años, justo después de casarse. Su padre era funcionario y en el pueblo tenía una buena casa. El aterrizaje en Bonavista fue duro: «Me costó mucho la adaptación. Nunca había salido del pueblo. Mi marido (Cornelio López) estaba construyendo la casa. No había ni puertas ni ventanas ni nada. La primera noche cayó una tormenta y había goteras. Teníamos que ir moviendo la cama para no mojarnos. Los primeros días lloré mucho. Se me cayó el alma encima».

Con el tiempo, Felicidad dejó atrás la tristeza de los primeros meses. Ahora Bonavista y, por extensión Tarragona, «es mi tierra, mi casa. ¿Para que iba a volver al pueblo? Aquí están mis hijos, nietos y bisnietos», asegura.

En los primeros años, Bonavista carecía de todos los servicios imprescindibles. Felicidad da un ejemplo: «Cuando mi hijo iba a hacer la Primera Comunión, Cornelio tuvo que llevarle en brazos para que no se manchara. No había aceras, ni alcantarillado, y el agua corría por el suelo».

Al principio Bonavista solo contaba con una fuente. Las colas para llenar bidones de agua para beber, cocinar o asearse eran interminables, incluso se hacían de noche. Otra opción era comprarla a un hombre que los repartía con un carro tirado por una mula. En 1966 se instalaron cuatro fuentes provisionales. En 1971 se acabaron las obras del alcantarillado y de la canalización y abastecimiento de agua.

Urbanizar las aceras, tener colegios en el mismo barrio, mejorar el servicio de transporte, conseguir un centro médico y uno cívico, el campo de fútbol... fueron algunas de las victorias que lograron poco a poco los vecinos y vecinas gracias a su lucha.

$!Un grupo de abuelos que reclama un consultorio y un hogar del jubilado. FOTO: CEDIDA

Entre los más luchadores, los abuelos. Hasta que en 1979 no se construyó el Hogar del Jubilado, muchos yayos se reunían bajo unos algarrobos. El lugar se conoció como ‘El club del algarrobo’.

La asociación de vecinos, que lideraría las protestas, se constituyó en octubre de 1969. Nació de una asamblea convocada en enero de ese año sin el preceptivo permiso del Gobierno Civil franquista. A su frente, Ángel Ariño, José Arjona, Domingo Caamaño, Valeriano Cornejo, Limón Sanrafel, Juan Torres, Magdalena Garríes, Joaquín Raza, José Martínez y Alfonso Lucas.

Los habitantes contaron con una valiosa ayuda, la del cura del barrio, Faustino Arnal. La iglesia no solo cobijó asambleas y protegió a vecinos que huían de los ‘grises’ (la policía franquista) sino que el padre Arnal impulsó la creación del colegio de la Mare de Déu de Lourdes y la escuela de formación profesional Joan XXIII. El propio Arnal, fallecido en 1999, buscó los primeros profesores del Joan XXIII, con la colaboración de Ignacio Palau, maestro en la Laboral. Fueron Higinio Macipe, Fernándo Sánchez Camí, José Antonio López y el propio Palau.

En la iglesia no solo se celebraban actos religiosos y reivindicativos. También acogió la sede del Tele-club, un lugar donde se reunían los jóvenes del barrio. Arnal estuvo al frente de la parroquia de Santa María dos décadas, de 1966 a 1985.

$!Asamblea de vecinos en el patio de la iglesia en julio de 1979. FOTO: CEDIDA

Al principio el ‘trole’ Tarragona-Reus paraba en el Camí de la Coma donde luego se construiría el barrio de la Esperanza, ahora desaparecido. El ‘Diari’ le dedicó otra crónica pelacanyes. Los servicios de bus mejoraron con el tiempo. En marzo y abril de 1974 hubo una oleada de protestas contra la subida del precio del billete de autobús.

Durante algún tiempo, Bonavista tuvo que arrastrar una injusta leyenda negra de ser una “ciudad sin ley”. Todo vino a raíz de un crimen ocurrido en septiembre de 1962 cuando un hombre mató al novio de su hermana con un hacha. Ya hace mucho que, afortunadamente, aquella mala fama se ha evaporado. Como apunta Javier Vilamayor, “Bonavista es un ejemplo y un modelo de mestizaje cultural, de reivindicación, de convivencia, de superación y resilencia”.

El padre de Dolores Reyes tuvo que dejar a su esposa y tres hijas en Benamejí (Córdoba) para buscarse la vida. «Se fue porque pasábamos hambre y juró que nunca volvería al pueblo», relata Dolores. Primero trabajó en la recogida de la fruta en Lleida durante dos años hasta que le llamó un hermano para que fuera a Tarragona. Ese hermano, tío de Dolores, «fue la primera persona en fallecer en Bonavista. Murió de tuberculosis. En la calle 11. Vino un carro tirado por un mulo y se llevó la caja de madera al cementerio de La Canonja», rememora Dolores.

Dolores, de 7 años, y su familia se instalaron en una de las chabolas del polígono Entrevías. De aquella época atesora con orgullo una foto de su padre con un pico arrancando la piedra para construir el Hotel Imperial Tarraco, ahora H10 Imperial Tarraco.

$!Cofrades el Viernes Santo de 1972. La Semana Santa se celebra con devoción en Bonavista. FOTO: CEDIDA

Luego, como tantos otros vecinos, pudo irse a Bonavista a una casa construida por su propia familia con la imprescindible colaboración de los vecinos. «Todos nos conocíamos. Unos a otros nos ayudábamos para poner las vigas de cada casa. Éramos como una gran familia. Poníamos música en la radio y estábamos en la calle. Teníamos todas las puertas abiertas», dice con añoranza.

Esa solidaridad, una red protectora de familia y amigos que era una especie de Seguridad Social, se ha extendido hasta hoy. Un solo ejemplo: el comedor social impulsado por las hermanas Quílez.

Los pioneros de Bonavista no tenían descanso ni festivos. Largas jornadas laborales de lunes a sábado y el domingo a construirse la casa. Y ahorrar al máximo para comprar los materiales.

La propia Dolores contribuía a la economía familiar con solo 11 o 12 años. «Venían los payeses de La Canonja y nos llevaban en carro a coger avellanas. Nos daban 100 pesetas a la semana», rememora. Un trabajo infantil que hoy parece inconcebible pero que era habitual en aquellos años.

$!Asamblea de padres y madres de alumnos en el colegio Bonavista. FOTO: CEDIDA

Dolores destaca dos recuerdos ‘gastronómicos’. «En el colegio de La Canonja las niñas mayores preparaban una olla de leche en polvo y nos daban por la tarde un trozo de queso de bola. Salíamos merendados. Era gloria para nosotros», apunta. Y añade: «La pastelería Palau le daba a mi madre los cruasanes que ya no podía vender. Estaban más duros que las piedras, pero mi madre nos daba un vaso con la mitad de leche y la mitad de agua porque si no no había para todos, mojábamos los cruasanes y estaban buenísimos. Era de agradecer».

$!El equipo de fútbol de Bonavista. FOTO: LOLI GUTIÉRRREZ

Entre las anécdotas, la de los enfados que se llevaban los payeses de La Canonja cuando Dolores y sus amigas iban a los campos a coger flores para hacer ofrendas a la Virgen en mayo.

A los 14 años, Dolores se puso a trabajar de niñera. A los 16, de limpiadora. Y, a los 18, entró en Tabacalera. Allí ya mostró su espíritu reivindicativo y se unió a una huelga que le costó el despido de la fábrica de tabacos.

«Yo era muy leñera», afirma. Dolores se unió a las reivindicaciones del barrio. Incluso se atrevía a lanzar octavillas allá por 1970. Algo que sería una nimiedad hoy, suponía arriesgarse a recibir una paliza. Más de una vez el barrio de Bonavista se llenó de ‘grises’. «Me dieron tantos palos en las costillas que me machacaron. Cuando la huelga de autobuses, mucha gente se encerró en la iglesia», rescata Dolores.

La represión era habitual aquellos años. Escribe Soria en su libro: «Eran tiempos difíciles. Las detenciones y pasar la noche en la comisaría eran frecuentes para muchas personas que, por diferentes ideologías políticas, eran fichadas o investigadas».

$!Niñas del curso 1967-1968 del Colegio Nuestra Señora de Lourdes. FOTO: CEDIDA

Dolores intentó integrarse en su tierra de acogida. «No pude estudiar el catalán porque en la época de Franco estaba prohibido en las escuelas, pero siempre me ha interesado y lo hablo perfectamente», asegura.

Antonio Berzosa se instaló en Entrevías en 1957 cuando llegó procedente de Vilches (Jaén) con 15 años de edad. A los problemas económicos («en el pueblo no había trabajo y pasábamos hambre») se sumó la represión política. El padre de Antonio (también Antonio de nombre) era comunista. Se libró de la cárcel, pero el alcalde le expulsó del pueblo y toda la familia (el matrimonio y tres hijos) tuvo que irse. Era la pena de destierro que sufrieron miles de españoles durante el régimen franquista.

Berzosa entró a trabajar en la fábrica de hielo que había en el Serrallo. Le pagaban 15 pesetas al día. Poco después le ofrecieron trabajar cargando cajas de pescado por 80 pesetas al día. Todo lo que ganaba era para la familia, para poder construirse una casa. «La que está enfrente de la asociación de vecinos», dice con orgullo. Tardaron tres años en edificarla.

$!Niños del curso 1967-1968 del Colegio Nuestra Señora de Lourdes. FOTO: CEDIDA

La madre de Antonio, Encarna Martínez, se convirtió en la practicante del barrio. Ponía inyecciones a todo el que lo necesitase. Encarna no tenía estudios, pero Antonio había sufrido una enfermedad pulmonar de niño y su madre había tenido que ponerle inyección tras inyección hasta ser una maestra del pinchazo.

Antonio padre también era muy popular en el barrio ya que elaboraba el picón (carbón a base de los sarmientos de las vides) con el que se calentaban los braseros de las casas del barrio.

Antonio hijo estuvo implicado en las luchas del barrio y en las que iban más allá. Perteneció al PSUC hasta 1985 cuando lo abandonó desencantado de la política. «Siempre protestábamos por algo», afirma con orgullo. Una capacidad de lucha basada también en el sentimiento de pertenencia al barrio: «Armábamos la de San Quintín. Nos hemos intentado ayudar unos a otros», presume.

$!Participantes en el Teleclub. FOTO: CEDIDA

La vida de Francisco Soria también fue dura. Junto a sus padres y cinco hermanos tuvo que abandonar Jauja (Córdoba) para irse a León a trabajar en las minas. Con solo 14 años, Francisco ya se adentraba en el subsuelo para llevar el agua a los mineros.

En 1962, la familia vino a Tarragona cuando su padre se enteró de que «en Tarragona había trabajo». Tras pasar un tiempo viviendo en una chabola de la llamada ‘playa de la Alquimia’, la familia compró una pequeña parcela. «Era de 9x19 metros cuadrados y costaba, en 1959, 2,50 pesetas el palmo (20 centímetros)», cuantifica. En su libro Francisco explica que el precio de las parcelas se dobló y llegaron a costar 9.000 de las antiguas pesetas. Las casas tenían una superficie aproximada de 80 metros cuadrados.

Francisco encontró empleo en el montaje de la química y luego trabajó 35 años en la BASF, en la sala de control, hasta que se jubiló. Hoy se enorgullece de que «el barrio lo hicimos nosotros mismos». Antonio coincide: «Sí. No nos ha ayudado nadie».

Nadie de fuera, claro. Porque la solidaridad ha sido una constante. Ion Martínez, Marcos Sanjosé, Daniel Martínez y Ryhiop Tchey, de Operv Primv, lo resumen en su canción: «Soy de un sitio donde no importa la apariencia, donde la realidad no es como te la cuentan, donde sientes a la gente cerca, si necesitas una mano te la prestan. Es mucho más que el mercado, cañas y tapas. Pide ayuda a los que tienes cerca. Puedo sentir algo especial, tus calles tienen duende”.

Mira la historia del barrio de la Esperanza

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